Eudaldo Báez Galib

Tribuna invitada

Por Eudaldo Báez Galib
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Necesitamos un puertorriqueño nuevo

De los 510 años en que hemos tenido gobiernos, solo durante 65 de ellos hubo la oportunidad de autogobernarnos. Fue desde 1952, con la Constitución, hasta 2017 con la Ley Promesa. ¡Y lo embarramos magistralmente!

Plantear incapacidad para gobernarnos es blasfemia para varios sectores de nuestra sociedad. Pero hay que enfrentarlo.

Ocurre esa impotencia al nosotros haber dependido de otros durante siglos para que nos dirigieran, lo que desembocó en una necesidad psicológica colectiva ahora. Durante 490 años nuestra legislación era manejada por los reyes y las cortes, los restantes 74 años por los presidentes y el congreso y tutelados todo ese tiempo por gobernadores españoles y estadounidenses.

Otro factor que incide, es nuestra docilidad social. Esto como consecuencia de no haberse logrado un pegamento de pueblo. Aunque se reconoce que somos étnicamente una nacionalidad, fuera de eso ¿qué nos distingue hoy del resto del mundo? Y no consideremos los deportes, concursos de belleza, distinciones científicas y literarias, pues reflejan virtudes individuales y no colectivas.

Esa incapacidad invita a la adicción a discursos falsos, a vivir en un régimen de impunidad y a la compra de conciencias enmascaradas como ayuda social.

Sin embargo, tuvimos un excelente inicio en gobierno propio, con unas bases sentadas por Muñoz Marín y continuadas por Sánchez, Ferré, Romero y Hernández Colón. Cada cual con sus peculiaridades, aciertos y desaciertos, pero conscientes de esa gobernanza.

Comenzando a mediado del siglo pasado, asomó un pegamento social. Tenía dos características. Se sustituyó el “yo” por “nosotros” e imperó un sentimiento común identificado con el lema “Manos a la Obra”. En fin, nos sentíamos ser una colectividad unida con las mangas enrolla’. O como se decía, “no somos un reguerete de gente, somos un pueblo”.

En algún punto eso se esfumó. Y no volverá hasta que nos reconfiguremos como sociedad; lo que requiere una transformación individual hacia un puertorriqueño nuevo: consciente de su entorno social y visión de vida, escéptico a todo liderato e información, comprometido con el colectivo devolviéndonos al “nosotros” y ansias de un futuro mejor y viable.

Pero, mientras estén basados en falsedades o medias verdades los procesos gubernamentales, la información para mover la sociedad, las imágenes políticas, el asunto de estatus y el empresarismo engañoso, seguiremos siendo desertores de la honestidad. Y no nos engañemos, esta ruta nos puede llevar a diluirnos como pueblo…salvo que logremos ese puertorriqueño nuevo, apto para cualquier futuro.

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