Raymond Dalmau

Tribuna Invitada

Por Raymond Dalmau
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Neftalí y yo

He sentido mucha tristeza por la partida de Neftalí Rivera, mi amigo y compañero de viaje en el recorrido que hicimos juntos en el baloncesto escolar en la ciudad de Nueva York, y luego en los torneos superiores con los Piratas de Quebradillas y en el Equipo Nacional. Ahora que estoy escribiendo mis memorias, he tenido la oportunidad de rememorar los grandes momentos compartidos con él en y fuera de la cancha a lo largo de más de cincuenta años y descubro, casi con asombro, lo mucho que nos complementábamos.

A Neftalí lo conocí cuando ambos hicimos el equipo varsity de nuestra escuela, la Benjamin Franklin High School en el East Side, de Nueva York. Ese año nuestra clase graduanda lo seleccionó como Atleta del Año, pues no solo era un jugador excepcional de baloncesto, sino también un excelente jugador de béisbol. Neftalí, además, fue seleccionado All City de la ciudad de Nueva York, que era mucho decir. Ambos habíamos planificado ir al Manhattan Junior College, pero, cuando en 1966, dos representantes de los Piratas de Quebradillas se aparecieron en nuestra escuela a reclutar a un jugador, nos vimos separados momentáneamente. Yo decidí venir a Puerto Rico y él prefirió quedarse.

En 1968, cuando Neftalí terminó sus estudios en el junior college, vino ese verano a Puerto Rico y me expresó su disponibilidad para quedarse a jugar con los Piratas. Fue cuando hablé con el Dr. Rufino Cordero, el apoderado, y le dije: “Te aseguro que Neftalí es de lo mejor; es tan bueno como yo. No vas a tener otro jugador como él en nuestro equipo”.

Y Neftalí no me hizo quedar mal. Al cumplir su año de residencia, comenzó en 1969 su carrera en el baloncesto superior.

El equipo de Quebradillas dejaba de ser el underdog (poco favorecido). Ese mismo año fue seleccionado como Novato del Año. Con Neftalí iríamos a nueve finales. Desde su llegada a Quebradillas, Neftalí y yo comenzaríamos a ser conocidos como “el uno y dos de los Piratas”, algo que a ambos nos enorgullecía. Si bien era cierto que la fanaticada pirata sentía embeleso por nuestro desempeño, más admiración y compromiso sentíamos nosotros hacia la gente de nuestro pueblo y la de todo Puerto Rico.

A su llegada al baloncesto puertorriqueño, Neftalí también se incorporaría de inmediato al Equipo Nacional. Y, salvo por una sola instancia en que creo que se cometió una injusticia en su contra —algo que relataré en detalle en mis memorias— Neftalí sería figura destacada de nuestro equipo y brillaría por sus propios méritos en el baloncesto mundial.

Neftalí vino a vivir y establecerse en Quebradillas, como en esa época acostumbrábamos hacer los jugadores. Nos quedábamos inicialmente en la misma casa de huéspedes. Y, en el plano personal, nuestra amistad creció enormemente.

En la cancha, Neftalí y yo siempre tuvimos un juego armonioso y a pesar de la gran cantidad de veces que en los partidos intentábamos tiros al canasto, nunca ninguno sentía que el otro estuviera acaparando la bola o “quitándole” juego. Todo lo contrario, ya que desde la Benjamin Franklin, Neftalí y yo aprendimos a distribuirnos el juego de modo que cada cual tiraba cuando podía tirar y pasaba cuando debía pasar. Por eso, en los equipos que participamos a través de los años, nunca tuvimos discrepancia alguna en la cancha, ni celos, ni resentimientos; me consta.

Jugábamos posiciones distintas y ambos reconocíamos el talento del otro sin competencias estériles. La realidad es que, a mi juicio, él era el mejor shooting guard que existía. Siempre tuvo un tiro certero, sin importar la distancia, era rápido y muy diestro en el manejo del balón.

Por eso, era un jugador tan confiable y por eso lo admiré tanto. Quebradillas y Puerto Rico tienen una deuda de gratitud con Neftalí Rivera, que solamente podremos saldar manteniéndolo presente en nuestra memoria. Neftalí Rivera se lo merece.

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