Gustavo Vélez

Punto de Vista

Por Gustavo Vélez
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Necesitamos más líderes y menos políticos

En las casi dos décadas que llevo colaborando como columnista de El Nuevo Día, he evitado entrar a opinar en el terreno accidentado de la política. 

Mi enfoque ha sido siempre analizar los temas económicos y hacer propuestas para mejorar la situación que agobia a nuestro atribulado pueblo. Sin embargo, en esta ocasión he tenido que hacer una excepción. 

De hecho, hoy escribo como un ciudadano más preocupado por la grave crisis institucional que atraviesa la isla. 

Puerto Rico posiblemente atraviesa en estos momentos la situación más compleja y decisiva que haya tenido en su historia moderna. La renuncia del gobernador fue lograda por un pueblo que se tiró a las calles a protestar, al quedar descubierto un polémico chat entre el gobernador y su grupo de asesores más cercanos. 

La renuncia del primer ejecutivo, que se hace efectiva hoy por la tarde, abrió un proceso de sucesión jamás antes visto en Puerto Rico, y que ha abierto grandes fisuras en la institucionalidad y posiblemente, creará una crisis constitucional. 

En el furor de la crisis, muchos juristas han realizados diversos análisis sobre la Constitución y los mecanismos que la misma provee para garantizar una transición ordenada en medio de esta crisis. Desde mi perspectiva ciudadana, el problema no está en la Constitución. Lo que estamos presenciando es un problema mucho peor y de una gravedad insospechada. 

La Constitución fue redactada por figuras históricas, que se cultivaron intelectualmente en las décadas de 1930 y 1940, y que hicieron posible la creación de una sociedad moderna y democrática, con una gran vocación de servicio público. 

Jamás, aquella generación que redactó la Constitución pensó que, décadas más tarde caeríamos en esta crisis. Mucho menos imaginaron, que en vez de tener líderes dirigiendo nuestros destinos, tengamos políticos de carrera desconectados de la realidad y de las aspiraciones de nuestro pueblo. 

A mi juicio, esa es la raíz de la actual crisis. Nuestra frágil democracia hoy intenta sobrevivir su más profunda crisis, asediada por una partidocracia que, lejos de usar el poder político que le confieren sus posiciones para el bienestar del país, lo usan para adelantar sus propias agendas personales e intereses, alejados del bienestar común. El deterioro económico experimentado en las pasadas dos décadas ha agravado aún más la falta de buena gobernanza y transparencia de la gestión pública.  

Es evidente que cada día son más las personas que incursionan en la política para servirse y no para servir al bienestar común.  La ley del legislador a tiempo completo (1997) provocó que menos profesionales se interesaran en servir a tiempo parcial desde la Asamblea Legislativa y abrió la puerta para convertir la política en un lucrativo negocio. 

A partir de entonces, es evidente cómo el proceso político ha sido secuestrado por políticos de carrera que derrotan cualquier esfuerzo de los pocos que intentan aportar desde la Asamblea Legislativa. 

Entre 2001 y 2004, tuve el privilegio de servir como asesor económico en la legislatura, y pude ver cómo opera la Casa de las Leyes.  Una minoría de legisladores bien intencionados, carga con el peso de producir legislación de calidad. 

Hoy, en medio de nuestra peor crisis política, estamos a merced de los funcionarios electos en ese mismo Capitolio, a los que le delegamos nuestra voluntad para hacer buen gobierno y guiarnos hacia un mejor futuro. Lejos de comportarse a la altura de los tiempos, parecen estar más preocupados por sus agendas pequeñas, y prevalece el tajureo de cafetín. 

La lealtad de nuestros “honorables”, lejos de estar con el bien colectivo, gravita hacia los contratos y los favores que le ha hecho el alto liderato legislativo. Mientras el pueblo navega en mares turbulentos, ayer nuestra “honorable” legislatura abrió una sesión legislativa extraordinaria en la que ignoró la confirmación del Lcdo. Pedro Pierluisi como secretario de Estado. 

Esa confirmación hubiera viabilizado la sucesión hoy, a las 5:01 pm, una vez se hiciera efectiva la renuncia histórica de Ricardo Rosselló. El pasado comisionado residente en Washington parece ser la figura de consenso entre la gran mayoría del pueblo, de los sectores fuera del partido de gobierno y del liderato demócrata en la capital federal. 

Sin embargo, las ambiciones personales de algunos que hoy lideran nuestro destino han secuestrado el proceso legislativo, y hoy seguimos en el limbo político y gubernamental. Las consecuencias económicas ya están siendo costosas para nuestro pueblo, y mientras más dure esta crisis de gobernabilidad, más nos hundiremos en la quiebra y la parálisis económica. Pero eso parece importarle poco a muchos de los honorables que trabajan cómodos desde sus bancas en el aire acondicionado y el mármol del Capitolio. 

Lo llevo advirtiendo desde hace tiempo; hoy tenemos la peor clase política en el momento más crítico de nuestra historia. 

Hoy más que nunca, mientras hay un pueblo dispuesto a tirarse a la calle y el mundo aún nos observa, tenemos que estar vigilantes y exigirles más a los que les delegamos nuestra voluntad en las urnas. 

Hay que exigirles sin temor, a que sean líderes, al menos durante las próximas 72 horas.

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