Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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No llores por mí, Justicia

En mi infancia reconocí una aversión familiar a las apuestas: Mi bisabuelo había muerto destazado —el tripero por fuera a tajo de gurbia— cuando intentó sacar a su hijo de una jugada de topos, “allá lejos, a la vera del camino real…” Abuela Ruperta no quería saber de curas, ni de topos, ni de galleros. Mi abuelo materno era un señor de sombrero panamá y traje de seersucker que jamás se acercó a gallera, o tugurio. Mi padre, ingeniero agrónomo, jamás sintió curiosidad por aquella rusticidad con que jamás se reconcilió.

Aún así siempre sentí curiosidad por la gallera, localizada a las afueras del pueblo, en la salida hacia San Juan. Más tarde me enteraría de que el deporte de los gallos es “deporte de caballeros”. Pero en aquellas tardes domingueras de comienzos de los años cincuenta, veía bajar al hospital del pueblo— que estaba detrás de mi casa, y ¡a las cinco de la tarde! — aquella procesión de parihuelas ensangrentadas a causa de los machetazos pendencieros ejecutados por los señores de la gallera. Empecé la cantaleta con mi padre, ¡que me llevara, que me llevara a la gallera! Cuando finalmente me llevó, quedé aturdido y nauseado, más por los gritos y el vocerío de los energúmenos rurales que apostaban que por los picotazos y la sangre salpicada por los gallos. Todo aquello me mareó. No recuerdo si devolví a la salida de la gallera.

A la larga me enteré de que sí, de que los gallos es deporte de señores. Nada menos que Don Rafael Martínez Nadal, líder anexionista de los años treinta, firmó, como presidente del Senado, la legislación que legalizaba las jugadas de gallos con una pluma de su gallo favorito, el siempre vencedor y afamado gallo Justicia. Guaynabo tiene un monumento a las jugadas de gallos y la Casa-Museo Martínez Nadal permanece cerrada y casi en el abandono. Ese municipio de Porsche Cayennes también es tierra de galleros. Cuando me mudé en 2001 a Guaynabo me encontré viviendo al lado de una crianza de gallos. Descubrí que lo gallos cantan buena parte del día, no solo al amanecer.

¿Qué hubiera dicho Nemesio Canales de esta variante canaria —las peleas de gallos se originaron en las Islas Canarias— de “Nuestro machismo”? En este ensayo Canales señalaba que nuestro contacto con la modernidad U.S.A. fue y ha sido puntal en la emancipación de la mujer puertorriqueña. Esas palabras proféticas han sido desmentidas, sin embargo, por la persistencia, en nuestra cultura urbana y rural, de la violencia contra la mujer. La sociedad moderna que Canales identificaba con U.S.A. no ha sido capaz de acabar con el acoso y la violencia atrabiliaria contra la pareja. Tampoco pudo abolir las jugadas de gallos, defendidas como parte de nuestra cultura hasta por el máximo líder anexionista durante los violentos años de la llamada Coalición.

La ley federal que hoy por hoy prohíbe las jugadas de gallos resulta antipática por hipócrita e imperial. ¿Cómo es posible que una sociedad incapaz de aprobar en el Congreso leyes sensataspara el uso de las armas de fuego —razón principal para las matanzas ejemplares de inocentes en ese país, mediante armas semi-automáticas— sea capaz de prohibir las peleas de gallos? ¿Cómo es posible que la barbarie tolerada contra sus propios ciudadanos prohíba el salvajismo y la crueldad contra los animales? El principal vendedor de armamentos del mundo, el imperio de los asesinatos políticos con “drones”, se ocupa y preocupa porque en el Barrio Mulas se enfrenten dos gallos de gran casta.

Estén tranquilos los galleros: Si el litigio de los gallos con que amenaza la coalición de todos los puertorriqueños —finalmente nos hemos puesto de acuerdo pipiolos, penepés y populares— llegase a la Corte Suprema de los Estados Unidos, los jueces conservadores que ahora la controlan seguramente declararán la prohibición de las peleas de gallos inconstitucional, argumentando que viola los derechos de los estados a determinar —según uso y costumbre— sus propios estatutos en lo que se refiere a valores morales y tradiciones. Sería un argumento parecido al que usarían para abolir Roe vs Wade y dejarle a los estados las determinaciones sobre la legalidad o ilegalidad del aborto. Y lo mismo intentarían hacer con el matrimonio gay, que si no hubiese sido por el “law of the land” impuesto imperialmente, el matrimonio entre personas del mismo género hubiese sido imposible en Puerto Rico, dada la moral y entendederas de Johnny Méndez y María Milagros Charbonier.

Sí, defendamos nuestra cultura: Celebremos este año el centenario de René Marqués, saquemos de las cajas de cartón podridas del I.C.P. los “master tapes” de las danzas de Morell Campos interpretadas por Sanromá, también la música grabada de Héctor Campo Parsi y Jack Delano, todo ese acervo de nuestro nacionalismo musical. Reeditemos la novela En Babia de José I. De Diego Padró. Logremos una sede para el Museo Sylvia Rexach, restauremos la Casa-Museo Henry Klumb, actualmente bajo la responsabilidad de la Universidad de Puerto Rico, abramos al público la Casa-Museo Rafael Martínez Nadal, nuestro gallero mayor.

Que el pueblo decida en cuanto a los gallos; yo personalmente votaría por abolir ese deporte que no es tal sino más bien ejemplo de nuestra rusticidad y machismo. En el siglo XVIII el ensayista español Gaspar Melchor de Jovellanos clamó en España por la abolición de las corridas de toros. Cataluña las prohibió recientemente. Aún así, hoy por hoy, las columnas de “Cultura” del periódico El País, supuestamente uno de los más ilustrados del orbe, finalizan con una sección dedicada a la pasión y cultura taurinas.

Mientras tanto, en lo que litigamos, es posible que Carmen Yulín convierta la pendencia de los gallos en nuestro “tea party” de 1773, el que generó la revolución americana. Quizás esta legislación “without representation” sea el detonante para encender el afán de soberanía boricua, esa que extiende pedigüeña la mano derecha y aprieta combativo, y en alto, el puño de la izquierda.

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