Ana Teresa Toro

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Por Ana Teresa Toro
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No habrá paraguas suficientes en La Fortaleza

“Nos mean y dicen que llueve”, (Grafiti visto en Buenos Aires).

Hacia el año 2010, el escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015), compartió en una entrevista a un diario español una frase que hoy día simboliza lo que millones de personas sienten alrededor del mundo: “Nos mean y los diarios dicen que llueve”. Contó que la tomó de un grafiti anónimo que vio en la ciudad de Buenos Aires y con el paso del tiempo la frase ha ido experimentando sus naturales mutaciones. A veces son los diarios sí, pero a veces —como ocurre en estos y otros tantos momentos en Puerto Rico— es el gobierno quien insiste en que es lluvia, cuando quienes estamos al otro lado sabemos por el hedor que es otra cosa.

Naturalmente, me refiero a la vergonzosa respuesta del gobierno de Puerto Rico a la protesta —acompañada de propuestas— organizada por la Colectiva Feminista en Construcción con motivo de la conmemoración del 25 de noviembre, Día internacional de no más violencia contra las mujeres. Fueron necesarias más de 24 horas para que algún representante del gobierno accediera a escuchar los reclamos de las portavoces del grupo. ¿Cuánta gente tiene que morir para que el gobierno le dé foro a sus reclamos?

¿Está cerrada La Fortaleza para las puertorriqueñas y puertorriqueños que tienen propuestas de acción y cambio social? ¿A quién escucha el señor gobernador? ¿Cuán fuerte hay que tocar la puerta para que se abra?

Podría llenar esta columna de palabras argumentando acerca de la falta de sensibilidad, de la cultura de desprecio al reclamo de las mujeres —otro síntoma más de la misoginia imperante en los círculos de poder—, o de la falta de compromiso del gobierno con la crisis de violencia contra la mujer, que se manifiesta en la respuesta a expresiones legítimas dentro de una democracia. Pero mejor me concentro únicamente en dos puntos, porque una se harta de ver cómo en este caso pareciera que viven con la filosofía alterada y reaccionan: a palabras claras, con oídos necios.

Por un lado, uno de los aspectos más dolorosos y preocupantes de este proceso de protesta ha sido ver la reacción de muchísimas personas en el país, ya sea en el debate diario en hogares, trabajos, oficinas y espacios públicos, así como en las redes sociales. ¿Por qué nos matan?, aún preguntan. El síntoma es claro. Nos matan porque Fulano no entiende por qué protestan las mujeres, porque Sutana quisiera que protestaran sin gritar, así calladitas, más bonitas. Nos matan porque Mengano no logra comprender por qué no existe el día del hombre, nos matan porque Perenceja le tiene prohibido a su hijo llorar. Nos matan porque hay otro que piensa que es culpa de ellas por “vestirse así”, “abrirle las piernas”, “aguantar maltrato”, “por preñarse”, “por beber demás”, “por no salir a beber con él”, “por pu…”, “por monja”…Cualquier causa resulta suficiente a la hora de justificar el que a una mujer la violen o le den una golpiza hasta matarla. Escribo esta última línea con rabia y me detengo y la reviso. La leo una y otra vez porque quiero haber exagerado, porque quiero pensar que estoy escribiendo con rabia, pero no es ese el caso ahora. Estoy escribiendo con dolor, con amargura, con la certeza de que ni en Puerto Rico ni en tantos otros países del mundo esa aseveración es falsa o exagerada. Justifican matarnos, porque sobre esa base está montado este sistema que nos mea, nos regala paraguas y nos dice que llueve.

Lo segundo es lo más lógico y lo que enferma es ver que, ni aún partiendo de los argumentos más claros, sea posible entablar una conversación abierta. En su libro “Men Explain Things To Me”, la historiadora y activista estadounidense Rebecca Solnit repasa la ruta. “Aquí en los Estados Unidos, donde se reporta una violación cada 6.2 minutos, y donde una de cada cinco mujeres será violada alguna vez en su vida, la violación y el asesinato de una mujer es tratado en los medios de comunicación como un hecho aislado”. Ocurre lo mismo con los ataques constantes a niñas, adolescentes y mujeres en la calle, en las escuelas, en el mundo laboral, en cualquier parte. “No pasé mucho trabajo buscando incidentes específicos: están ahí en todas partes, en las noticias, aunque nadie los conecte y vea que puede haber ahí un patrón”. “Sin embargo, lo hay. Existe un patrón de violencia contra la mujer que es amplio y profundo y horrífico e incesantemente ignorado”.

Solnit insiste en el tema recordándonos que este problema afecta a todo el planeta y prácticamente nunca es tratado como un asunto de derechos civiles y humanos, o como una crisis, o como un patrón claro y evidente. “La violencia no tiene raza, clase, religión, o nacionalidad, pero lo que sí tiene es género”, dice, toda vez que aclara que “aunque la mayoría de los perpetradores del abuso son hombres, no todos los hombres son violentos. La mayoría no lo son”. A eso se añade que los hombres obviamente sufren también la violencia, mayormente, a manos de otros hombres y “toda muerte violenta, todo ataque es terrible. Las mujeres también pueden participar y ser perpetradoras de violencia de género, pero los estudios más recientes demuestran que estos actos muy rara vez tienen como resultado lesiones significativas, y mucho menos la muerte. A su vez, los asesinatos de hombres a manos de sus parejas, por lo general son en defensa propia, mientras que la violencia en el hogar mayoritariamente envía a las mujeres al hospital o a la tumba”.

Hay una pandemia. Esto sí es una crisis. Esto amerita ser tratado como un estado de emergencia.

Traigo este referente estadounidense, pues además de ser una autora que admiro y releo constantemente, al gobierno local pareciera importarle siempre más las estadísticas y voces expertas ajenas que el clamor, los estudios, análisis y reclamos de los expertos locales, los mismos que trabajan a diario con las víctimas de nuestro país y hablan desde el testimonio, la experiencia y la mirada de primera mano. Al fin y al cabo, a mí me importa que escuchen de una vez, y si les satisfacen las voces ajenas, pues adelante, —es una vergüenza pero qué remedio—, pero escuchen de una buena vez. Noten que cada vez que se le enseña a un niño a soñar con un futuro profesional prometedor y a una niña a preocuparse únicamente con ser bonita y dócil, se está perpetuando la cultura que provoca esta emergencia que nos ahoga. Como este, son incontables los ejemplos de cómo se perpetúa esta cultura en el día a día. El gobernador ha comenzado por proclamarse como feminista, buen paso, le felicito. El lenguaje construye imaginarios y es tiempo de que entendamos que todos y todas estamos llamados a ser feministas y que el feminismo no es el antónimo del machismo. Ojalá esto se traduzca en acción, aunque la conducta del pasado fin de semana nos habla con más claridad que las palabras.

Es tiempo de conectar los puntos de este mapa violento y sangriento en el que se está convirtiendo nuestro país. Si no, la lluvia que nos espera no será de orín sino de sangre, y no tendrán paraguas suficientes frente a La Fortaleza para guarecerse del aguacero.


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