Efrén Rivera Ramos

Tribuna Invitada

Por Efrén Rivera Ramos
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Mucho más que un muro

La amenaza del presidente Donald Trump de utilizar sus alegados poderes de emergencia para erigir un muro en la frontera con México plantea cuestiones que sobrepasan por mucho el debate sobre el control de esa franja fronteriza.

En primer lugar, según la jurisprudencia y la legislación federal vigentes es casi forzoso concluir que, a falta de autorización legislativa, la decisión de Trump sería inconstitucional. Es cierto que la Ley Nacional de Emergencias de 1976 autoriza al presidente a declarar estados de emergencia. Pero esa legislación fue aprobada precisamente para disciplinar a los presidentes en el ejercicio de esa prerrogativa dados los excesos cometidos por presidentes sucesivos a partir de la década de 1940.

Cuando se aprobó la ley de 1976 existían unas 470 leyes que autorizaban declaraciones de este tipo. Muchas fueron dejadas sin efecto por el nuevo estatuto que, entre otras cosas, fija los términos y condiciones para que puedan declararse estados de emergencia. La ley sujeta tales declaraciones a un estricto control de parte del Congreso, que puede dejarlas sin efecto mediante resolución conjunta.

El fundamento de esta injerencia del Congreso reside en el texto, la estructura y los principios de la Constitución de los Estados Unidos, según interpretados por el Tribunal Supremo en el caso normativo conocido como Youngstown v. Sawyer, decidido en 1952. Se trataba allí de la determinación del presidente Harry S. Truman de incautarse de las fábricas de acero de la nación, en medio de una amenaza de huelga en esa industria durante la Guerra de Corea. Invocó Truman sus poderes de emergencia como comandante en jefe y como primer ejecutivo. El Tribunal Supremo no le dio la razón, estimando que el presidente actuaba a contrapelo de los designios del Congreso. Con el paso del tiempo, el esquema de análisis elaborado en la opinión concurrente del juez asociado Robert Jackson en ese caso se ha convertido en la doctrina vigente para evaluar estas controversias.

No obstante, no debería sorprender que Trump decidiera adoptar algún tipo de declaración acorde con sus propósitos de cumplir, de una forma u otra, con la promesa de campaña que le hizo a sus seguidores.

Después de todo, según expresó el propio juez Jackson en Youngstown, si el Congreso decide guardar silencio sobre un asunto, la verdadera prueba del poder dependerá no tanto de teorías jurídicas abstractas sino de los imperativos de los eventos y de los imponderables contemporáneos, incluidas las dinámicas de las luchas políticas. A eso podría apostar Trump.

En ese caso, el reto recaería sobre el Congreso y los tribunales. Puede esperarse que los demócratas enfrenten al presidente. Pero, ¿hasta qué punto y cómo? ¿Qué estarían dispuestos a hacer los republicanos del Senado? ¿Dejarían a Trump salirse con la suya, cediéndole así un poder enorme al presidente? ¿De qué dependerá su respuesta?

Y el Tribunal Supremo ¿qué? ¿Estará dispuesto a ir más allá del análisis formal de si se cumplió o no con los requisitos procesales de la Ley Nacional de Emergencias o se atreverá a hacer lo que han hecho los tribunales constitucionales de otros países: evaluar el asunto sustantivo de si en efecto hay una crisis que amerite la toma de medidas extraordinarias? Después de todo, la “crisis” de la frontera no es sino una invención del candidato y del presidente Trump. ¿Finalmente, la mayoría de los jueces, nombrados por presidentes republicanos, se alineará con Trump, con el efecto de ensanchar los poderes de una presidencia que quiere percibirse omnipotente?

Lo que está en juego, pues, es mucho más que el muro. Es el principio de separación de poderes. La independencia judicial. La legitimidad, ya vapuleada, del Tribunal Supremo. Un nuevo paso en la dirección de un gobierno arbitrario y caprichoso. La validación siempre peligrosa del ejercicio de supuestos poderes de emergencia. La prevalencia de la retórica tremendista y xenófoba sobre la política razonable, sensible y humanista que debería exhibir un país que presume de civilizado.

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