Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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No más resiliencia, sin recursos

A raíz del huracán María y de los huracanes políticos y económicos que han seguido al temporal, hemos escuchado repetidas veces la palabra resiliencia. Todos los días escuchamos a alguien en los medios de comunicación tratando de fomentar este proceso en las personas o resaltando la resiliencia demostrada por los puertorriqueños por décadas. Vamos al cine y no podemos escapar los anuncios de diversas compañías utilizando la resiliencia del puertorriqueño como parte de su estrategia de mercadeo. Incluso, la prensa internacional resalta nuestra capacidad de celebrar el día de Acción de Gracias en medio de este momento difícil. Sin embargo, aunque utilizamos mucho esta palabra, pienso que es poco el entendimiento que tenemos de la misma.

El estudio de la resiliencia lleva décadas. En su versión tradicional la resiliencia se conceptúa como la capacidad que tiene el individuo para manejar y sobreponerse a la adversidad. Investigaciones pioneras en esta área surgen por la identificación de personas que, a pesar de encontrarse en ambientes de alto riesgo (ej. altos niveles de violencia familiar y comunitaria), su funcionamiento parecía normal. Esto llevó a muchos a pensar que la resiliencia estaba asociada a capacidades individuales, como la inteligencia, que hacían a estas personas inmunes a los efectos de los estresores en su ambiente. Investigaciones posteriores identificaron factores que promueven la resiliencia en las personas. Estos incluían tener una relación cercana con al menos un padre, tener una relación positiva con al menos un adulto fuera del núcleo familiar y la espiritualidad.  

Esta concepción de la resiliencia es problemática por varias razones. Una de estas razones es que muchos pueden pensar que las personas resilientes son personas con una especie de superpoderes (capacidades) que los posicionan favorablemente para manejar los estresores. Esto pone la responsabilidad de manejar los estresores sólo en la persona, sin consideración a los recursos disponibles en su ambiente y la calidad de los mismos. La contraparte de este argumento estigmatiza negativamente a las personas ya que todos aquellos que no tienen la habilidad de manejar estos mismos estresores son débiles e incapaces.

Otro problema con esta visión individualista de la resiliencia es que el etiquetar a las personas como resilientes, da la impresión equivocada de que la persona no experimenta ninguna consecuencia negativa. Estudios recientes han descubierto que la resiliencia tiene un costo. Esto quiere decir que, aunque las personas pueden estar funcionando bien en un área, hay otras áreas que se ven afectadas. Por ejemplo, un estudio realizado por Luthar y colegas, reveló que niños “resilientes” que tenían un buen funcionamiento en algunas áreas del desarrollo, evidenciaban problemas de salud mental. Otros estudios acerca de; estrés y el trauma emocional evidencian problemas asociados con el impacto del estrés en el cuerpo y el cerebro (ej. hipertensión) ¿El mensaje? La resiliencia no es global y tiene un costo.

Otro aspecto ignorado por los que hablan de resiliencia es que la misma se da en el contexto de gran adversidad. Aunque es cierto que la adversidad es parte de la vida y que sobreponerse a ella puede ser adaptativo y hasta positivo, es nuestra responsabilidad analizar críticamente de donde viene la adversidad y si a nivel social y político podemos prevenirla. A través de nuestra historia los puertorriqueños nos hemos visto obligados a ser resilientes. Dos procesos masivos de colonización, recesiones económicas, experimentación con nuestra población, desastres naturales, la corrupción rampante de nuestros “líderes” políticos, políticas públicas federales que aumentan la pobreza (ej. Ley Jones y la reciente Reforma tributaria), entre otros eventos. Todos estos eventos aumentan el riesgo de nuestra población y nos obligan a ser resilientes porque no tenemos otra opción. Es hora de que entendamos que nos merecemos otra opción.

Con el pasar del tiempo, las investigaciones en esta área han generado una visión diferente de la resiliencia. Por ejemplo, Ungar y su equipo internacional de investigadores señalan que la resilencia se da cuando la persona puede acceder recursos culturalmente competentes para ayudarlo en momentos adversos. La clave aquí es que tiene que haber recursos disponibles en el ambiente de la persona y estos tiene que ser apropiados para satisfacer sus necesidades. Las implicaciones sociales y políticas de esta nueva interpretación de la resiliencia son significativas. Si queremos personas que se desarrollen saludablemente, tenemos que tener estructuras sociales fortalecidas que provean servicios de calidad a quienes más lo necesitan. Además, debemos formular políticas públicas dirigidas a reducir la desigualdad. Como sociedad tenemos la responsabilidad de proveer los recursos a nuestros ciudadanos para maximizar la posibilidad de que tengan vidas saludables y con una alta calidad de vida.

Las implicaciones que esto tiene en nuestro mundo post María son significativas. Mientras es evidente que muchos puertorriqueños han demostrado gran fortaleza individual y colectiva en medio de la adversidad, también es cierto que el estrés generado por este desastre natural es significativo y tiene consecuencias serias. Problemas de salud física y mental, suicidios, desplazamiento de familias, y violencia intrafamiliar son algunas de las secuelas del temporal. El estrés de María ha sido exacerbado por la inhabilidad del gobierno estatal y federal de proveer una respuesta certera y adecuada. La asignación inapropiada de asistencia económica, la dilatación en restablecer los servicios básicos, y la corrupción de algunos de nuestros líderes gubernamentales, han amplificado el desastre.

Por ende, basta ya de hablar de resiliencia sin recursos o con recursos insuficientes. La responsabilidad no puede ni debe estar sólo en las personas, de “hacerde tripas corazones”. Puerto Rico merece ser un país próspero, con mayor igualdad y oportunidades para todos y todas. Un país con verdadera autodeterminación y con procesos democráticos participativos de avanzada. Un país que se sienta orgulloso de la calidad de los servicios y oportunidades que le ofrece a sus ciudadanos. Sólo así hablar de resiliencia hará sentido y no será una muletilla más de un gobierno que sin querer o adrede fracasa en proveer las herramientas para que sus ciudadanos tengan una mejor calidad de vida. 

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