Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Ni un barquito de papel

Abre el telón. Un campesino chino llega desde la remota cueva del profundo bosque a su insignificante aldea, entra en su casa y saca del morral media docena de murciélagos. Cierra el telón.

Abre el telón.

Una mujer canadiense emprende un viaje a Puerto Rico el 29 de febrero. Esa misma noche sube a un crucero que la llevará, junto a dos parientes suyos, a St. Thomas, St. Martin, Barbados, Dominica, Granada… y el 7 de marzo de vuelta a Puerto Rico. Cierra el telón.

La línea imaginaria que parte desde la insignificante aldea y termina en la muy sosegada ciudad de Waterloo, Ontario, donde reside la mujer, se llama globalización.

En el medio, lo que nos concierne. La mujer presuntamente llegó sana a bordo. A las pocas horas de volver a Canadá desarrolló síntomas de coronavirus y la prueba arrojó positivo. Los dos parientes que la acompañaban están en situación muy similar. Los científicos canadienses dan por sentado que se contagió en el barco. Dicho barco es el Celebrity Summit, pero pudo haber sido cualquier otro.

La directora de Turismo, Carla Campos, que ojalá no haya subido al Celebrity a entregar una placa al capitán, sí debería informarnos cuál fue el probable itinerario de esa canadiense a partir de las seis de la tarde del 7 de marzo, cuando el barco atracó en Puerto Rico, ya finalizada la travesía.

¿Bajó con sus parientes a dar una vuelta por el Viejo San Juan? Es lo más probable, es lo que haría cualquiera. Y las personas que la contagiaron mientras navegaban, ¿bajaron también? Lo que sí es seguro es que el 8 de marzo (el mismo día en que desembarcaron más de 2,000 pasajeros del Costa Luminosa y se pasearon por la ciudad antigua), la canadiense y sus acompañantes, ya enfermos pero sin síntomas, o con algunos leves, tomaron un taxi o cualquier otro medio de transporte y se dirigieron al aeropuerto Luis Muñoz Marín, a fin de coger el vuelo que los llevaría de regreso a Ontario. En el recorrido, se relacionaron con muchas personas: el chofer, otros viajeros, los empleados de la aerolínea, de las tiendas (si visitaron alguna), y de algún restaurante. Las conjeturas sobran.

Estas personas volaron largas horas hasta su destino. Seguro que hicieron escala en otro aeropuerto. Lo que nos concierne, como dije antes, es su estadía de regreso en San Juan. A lo mejor ni siquiera durmieron en el barco, no sé, quizá el paquete incluía una noche de hotel. ¿Cuál hotel? La directora de Turismo que pregunte, averigüe, rastree… y cuando pueda nos ilustre.

Llegará el momento en que buques y aviones tendrán que parar para ser desinfectados a fondo. Es imposible que con el sistema de limpieza regular, o tal vez un poco más, se puedan eliminar los riesgos de contagio. Habrá que fumigarlos, me imagino. En la actualidad, a los aviones los desalojan y los asean a la carrera para que emprendan un vuelo hacia otra parte, con otra tripulación que lo que menos se imagina es que una canadiense que bajó deun crucero, ya enferma, estuvo entre los pasajeros del vuelo anterior y entró en el baño, tosió levemente, se rascó la nariz y se apoyó en los respaldares de los asientos cuando avanzaba por el pasillo y estiraba las piernas. Normal.

También es normal que las líneas de cruceros empiecen a suspender sus viajes. Esto es una pandemia, no una tontería. Es un fenómeno desconocido para generaciones. Todos estamos asustados, y con razón. No hay otra consideración, no puede haber más prioridad que la supervivencia.

Me estoy dando cuenta de que los resultados de las pruebas no solo demoran aquí, se están tardando en todas partes del mundo, y una reconocida científica catalana, Laura Lechuga —cuyo equipo planea tener lista en breve una prueba denominada “Convat”, para resultados en media hora—, ha dicho el pasado viernes que es humanamente imposible hacerles la prueba a tantos contagiados. En Italia y España el colapso del sistema sanitario es tal, que a un buen número de personas con síntomas, si no están graves, las contabilizan automáticamente como enfermas y las envían a su casa. No hay tantos reactivos ni tanto personal para procesar las muestras. La gente se enferma a mayor velocidad de lo que el sistema es capaz de absorber. La única ayuda recibida por Italia, donde ya escasean los equipos para la respiración asistida, ha procedido irónicamente de China, que mandó un avión con 30 toneladas de ayuda médica y un equipo de nueve expertos en COVID-19.

Mientras tanto, sépanlo en Turismo, ni un barquito de papel debe pasar por debajo del radar aquí. Ya el daño parece que está hecho. Pero se pueden evitar males mayores, y ese afán por minimizar los riesgos, por ocultar las negligencias crasas —porque a estas alturas son errores tontos, silencios imperdonables, chistecitos malos como de despedida de soltera—, lo único que hace es confundir a la gente, que arrasa con la vitamina C, por el amor de Dios, no gasten el dinero en una vitamina que no sirve más que para el escorbuto.

Y escorbuto aquí no tiene nadie. Antes lo había en los barcos, y ahora se cubren con limones.

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