Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Murámonos de la risa

Soy hija de un humorista y me crié entre ellos. Me consta que hasta las ocurrencias, cuando muy repetidas, pueden llegar a ser abrumadoras. No había ocasión en que mi padre me llevara a la estación de radio o de televisión en la que trabajaba, que no viniera alguien a preguntar si yo era su hija: “Eso dicen”, contestaba mi papá, entre las risotadas de galanes y cómicos. A mí me daba vergüenza, era chiquita pero sobreviví, y con el tiempo comprendí que ellos también, a su modo, estaban sobreviviendo.

Tal vez por eso hoy me parece tan patética la gente que se toma en serio a sí misma todo el rato. Muy temprano aprendí que el miedo al humor es un signo de inseguridad. Y hay personas que no saben distinguir entre lo que es la ironía, la mordacidad, el sarcasmo, y lo que son las particularidades del carácter, como el cinismo. A veces, me encuentro con lectores que me dicen que “le gustan” mis columnas porque son cínicas. Cínica no es la palabra. No diga eso. Le pueden gustar porque son irreverentes o provocadoras, cualquier cosa menos cínicas, que no es un halago. Conste que me quedo callada, pero se me queda golpeando en las sienes la palabra: cínica, cínica, canalla.

La corrección política corre en dirección opuesta al humor. Por eso vivimos tiempos paranoicos. Hace un par de años, la actriz Angela Meyer quiso revivir, en un segmento televisivo de cinco minutos, a un personaje que hace décadas fue famoso: “Chianita gobernadora”, para el cual la actriz se oscurecía la piel y hablaba de una forma especial, parodiando las promesas de los políticos. Para qué fue aquéllo. A Angela Meyer la crucificaron, y a mí a su lado, como al ladrón bíblico. En mi caso, porque se me ocurrió decir que no se puede aplicar la corrección política al humor, porque entonces es imposible hacer reír a la gente, o hacer verosímil un personaje.

En aquella ocasión, recuerdo que mencioné el mejor sketch que hay en la televisión local, en el ámbito de una barra a la que acuden varios personajes, en el programa de Raymond y sus amigos. Son figuras disfrazadas o hiperbolizadas. ¿Por qué los “guardianes” de lo políticamente correcto nunca se han metido con ellos? Sencillo. La actriz Angela Meyer, en aquel momento en que intentaba hacer cinco minutos de “Chianita”, era una persona vulnerable: una mujer mayor que volvía a la televisión y cuyo personaje los jóvenes no recordaban; identificada en lo privado con el PNP, y que estaba sola, no formaba parte de un conjunto de comediantes. En otras palabras, trabajo fácil para los “indignados”.

Los mismos que la enterraron simbólicamente a las puertas del canal —llevaron un féretro y lograron que suspendieran el segmento— no se atreven, ni por asomo, a protestar contra el equipo de buenos actores del sketch del programa de Arrieta. Tiene agarre y popularidad ese espacio, no es una mujer sola que viene a rescatar un antiguo personaje. ¿Ven como la cosa sí se da a conveniencia, en tesituras más o menos hipócritas?

El pasado jueves, una nota de este diario, enviada por nuestro corresponsal en La Habana, daba cuenta de la furia desatada entre los humoristas cubanos, debido a los comentarios aparecidos en el periódico oficial, y por lo tanto respaldados por el gobierno, que pedían a los humoristas algo así como un “balance” entre los personajes que satirizan. Es decir, que no hicieran tanto humor a costa de los cuadros políticos y los dirigentes de barrio. Ha sido peor, porque el revuelo dentro y fuera del país ha dado pie a un debate tremendo. En los años sesenta y setenta, los hacedores de chistes y escritores de comedia hubieran tragado gordo y maldecido bajito, pero habrían accedido a moderar sus palabras. Ahora no. Esos comediantes cubanos, que son semidioses para el gran público (por eso Obama fue al programa de uno de ellos), han contestado que seguirán haciendo el humor que les dé la gana.

Conozco de cerca a esa nueva generación de cómicos. Uno de ellos, citado en la nota de este diario, es mi compadre hace 16 años. Los matrimonios pueden romperse de mala manera, pero los compadrazgos nunca: no hay repartición de bienes ni se pelea por la custodia. A través de él, he visitado los centros nocturnos donde actúan otros humoristas, y puedo decir que jamás les pasaría por la cabeza sacrificar un chiste —si es bueno— a causa de un contenido que pueda ofender a los “ofendibles”, y menos que menos por su alusión a las escaseces y la burocracia. Ellos dirán que en lo político todavía hay zonas sagradas en las que se autocensuran. Pero en general, son irreverentes, cada día más osados, y por eso sus espectáculos registran llenos totales.

Un humor cauteloso es una porquería. Es el que va de puntillas para que los guardianes de la moral, o lo políticamente correcto, no se ofendan. Y hemos llegado al punto en que, para casi todo, hay que medir las palabras. Es para escribir columnas de política y temas cotidianos, como ésta, y a veces se hace cuesta arriba mantener la espontaneidad. Imagínense lo difícil que tiene que ser para los humoristas, que por fuerza juegan con el doble sentido y la insumisión.

Hay gente que tiene una necesidad perenne de ofenderse por todo. Como dijo hace poco un humorista español, “se ofenden más que respiran”.

A esos hay que combatirlos, y ya vendrán tiempos mejores. Por lo menos, estoy segura de que los robots no lo tomarán todo tan a pecho.

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