Miriam Montes

Tribuna Invitada

Por Miriam Montes
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Nelson Canals tras el huracán y el olvido

Duerme en una hamaca, rodeado de las pertenencias que logró rescatar tras la furia de María. Un sillón reclinable, una silla de madera, un gavetero, una nevera que no funciona y otros aparejos, conforman el reducido espacio donde Nelson Canals vive. Lo acompañan, en las buenas y en las malas, su compañera, Mariluz Marrero, y una libretita azul donde guarda nombres y números de teléfonos de personas que han colaborado, junto a él, en la defensa de las causas justas. También lo custodian sus ideas, sus palabras lúcidas, su memoria y su bondad pertinaz. De noche se alumbra con tres lámparas solares que ha colocado entre las tablas de madera y la lona azul que FEMA colocó en el techo. Porque María se lo llevó todo, o casi todo, menos las cuatro paredes de su casita.

“¡Diache!”, fue la expresión de un transeúnte ante la pregunta de “tres reinas magas” para poder llegar a la residencia de Nelson Canals, allá en las montañas de la Sierra de la Pandura.  La estrella de Belén se convirtió en un “sigan pa’arriba y no se desvíen por ningún lado”, cada vez que inquirieron durante el escabroso trayecto. Así lo hicieron, jalda arriba, entre el verdor empecinado de Yabucoa, estrechas callecitas, y la incertidumbre del camino. Fueron de parte de los que también creen en las causas justas. Porque la misión estaba clara: encontrar a Nelson Canals. Abrazarlo. Y de paso, dejarle algunos suministros.

“El resto lo reparto a quien lo necesite”, respondió ante el oro, la mirra y el incienso de las reinas magas.

Así ha transcurrido su existencia. Con la frugalidad de los que han apostado a los valores espirituales sobre los materiales. Con un evidente sentido de comunidad, albergando en su pensamiento al otro, sin reparar en la aparente escasez tangible que ello pudiera provocarle. Porque en el fondo, Nelson Canals es muy rico.

Sociólogo y abogado de formación, Nelson optó por encauzar su don persuasivo en la defensa de los que se les ha acallado la voz. Laboró, como quien ve la luz al final de un camino oscuro, por la excarcelación de los presos nacionalistas. Ha impulsado la causa de la independencia y el proceso descolonizador de la isla. Sus escritos se han publicado en revistas y periódicos, y sus ponencias han llegado a oídos de los que pretenden decidir el futuro político y económico del país.

Pero las ideas de Nelson Canals han traspasado el umbral de la retórica para convertirse en letra viva. Por esa razón ha desarrollado proyectos de agroecología e iniciativas artesanales. Su autogestión, entre tantas otras que se realizan en Puerto Rico, es su manera de decirle a los puertorriqueños: “¡Podemos!”  La generosidad y el sentido de desprendimiento de Nelson parecen emular la consigna albizuista: “Aquí se viene a dar, no a recibir”.

Nelson recibe a las “tres reinas magas” con lágrimas en los ojos. “Ustedes han sido de las primeras…” y su conmoción lo delata. Su cuerpo tosco es un portal pródigo. Abre los brazos, se emociona, habla con ardor, recibe abrazos como si fueran oro. Su compañera lo ama con la delicadeza del que protege una pieza de arte valiosa. Le ha arreglado los botones de la camisa y le ha besado en la mejilla con dulzura. Ella lo sabe todo.

Las reinas magas se despiden. Nelson agarra con sus brazos fuertes la puerta que María desprendió y la coloca en el hueco que le pertenece. “Caramela”, una perrita que rescató, lo sigue. El destrozo ha sido inclemente. Las reinas magas quieren saber qué le apremia.

“Que me visiten”, dice, y sus ojos húmedos lo dicen todo.

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