Alfredo Carrasquillo Ramírez

Punto de vista

Por Alfredo Carrasquillo Ramírez
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No perdamos a los abuelos

Dos canciones tienen una capacidad inmediata de movilizar los afectos al recordarme a mis abuelos: “Con los hilos de la Luna”, en voz de Liuba María Hevia y “El abuelo”, de Alberto Cortez. No soy nieto de emigrantes, pero ambas canciones tienen una fuerza inmensa para ayudarnos a conectar con esa sabiduría y esa ternura que los buenos abuelos dejan inscritas en nuestras memorias.

Mi abuelo materno se llamaba Rafael y sus nietos le apodábamos Papeyo o Papá Fello. Es imposible olvidar una larga conversación, cuando yo era apenas un niño, en el balcón de nuestro apartamento de playa en Isla Verde. Allí me relató, con lujo de detalles, su valiente decisión de desafiar a su padre y elegir ser médico. En familias como la suya, en aquel entonces, los hijos tenían la responsabilidad de suceder a sus padres hacendados en el cuidado de las tierras. Papeyo decidió, no sin consecuencias, que ese no sería su destino. Marchó a Nueva Orleáns, decidido a formarse como médico en la Universidad de Tulane. Como podía, y a escondidas, su mamá le enviaba alguna ayuda. Pero su padre, en reprimenda por su desafío, eligió no apoyarlo. Hasta de chófer del director de la Policía de Nueva Orleáns ejerció con tal de costearse sus estudios. Y hasta unos días en la cárcel pasó por no poder cumplir con sus obligaciones económicas.

No sé hoy cuánto de aquel relato era fidedigno o cuán aderezado estaba por la capacidad del abuelo para la ficción, pero lo cierto del caso es que Papeyo no solo se recibió como médico en Tulane, sino que luego completó una maestría en salud pública en la Universidad de Harvard. Anduvo por varios pueblos de la isla en el ejercicio del servicio público para el control de enfermedades en aquel Puerto Rico precario de la primera mitad de siglo veinte. Luego se asentó en Río Piedras, y en la hermosa y mítica casa de la calle Brumbaugh, en la llamada urbanización García Ubarri que no era más que una extensión del centro urbano riopedrense, no solo crió a su familia, sino que en el primer piso mantuvo su práctica clínica por décadas. Médico de pueblo, de esos verdaderos clínicos que no contaban con exámenes de laboratorio ni estudios radiológicos para hacer diagnósticos, el abuelo era un apasionado de la medicina y del servicio desprendido y generoso a sus pacientes. Pero como supo relatarlo mi hermana Magali en un hermoso texto de mi niñez, su pasión por la medicina iba acompañada de una sabrosa dispersión renacentista por otros placeres. El abuelo era ceramista, músico y fotógrafo.

En sus últimos años y cuando yo creía que empezaba a tener algún criterio para opinar, tuvimos unas discusiones sabrosas y apasionadas sobre la realidad de Puerto Rico y su porvenir. El abuelo era republicano, fundador del Partido Nuevo Progresista y un absoluto convencido de que la estadidad era el destino idóneo para la gente a la que él entregó su vida.

Mi abuelo paterno se llamaba Antonio y sus nietos le apodábamos, sin más, Abuelo. A éldebo mi temprana curiosidad y eventual pasión profesional por el psicoanálisis. De él hederé infinidad de primeras ediciones en español de clásicos del psicoanálisis, compradas por él en la mítica Casa del Libro de Madrid y anotadas y comentadas con rigor e inteligencia a lo largo de varias décadas. Abuelo no era psicoanalista. Tampoco era médico. Era el hijo varón de un barbero de Naguabo que tuvo que dejar sus estudios en octavo grado para hacerse cargo de ayudar a su mamá y a sus hermanas, cuando el abuelo Rufino decidió abandonar el hogar. Desde esa temprana edad hizo lo indecible por ganarse la vida y sostener a los suyos gracias a la industria del tabaco donde creció, trabajó arduamente y continuó sus estudios en las noches y por correspondencia, hasta hacerse maestro de escuela normal y eventualmente hacer carrera como tenedor de libros y recibir, en virtud de su experiencia, una de las primeras licencias como contador público autorizado en Puerto Rico.

Tras muchos años al servicio de importantes empresarios del mundo del tabaco, decidió crear su propia práctica como contador y desarrollarse en el negocio de la entonces artesanal práctica hipotecaria. Décadas después, era un orgullo inmenso escuchar a banqueros hipotecarios de renombre reconocerlo como uno de sus maestros.

Pero el abuelo Antonio era también un sensacional personaje renacentista. Maestro, contador y hombre de negocios fueron los roles que le permitieron ganarse la vida y hacer posible la educación de excelencia que le regaló primero a sus hermanas, y luego a sus hijos. Pero Abuelo era igualmente un lector voraz cuya biblioteca era uno de los mayores tesoros de mi infancia. Declamador y amante de la buena poesía, no había fiesta familiar en la que no le escucháramos declamar algún texto de García Lorca o Santos Chocano. Su sensibilidad nos regaló, sobre todo a los hombres de la familia, el convencimiento de que los hombres sí lloramos, sobre todo cuando algo nos conmueve y moviliza.

Ambos abuelos nos acompañaron hasta entrados sus años ochenta. Vivieron vidas plenas y fueron presencias generosas y amorosas en la vida de sus hijos y nietos. Ahora que el COVID-19 se ensaña sobre todo con la vida de los más viejos, son los abuelos de las nuevas generaciones los que están en mayor riesgo. Cuidarnos hoy es cuidarlos. Proteger esas presencias generosas en la vida de sus hijos y nietos es evitar que luego de vidas bien vividas y llenas de aprendizajes y esfuerzos tengan que terminar sus días aislados y solos en una unidad de cuidados intensivos.

Cuidémonos y cuidémoslos. No perdamos a los abuelos.

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