Néstor Cerda González

Punto de Vista

Por Néstor Cerda González
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Ningún inmigrante debe ser objeto de abuso

El concepto de migración no es ajeno a los latinoamericanos. El Centro Demográfico de América Latina y el Caribe (CELADE) concluye que más de veinticinco millones de personas nacidas en países de América Latina y el Caribe residen fuera de sus países de origen. En los últimos años, en particular, ha habido un desplazamiento de personas originarias de países de América Central y México. La violencia de los carteles de la droga, las pandillas, y los gobiernos corruptos han hecho vivir en estas regiones un desafío ante el cual muchas personas no tienen más remedio que abandonar su tierra natal y buscar un mejor porvenir.

En los últimos tres años, hemos visto que ese sueño de un “mejor porvenir” en realidad se convierte en detención indefinida, separación de familias e incluso la muerte para muchos migrantes. La injusticia y la deshumanización que ha demostrado la administración Trump, los tribunales de inmigración estadounidenses, los cuales Trump ha llenado con sus candidatos, al igual que la falta de acción del Congreso estadounidense, revelan mucho sobre los verdaderos sentimientos de los líderes de la Estados Unidos acerca de las violaciones de los derechos humanos en nuestras fronteras.

Los agentes de la patrulla fronteriza y el departamento de seguridad nacional han separado a unos 5,400 niños y niñas de sus familias. Aunque los tribunales han ordenado a la administración Trump que devuelva a estos niños a sus padres, la administración ha retrasado hacerlo creando una verdadera crisis humanitaria. Estos menores han tenido que asistir en muchas ocasiones solos ante las audiencias de inmigración y defenderse de la deportación. Los mismos tribunales han dictaminado que estos niños migrantes no tienen derecho a representación legal en los procedimientos de inmigración. La noción de que los niños son de alguna manera capaces de defender sus derechos en la corte desafía el sentido común básico, privándoles de sus derechos fundamentales sin el debido proceso de ley, garantizado por la Constitución.

Del mismo modo, la administración Trump ha complicado el proceso de solicitud de asilo al asegurarse que los peticionarios de asilo nunca pongan pie en los Estados Unidos, privándoles de su día en la corte. La administración Trump ha descansado en la sobrecarga del sistema de inmigración, la detención indefinida de migrantes y la política inhumana e ilegal de separar a los niños de sus padres para obligar a miles de personas a renunciar a sus derechos y reclamos a la vida y a la integridad física de ellos y de sus familias. A pesar de estas prácticas, el tribunal más alto de los Estados Unidos ha autorizado a la administración a eliminar y anular drásticamente las solicitudes de asilo.

Entonces, las preguntas que quedan en el tintero son ¿dónde está la indignación? ¿Dónde están las palabras en contra de estas prácticas inhumanas? Pero mucho más importante, ¿dónde están las acciones de los congresistas de avanzada para poner fin a estas atroces violaciones de los derechos humanos en la frontera?

El Congreso de los Estados Unidos se ha quedado de brazos cruzados mientras la administración Trump ha encarcelado a niños y adultos migrantes inescrupulosamente. Ha permitido la operación de deficientes centros de detención con fines de lucro donde niños y adultos migrantes han muerto bajo su custodia. Ha permitido innumerables violaciones de los derechos civiles en estos centros de detención, incluyendo la falta de acceso adecuado a asistencia médica, alimentos, agua, instalaciones sanitarias, e incluso ha visto un aumento en la agresión sexual y la violación en estos lugares, en ocasiones perpetradas por parte de los oficiales encargados del cuidando de estos migrantes. La situación no puede quedarse sin atender. Es tiempo de que los representantes legislativos representen a todos, no solamente a los que llenan sus bolsillos colaborando en sus campañas. 

Hace falta levantar todas nuestras voces y reconocer a todos los padres y madres migrantes, por el gran sacrificio en que han incurrido al dejar su tierra natal por el bienestar de sus hijos, por su futuro, y también por ellos mismos. Una decisión valiente a la cual se le debe un gran elogio. 

No importa cuál haya sido su método de migración, siempre y cuando haya sido en busca de protección y de un mejor porvenir. La entrada a territorio de Estados Unidos pudo ser cruzando el Río Grande, o bien caminando cientos de millas a través del desierto, o escalando los muros fronterizos, o simplemente que hayan cruzado la frontera caminando en silencio, o en avión y hayan excedido su permiso de estar aquí. Pero su decisión cambió sus vidas. Puede que esa decisión beneficiara su propia vida, o la de sus hijos, o incluso la de aquellos a quienes logró ayudar con su trabajo, su cuidado y su compasión. No importa, lo que importa es que tomó la decisión que le permitió cambiar sus vidas y que nadie debe ser objeto del trato inhumano y degradante a que se somete a los inmigrantes actualmente en los Estados Unidos de América.  

El autor es estudiante de la Facultad de Derecho de Berkeley, California

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