Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Noche feroz, sexo en la cueva

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El mundo estaba distraído con los devaneos, infidelidades y aficiones del presidente de la nación más poderosa del planeta; con las implicaciones de la llamada “trama rusa”, y hasta con los escándalos de pederastia dentro de la Iglesia católica.

En el ámbito local, nuestra particular burbuja, estábamos pendientes de las tribulaciones del partido de Gobierno, que ha entrado “en guerra” con la metrópoli, y las ambigüedades del principal partido de oposición, que ha dejado de existir, es cadáver y no quieren verlo.

Nos hallábamos embobados con todo eso y otras cosas, o simplemente volcados en la inmediatez del Twitter, que nos hace propensos a la credulidad de plástico, y pasamos por alto la mayor noticia, un gran hito en la historia de la especie humana: se confirmaba, desde Alemania, que una muchacha que vivió hace 50,000 años, y cuyos restos, hallados en una cueva de Siberia, fueron sometidos a pruebas de ADN nuclear, era el fruto directo de una noche de amor, o de exasperación vital, entre dos especies de homínidos: una hembra neandertal y un varón denisovano. Los neandertales parece que corrieron mundo; los denisovanos, en cambio, se llaman de ese modo porque sus restos solo han podido ser detectados en la cueva Denísova, al pie de los montes Altai, en Siberia. Trazas de sus genes, pero solo trazas, han sobrevivido entre ciertos grupos aborígenes de Oceanía.

Nunca antes se había encontrado un híbrido directo. Se sabe, de sobra, que los neandertales, quienes desbordaban erotismo, se cruzaron infinidad de veces con los Homo sapiens, o sea, con nosotros mismos. La totalidad de los seres humanos modernos, excepto los pueblos africanos al sur del Sahara (que no se movieron de allí, y no conocieron la “salsita” neandertal), conservamos en nuestro código genético de un dos a un cuatro por ciento de esa especie ya desaparecida. Dicen que de los neandertales hemos heredado la propensión a sufrir trombos en las venas, y a cierto tipo de melancolía. No se ha encontrado, sin embargo, al híbrido fundamental. Como decir: este neandertal —paticorto, robusto, pelirrojo a veces, y de tez muy pálida—, se apareó con esta sapiens —morena, elástica, más erguida que él, más lista—, y de aquel revolcón nació esta criatura: mitad sapiens, mitad neandertal legítima. No, eso no lo hay todavía. 

Pero ahora, desde la semana pasada, sí se puede sostener, más allá de toda duda, que los restos de una jovencita, eje del acontecimiento científico, son producto del cruce directo entre dos especies, y que ella, lejos de nacer con minusvalías y pocas oportunidades de sobrevivir, llego a la “avanzada” edad de 13 años.

La criaron en la misma cueva donde vivía la tribu de su padre. Llamó mamá a una neandertal —ya sé, no exactamente mamá, haría algún sonido para identificarla y pedirle que le diera de comer—, y papá a un miembro de ese misterioso grupo de denisovanos.  

 El gran desafío consistiría en averiguar cómo fue que la hembra neandertal, mucho más agraciada, se emparejó con ese macho espantoso, tosco, que según expertos en antropología dental (ya ven que me leo hasta los anuncios), era dientón, obtuso, feo como un demonio. Es probable que la pobre neandertal llegara a sus brazos, también adolescente, como trofeo de guerra. O como una dádiva para sellar la paz. O que simplemente ella se despistara en las heladas tundras, y él la encontrara moribunda. Como dice una paleoantropóloga que admiro, “los sentimientos y la compasión no van a fosilizarse”. A uno solo le queda dejar volar la imaginación, preguntarse si él la revivió, o si la acarició, y si hicieron el amor de frente o la asaltó de espaldas, como solían hacer especies más primitivas. Se descubrió en la misma cueva un anillo de mármol, un brazalete de piedra verde, unos colmillos de mamut tallados. ¿Qué más hace falta para ser feliz? A los nueve meses, si es que duraban nueve meses los embarazos de las neandertales, les nació la niña. Fue amamantada, protegida, abrigada, y logró salir de esa primera infancia en que se morían tantos. Sobrevivir 13 años rodeada de rinocerontes peludos, primates guerreros y leones vertiginosos, no debió ser fácil. La raza de su madre habitó la Tierra unos 200,000 años; más que nosotros, los sapiens, que solo llevamos 100,000 destartalando el planeta. La de su padre, el espantoso denisovano, aún no se sabe cuánto tiempo pululó, ni por donde.

Desde que leí la noticia —y las que le siguieron, todas fascinantes— me he preguntado si la pareja tuvo más hijos. No creo que se sepa nunca si los padres sobrevivieron a la muchacha; si fue ella la que se enfermó —de las cosas que se enfermaban en los albores de la humanidad, infecciones comunes, o virus que los sapiens empezaban a regar por el mundo—, y tocó al matrimonio “mixto” darle sepultura, allí en la galería que destinaban a los enterramientos. En ese caso, es probable que la madre depositara flores sobre el cuerpo de su hija. Se han encontrado, a menudo, grandes cantidades de polen en los túmulos funerarios neandertales, lo que sugiere que tenían esa sensibilidad. El padre, no. Era muy bruto. La querría a su modo, con esos dientes de cocodrilo con los que se le haría imposible dar besitos.

El final de la historia no me interesa tanto. Me entristece, de hecho, pensar en todo lo que sufrirían, tal vez porque se me activan los genes neandertales, que como dije antes, son en parte responsables de nuestra moderna depresión.

Los devaneos del presidente Trump, la “trama rusa”, que me suena más prehistórica que la de Siberia, y las garatas partidistas locales, son, como pueden ver, minucias comparadas con este hecho grandioso: un abrazo que se produjo hace 50,000 años. Un instante único de comprensión. Un relámpago de clarividencia: los sapiens, esa otra especie enemiga de ambos, venían por ahí arrasando. Neandertal y denisovano lo supieron y se apretaron fuerte. 

No evitaron la extinción, pero la hija que tuvieron en común fue descubierta, y ha sido reivindicada ahora por dos genios del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva. A la muchacha le pusieron nombre. Se llama para siempre “Denny”.

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martes, 28 de agosto de 2018

Noche feroz, sexo en la cueva

La escritora Mayra Montero reflexiona sobre el hallazgo de una mujer prehistórica cuya madre era neandertal mientras su padre pertenecía a otro grupo extinguido

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