Luis Alberto Ferré Rangel

600 palabras

Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Niza

No pude evitarlo. Mientras la máquina endemoniada embestía a la multitud, aplastando a niños, madres, tíos, abuelas, pensaba en ustedes dos. Uno de ustedes ya había estado demasiado cerca de otro ataque. En aquella ocasión, a minutos de ti, desafiaste el sentido común y acudiste para plasmar en tu crónica y en tus fotos, el horror, la soledad y la esperanza. Quizás era tu manera de asimilar la tragedia.

Contando se honra, jamás olvidar. Contando también se olvida.

Hoy asimilo la tragedia del odio, de la sinrazón, del dolor de aquellos que vieron morir de esa manera a amigas, novios, esposas, hijas…

Aquí en Puerto Rico mientras otro fin de semana largo se acercaba, un centenar de padres y madres de familia se mantenía en vilo, comunicándose desesperadamente por las redes sociales con sus hijos e hijas que habían atestiguado la masacre. Refugiados en casinos, hoteles, y restaurantes, los hijos e hijas se comunicaban finalmente por texto, Facebook, Snapchat, WhatsApp, con sus padres. Todos a salvo.

Vuelvo la mirada a mi derredor, miro este mundo en que estamos viviendo, donde bombas explotan en aeropuertos, donde una discoteca se convierte en un infierno, donde un francotirador mata a policías, donde policías matan a inocentes, donde la retórica del odio alimenta el miedo y tiende un manto de oscuridad.

“Cop lives matter. Black lives matter, white lives matter. Stop using hatred and racism to push your political beliefs”, me copiaste.

“Lives matter”, punto. Ese es el punto.

Y ¿qué de la luz? ¿Dónde está la luz? Esa que disipa la oscuridad, esa que lleva al amor y al perdón. Esa que diluye la barrera del ellos y nosotros, esa que disipa el miedo y el rencor. Esa que tanto necesitamos para sanar nuestras heridas. Dime, querido Ángel Darío, adorado amigo mío, ¿dónde está la luz?

¿Dónde hay consuelo? Para esa pareja sentada al lado de una manta ensangrentada. ¿Dónde está? ¿Quiénes son? ¿Quién yace debajo? ¿Su hija?

Entrando en las tinieblas, te tiento. Y te nombro. Eres la bestia. Pongo la mano por delante para palparte, refulges, siento tu aliento asqueroso. Yaces frente a mí, lista para acecharme. Tensamente quieta. “No te descuides, vengo por ti”.

Sí, lo sé. Sé dónde habitas y de qué te alimentas. Vives de mis miedos, de mis odios y de mis rencores. Siempre estás al acecho, siempre te he sentido. No seré tu víctima, pero ¿qué si soy la víctima del miedo del otro, del odio del otro? Ahora te siento.

Solo mi luz puede contra ti. Y la luz del otro. Y la luz del otro, y la luz del otro y la luz del otro y la luz del otro…

Vivir en la luz, ¿verdad Ángel Darío, querido amigo?

Ser seres de luz.

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