Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Ni unos ni otros quieren la UPR

Ni los unos ni los otros aprecian la Universidad. No tienen en cuenta su lugar medular en la sociedad puertorriqueña, su centralidad para el pensamiento aquí generado: el que se cierne, específicamente, sobre las circunstancias del país. Ninguna otra institución es tan vital para nuestro presente y nuestro futuro; para nuestro ser mismo. Soslayarla, minimizarla, eviscerarla es dejar al país sin cerebro. También sin corazón.

Los unos —el Gobierno de turno— no la respetan. Miran —como siempre— hacia realidades diferentes a las nuestras en tamaño y referencias, en talante y aspiraciones. No creen en la importancia de la Universidad para hacer país porque no creen en este país. Miden su aportación únicamente en dólares y centavos.

En el fondo, lo mismo les da que exista o no una universidad del estado capaz de educar y formar a los puertorriqueños para que lo sean y sepan lo que ello implica en el mundo actual. El Gobierno demuestra su desprecio al imponer recortes indiscriminadamente y al negarse a un diálogo honrado y abierto, basado en la comprensión de la función universitaria.

Los otros —los estudiantes encapuchados, los que vociferan a la vera de los portones cerrados, los que destruyen la propiedad ajena, los que buscan imponer una agenda fundamentada en consignas— tampoco aprecian la Universidad, la necesidad de que permanezca abierta para darle continuidad a una tradición de pensamiento y de investigación. Lo demuestra su intolerancia. Están afectando seriamente la misión misma de una institución que depende de la razón y no del grito; de los conocimientos y no del impulso.

Por más que proclamen defenderla, la destruyen al propiciar que se torne prescindible. Le niegan su cometido; pervierten su función. Sus métodos y sus fines se oponen al talante universitario.

Estamos presenciando una tragedia que podría prefigurar la del país. No se construye destruyendo, sino dialogando, convenciendo, concientizando, negociando. Resulta insensato alegrarse de la destrucción de las instituciones que han regido nuestras vidas. Acabar con la Universidad nos deja como la mentada nave al garete, sujetos a pasiones políticas, presa fácil de oportunistas de toda laya y de imposiciones tiránicas.

La Universidad de Puerto Rico representa un sueño anhelado durante siglos y una institución trabajosamente forjada durante décadas, una que —con todos sus defectos— llegó a estar entre las mejores de Latinoamérica. Perderla como la estamos perdiendo resulta impensable.

La Universidad que fue ampliando su ofrecimiento más allá de la enseñanza Normal durante los primeros años del siglo 20; la que estableció programas ejemplares como el de Estudios Hispánicos en los años veinte; la que empezó a ser puertorriqueña en los treinta con Antonio S. Pedreira, Concha Meléndez, Margot Arce; la de los cuarenta y cincuenta que —aunque conflictiva (el conflicto es consustancial con la diversidad de pensamiento; no así la violencia)— produjo revistas de alcance continental como “La Torre” y una editorial que dio cabida al pensamiento continental; la que estableció el primer museo del país; la de los sesenta, a la vanguardia de debates sobre temas como la raza y el rol de la administración pública en la erradicación de la pobreza; la que hasta hace meses se distinguía por la pertinencia e importancia de sus investigaciones científicas, produciendo la mayor parte de los profesionales y estudiosos que conocen el país; aquella cuyos estudiosos pueden ponerse a la par con los mejores del mundo; la que ha acogido a creadores y científicos de calibre mundial y ha implantado programas culturales extraordinarios: esa Universidad no debe desaparecer.

En un mundo que depende del conocimiento, motor de la economía y la movilidad social, nuestra Universidad es —además— motivo de orgullo nacional. Permitir que sucumba por luchas presupuestarias y administrativas o víctima de ideologías encontradas incapaces de buscar terreno común para el diálogo nos afecta a todos.

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