Gazir Sued

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Por Gazir Sued
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Negligencia en la emergencia

Todavía no había caído la primera llovizna cuando se fue la luz en el vecindario, y el agua la cortaron antes que la primera ráfaga deshojara alguna rama. Horas más tarde llegó la tormenta…

Así como vino se fue, repartiendo suertes indiscriminadamente, como solo la naturaleza suele hacer. Algunos sufrieron su indolencia y otros disfrutamos su brevedad entre chubascos y ventoleras.

Prevenidas por sentido común, miedos exagerados o experiencia; presionadas por agencias de gobierno, medios informativos y comerciantes de ocasión; las familias se pertrecharon en sus casas como en fortalezas y se enclaustraron en ellas. El encierro debía garantizar seguridad y los abastos calmar ansiedades inmediatas como hacer placentera la espera y sus secuelas…

En una cultura tan quisquillosa como la nuestra, la falta de electricidad convierte el tiempo libre en aburrimiento, y hasta el más vago -como el falto de imaginación- de tanto ocio se hastía. La molestia más insoportable es el calor infernal de nuestro paraíso tropical… y el asedio de un mosquito. Quizás a los citadinos estas cosas nos fastidian con mayor facilidad, y a muchos se les tuerce el carácter y se les embota el humor cuando faltan sus habituadas comodidades.

Para contrarrestar estos infortunios comunes, aunque pasajeros, los más impacientes compran plantas eléctricas. Ensimismados en el goce de su buena fortuna y enajenados de las desdichas de sus vecinos, encienden sus máquinas noche y día.

Saben que el ruido agudiza el malestar en las casas contiguas y que los gases tóxicos invaden los hogares lindantes poniendo en riesgo la salud y la vida.

No existen necesidades imperiosas que justifiquen el uso desconsiderado y negligente de plantas eléctricas. En estas circunstancias las comodidades son lujos prescindibles y nada justifica mortificar con ruidos y menos envenenar a familias enteras.

La comodidad de unos a costa del malestar de otros es moralmente deplorable. Hacerlo a sabiendas del daño al prójimo es imperdonable. La legislación existente es insuficiente para prevenir tragedias y el estado de “derecho” parece consentir las negligencias homicidas…

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