Chu García

Tribuna Invitada

Por Chu García
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Muere el hombre y renace el nombre: Hetin Reyes

Nadie que haya conocido a Hetin Reyes, mecido en cuna desde 1936 en Bayamón, y hoy también con tumba en el cementerio Los Cipreses de dicha ciudad prolongada, pudo dudar jamás de su apetito voraz por la amistad: nunca iba por delante o por detrás de sus amigos, sino al lado, tendiéndole su mano y abrigándole su espíritu, de ser necesario, con su traje de bondad hecho a la medida de Dios.

Isabel, su esposa durante 57 años, al igual que todos sus hijos, nietos y biznietos, pueden dar fe que no se adueñaba de bienes materiales solo para él: lo compartía todo, poco o mucho, con ellos y se bañaba diariamente de esperanza con tal de que aumentara más su hambre de caridad, asemejándose a un ángel que volaba con cierta torpeza porque sus alas no soportaban su carnosidad en talle chico, pero a fin de cuentas no le hacía frenar su generosidad.

Solamente el amor por su familia fue superior al que sentía por el baloncesto, deporte al que dedicó poco más de siete décadas sin que decayera jamás su pasión que le venía por afición hermanada de vocación.

De jugador a coach, con lazos vaqueros, y posteriormente como cabeza de jefaturas en el Torneo Superior, la Selección Nacional y federativamente, sustituyendo siempre a Tuto Marchand, conformando una pareja sin par, llegó a ser vicepresidente de Copur en la era de su homónimo Héctor Cardona, que falleció en junio de 2017 y casualmente un viernes como él y a su misma edad: 81 almanaques dorados.

Sin embargo, Hetin poseía el don natural del gracejo, provocando sonrisas por doquier con su chispa, la que ni siquiera dejó de latir cuando sufrió un derrame cerebral en 2008 que combatió tan estoicamente que no se afectó el disco duro de su memoria, que de seguro tenía más de mil megabytes.

Afirmo, pues, que Hetin, aparte de humilde y genuino, no entendió la vida como un crucigrama por resolver: la adoptó de misterio para ser exteriorizado pensando primeramente en los demás y murió sin enterrar nunca sus sueños de buen samaritano.

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