Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Nadar para poder caminar

En “Las leyes”, Platón dice que nadie debe ocupar un cargo oficial si no sabe nadar. Recordé esa cita mientras hablaba con un maestro de natación en la fila de una de las tantas oficinas gubernamentales. Entre espera y resignación, me comentó que era maestro transitorio del Departamento de Educación, que todos los años tenía que hacer las mismas filas, pedir los mismos documentos y rogar —tal vez a Poseidón— que lo nombraran pronto para que sus estudiantes no siguieran perdiendo clases. No recuerdo el nombre de la escuela, pero sí el apodo que sus estudiantes cariñosamente le ponían: “Míster Piscina”. Me contó que atendía casos de perlesía cerebral, autismo, espina bífida y otras condiciones, y que la natación era la terapia que ponía a sus chicos a caminar: “Nadar les da equilibro”, me dijo. Dos pasos en tierra de aquellos estudiantes era el producto de horas, semanas y meses de ejercicios de natación. Pero un insulso papel, un indigno sello, y la abúlica firma de un burócrata que ocupa un cargo oficial amenazaba el tiempo lectivo.

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

Sin embargo, en Puerto Rico, natación y escritura se unen, no para olvidar la tierra, sino para recordarla. En su crónica “El cruce de la Bahía de Guánica”, Edgardo Rodríguez Juliá decide someter su cuerpo a la bahía de Guánica un 25 de julio -la fatídica fecha en la que confluyen la invasión norteamericana, la Constitución del ELA y los asesinatos del Cerro Maravilla. La intención es clara: recalibrar el peso colonial. Entre brazadas, mareos, goggles empañados y las arritmias de la medianía, Rodríguez Juliá asume la gravedad terrenal desde el nado, y lucha con la basura acumulada y el babote cerca de la meta. Cuenta Rodríguez Juliá que de camino a la orilla, donde lo esperaba un trofeo, se cortó la planta del pie con un vidrio o una lata.

Me despedí de “Míster Piscina” cuando llamaron mi número y mientras me atendían pensé en el cruce a nado que realiza Odiseo para llegar a la isla de los feacios. Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue releer el capítulocinco de la “Odisea” en el que se cuenta la furia de Poseidón, el naufragio de Odiseo y la gesta del primer héroe nadador de Occidente. Subrayé la escena en la que la diosa de los ojos brillantes alienta a su héroe: “Atenea le inspiró sensatez y Odiseo nadó dando cara a la tierra”. Entonces le rogué a Atenea que le recordara a todos esos burócratas de la educación que hay estudiantes que necesitan que su maestro de natación los ayude a caminar.

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