Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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No hablemos de volver a una normalidad que no existe

El filósofo Heráclito de Efeso, reconocido por su teoría del “devenir”, preguntaba si podíamos bañarnos dos veces en el mismo río. Su respuesta era que no, porque todo fluye en la vida y nada se queda igual. “En este mismo río entramos y no entramos”, decía. El agua en que nos bañamos hoy es distinta a la de ayer, aunque usemos la misma cuenca y ribera. Todo está en continuo movimiento y no solo el río es distinto, sino también nosotros. Todo fluye; todo cambia. Muchos cambios se han vivido, y se vivirán, como contradicciones, pero el ser humano los sobrevivirá aprendiendo a superarlas, no tratando de volver a lo que ya no es. 

Escuchamos agitados reclamos de volver a la normalidad. Unos dicen que se logra abriendo el comercio y activando la economía; otros dicen que eliminando las limitaciones del distanciamiento social, el encierro y los toques de queda. Hay quienes dicen que se vuelve a la normalidad ignorando la crisis de la pandemia, porque eso es solo una conspiración que no afecta nada más que a los viejos. Pues sepa usted que todos están errados. El llamado al retorno de la normalidad es falso en su totalidad, pues no se puede volver a lo que ya no existe. Lo que era Puerto Rico ya no es. El mundo tampoco. 

La salud mental del boricua no es la misma. No puede serlo. Eventos desastrosos han marcado su psiquis impactada con estresores que han fomentado un estado general de ansiedad y, su opuesto, de depresiones. Los huracanes y los sismos han pasado factura sobre la mente de cada ciudadano que ha tenido que enfrentar los desastres y el mal manejo del gobierno. Debe quedar claro que no es posible volver a la normalidad cuando el cierre, o solución, de los efectos dañinos de cada uno no han sido resueltos. Y como bien sabemos, llueve sobre mojado y se le suma el efecto pandémico del SARS- Virus COVID- 19.

En tal escenario no hay que hacer estudios científicos para saber que las alteraciones emocionales deben haber aumentado significativamente en la población, pero si alguien tuviera dudas solo tendría que mirar los números de llamadas a la línea PAS, que para marzo 2020 incrementaron un 50%, más de la mitad con llamadas de angustia y preocupaciones relacionadas a la pandemia. Las llamadas en marzo igualaron la cantidad de llamadas recibidas por causa de los sismos de enero, según informan. O sea, la gente tiene miedo y necesita ayuda.

No son iguales las expectativas de vida del boricua. No pueden serlo. Con una tasa de pobreza incrementada en un 53% desde el 2017 con el huracán María, el hambre, la pobreza, la desigualdad y la consecuente angustia de perderlo todo, de golpe o poco a poco, han causado que el pesimismo se apodere del estado de ánimo colectivo. Antes de María la pobreza estaba cifrada en un 44.3 por ciento de la población. Después de María, en un 52.3. Los planes de cada familia han sido trastocados en más de una ocasión. Algunos han decidido salir de la isla, otros quedarse ajustándose a las nuevas realidades con esperanzas de que todo mejore. Ya no es pensar en vacaciones ni viajes ni estudios. Ahora el asunto se vuelve cada vez más primario, más orgánico, más simple. Es preguntarse si habremos de estar vivos cuando termine la pandemia. Es preguntarse si siendo pobres podemos ser fuertes para buscar mejores momentos. 

El lenguaje cambia y también los calendarios. Lo bueno se ha pospuesto. Lo malo sobrecarga el presente. Desde el 2017 todo es ubicado en un “antes o después de María”. Nos decían que en 10 años recuperaríamos lo perdido. Pero no ha sido así. Con los sismos, comenzamos a hablar de “antes y después de los terremotos” pero nadie puede predecir cuánto tiempo tienen las comunidades del sur. No se sabe el futuro de la falla de Montalva ni de las placas tectónicas. Con el COVID-19 hablamos de “antes y después de la pandemia” sin certeza de su fin, que no parece estar cerca pero ya amenaza con el reviro.

Al momento, en un proceso paulatino de robo segmentado por meses en tres años, el país se enfrenta a perder vivienda, empleo, escuelas, hospitales y comunidades. ¿Qué más se le puede quitar al boricua? Pues solo le queda su integridad como persona, su valor como ser humano, su dignidad como ciudadano de esta hermosa, pero tan castigada, tierra. Eso no se negocia, no se regala, no se vende, no se claudica, no se pierde si mantenemos la suficiente salud mental para entender que la normalidad no es volver al pasado ni quedarse estancado en el presente. Tenemos que aprender a hacer algo que dábamos por sentado casi de forma mágica: a tomar control planificando sobre cómo salir de la mediocridad y de las paupérrimas condiciones de vida. 

No podemos aspirar a volver a la normalidad porque ya estábamos en una pendiente de caída negativa. No es esa la cuña que necesitamos para reconstruir este pueblo. Lo primero es reconocer lo que perdimos para establecer y aceptar dónde estamos. Entendiendo las razones por las que hemos llegado hasta aquí, tenemos que proponernos salir de la pobreza material y mental. Para salir de la pobreza material, primero tenemos que salir de la pobreza mental. Debemos construir una nueva normalidad que no es la resignación y el pesimismo del presente. Podemos cambiar la mentalidad hacia una afirmativa, atrevida, ensoñadora y próspera, centrada en los recursos internos de cada cual. Tenemos que volver a empezar.   

Podemos vivir con menos para volver a tener más. Mientras haya vida podemos reconfigurarnos como personas y sociedad. Tenemos la fuerza de sobrevivencia histórica y el cúmulo de experiencias dolorosas que nos ayudan a crecer cada vez más fuertes si entendemos que no es volver a la normalidad. Es hacer una completamente nueva.   


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