José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Ni con España ni con EE.UU.

No se trata de otro capítulo de una serie televisiva, sino más bien de ciertas ideas surgidas en estos tiempos de bruma, cuando ante la mar revuelta algunos buscan anclaje en el pasado. Nada raro, afirman especialistas en conducta humana, pues el desasosiego generado por la incertidumbre muchas veces provoca más ansiedad que la misma llegada de esa esperada “promesa”.

Pensaba en todo esto tras la leer la columna del profesor Enrique Vercher García, Puerto Rico debe regresar con España publicada recientemente en El Nuevo Día. Desmenuza, como quien deshoja margaritas, una a una nuestras alternativas de estatus. Y cuando solo resta el tallo seco de nuestro futuro incierto, propone injertar una nueva alternativa de estatus, la “reunificación” con nuestra antigua madre patria.

Así obtendríamos, según su análisis, todas las virtudes de una verdadera autonomía dentro del gobierno español. Se añadirían además una serie de beneficios, como la común ciudadanía europea, acceso a sus mercados y libre movimiento dentro de sus fronteras. Aunque reconoce que la idea puede parecer una “locura”, como fue la idea planteado por Colón a la reina Isabel de cruzar los mares, alude al entusiasmo manifestado entre sectores de nuestra población ante esa idea de “reunificación”. No entra a considerar, sin embargo, cuánto apoyo tendría dicha propuesta entre nuestros electores, o en las propias Cortes españolas, donde todavía no hay consenso sobre quien será su próximo presidente. Solo basta recordar el largo proceso por hacer valer los derechos y voluntades de comunidades autonómicas en España, como Cataluña, donde todavía enarbolan su propia bandera y se escuchan reclamos independentistas. Para Estados Unidos, por otro lado, no habría problemas pues de acuerdo al Comité Interagencial creado durante la presidencia de Bush, la Isla puede ser cedida a otra nación.

Si bien la historia no se repite exactamente, quién garantiza que bajo España no volveríamos a toparnos con aquella mole de incomprensión ante los reclamos de nuestros representantes a Cortes en el siglo antepasado. Los breves momentos que tuvimos representación, como en 1812, 1837 y luego en 1876, hasta la concesión de autonomía en 1897, siempre fueron eclipsados por el autoritarismo de gobernantes despóticos. Mientras por un lado se decía que la Isla era provincia, por otro lado a gobernadores, como Sanz, se les advertía vigilar, pues seguíamos siendo colonia. Si bien por siglos la población se destacó por defender aquí el bastión español- “más fieles al rey que los mismos españoles” decían los observadores- no fue así en vísperas de la invasión americana de 1898.

Tras el armisticio de la Guerra Hispanoamericana, a la espera del tratado de París, donde se traspasó la soberanía a Estados Unidos, Julio Cervera, comandante del ejército español, publicó una crónica sobre la defensa militarde la Isla. “Los puertorriqueños -dice ahí- desde el primer momento se constituyeron en auxiliares, guías y espías del enemigo (Estados Unidos). En la historia del mundo no hay un ejemplo semejante a lo ocurrido en Puerto Rico… España acababa de concederle la autonomía… En el diccionario de nuestro idioma español, rico en palabras, no hay una bastante dura para calificar al pueblo de Puerto Rico… En veinticuatro horas, el pueblo… pasó a ser de ferviente español a entusiasta americano. Sin más razón que el cobarde miedo.”

Pero el cronista olvidó mencionar que tan sólo una década antes, a causa de las protestas soterradas contra el monopolio comercial español, parte de la población fue sometida a los compontes, infame episodio de torturas y persecuciones. Muchos líderes políticos, como Hostos y Betances, fueron desterrados. No es de extrañar entonces que ante aquellas otras promesas de bienandanzas, proclamadas por el General Miles tras el desembarco por Guánica, algunos vieran allí a sus “redentores”. De hecho, ese fue el título de una de las novelas de Manuel Zeno Gandía.

Pero aquellas promesas comenzaron a esfumarse tras firmarse el traspaso de soberanía. Un régimen militar, y luego un gobierno civil impuesto, empezaron a tejer ese manto de desconfianza con el cual todavía abrigamos esas promesas. La ciudadanía norteamericana, impuesta también en 1917, enarbolada entre los aires marciales de intervención norteamericana en la Primera Guerra Mundial, llegaría entre consideraciones constitucionales y a pesar de la objeción de Muñoz Rivera en la Cámara. Aunque en aquel momento se dio la opción a los ciudadanos de la Isla de rechazar la ciudadanía norteamericana, solo 288 optaron por hacerlo. Resulta difícil pensar que hoy haya muchos más que sigan ese ejemplo para acercarse a la utopía de una ciudadanía europea.

En aquellos años, frente a su balcón de la calle Fortaleza, Cayetano Coll y Toste, médico e historiador oficial, rememoró los sentimientos encontrados frente al pasado y el presente. “La querida bandera de nuestros padres -escribió- fue cruel con nosotros…y a pesar de todo la amábamos …nunca hemos odiado a España, pero sí a sus gobiernos coloniales por despóticos…con los hijos de las Antillas.”

Pensar que hoy, a causa de nuestras estrecheces, estamos dispuestos a buscar cobijo en la nación que nos dio la lengua y cultura sería borrar nuestra historia pasada y futura. Desde su exilio, justo antes de su muerte en septiembre de 1898, Ramón E. Betances pronunció una sentencia profética: “no quiero colonia ni con España ni con Estados Unidos”. Palabras que deberíamos recordar en estos momentos cuando nos acechan tiempos revueltos.

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