Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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No renuncie, gobernador

En psiquiatría hay una figura, cuyo nombre no me acaba de venir a la mente, en la que el enajenado, alzado ya en la cumbre de la irrealidad, termina por enajenar a los que le rodean.

Este hombre va a acabar con nosotros.

No se puede seguir dañando el Viejo San Juan, mortificando a los residentes, arruinando a los comerciantes, vandalizando carros, agotando a la Policía, destruyendo patrimonio, porque los que vamos a perder razón somos los demás.

Ya yo he visto un síntoma extraño: por ejemplo, los manifestantes llenan las paredes de grafitis, y al día siguiente, van las brigadas del municipio —y hasta los mismos que escribieron los mensajes durante la jornada anterior— a borrarlos y asear las paredes. Horas más tarde, se vuelven a dibujar grafitis en la misma pared, y se repite la acción de eliminarnos al despuntar el alba.

Yo les diría que ya dejen los mensajes allí hasta que esto termine. No tiene caso manchar y limpiar, manchar y limpiar… hay que evitar la psicosis colectiva a toda costa.

Podemos pasarnos un mes tranquilamente en esta batalla, y nuestra salud mental se puede resentir. Es evidente que hay que cambiar de táctica.

¿Que el gobernador se quiere quedar en La Fortaleza? Que se quede, jugando a los soldaditos. ¿Que exige que lo sigan llamando gobernador? Nadie lo contradiga: gobernador esto, gobernador lo otro. ¿Qué pregunta si alguien más ha pedido su renuncia? Nadie, señor, ya nadie pide que se vaya. ¿Qué quiere formar un nuevo gabinete? Eso es lo más fácil. Tengo un amigo que acudió en su “four-track” a la corrida del pasado miércoles. Me explicó que no usaba su motocicleta porque es muy pesada, y por eso se mueve en el todoterreno. Creo que vuelven a salir pronto, aunque nunca se convocan a través de un chat, ni hablan claramente respecto a la hora, el punto de partida, o la ruta que van a seguir. (En eso son más listos que el gobernador y sus amigos de Telegram). Pues el caso es que este amigo está dispuesto a reclutar a tres o cuatro voluntarios, de entre los hombres del Rey Charlie, que finjan ser candidatos a puestos de confianza y acudan a las entrevistas en el Jardín Hundido.

Claro que alguien tendrá que hacerle una agenda diaria como se le haría a cualquier gobernador en funciones. Por las mañanas, llega el ayuda de cámara que descorre las cortinas, abre las ventanas, y le avisa a Rosselló que es hora de levantarse porque tendrá un día movidito. La agenda es cosa de imaginación, y hasta yo misma la puedo preparar: inauguración de escuela charter, primera piedra de un resort en Caja de Muertos, ampliación de las dependencias del Capitolio para hacer otra sala de meditación.

Y es que mención aparte merecen los líderes legislativos. Huidos en plena crisis. Apocados. Vacilantes. Claro, la Legislatura es un cero a la izquierda dentro del nuevo orden gubernamental. ¿Quién dijo que la Junta Fiscal no podía seguir trabajando sin el representante del gobierno, que nisiquiera tenía ni voto? Ahí están negociando y en comunicación frecuente con la jueza Laura Taylor Swain, el Departamento de Estado federal y el Tesoro. El país sigue su rumbo, de cara a los ajustes presupuestarios y los acuerdos con los acreedores. El gobierno federal, en especial la Casa Blanca, dejó claro que no puede trabajar con el gobernador, pero esa circunstancia de que él no quiera abandonar, no parece preocuparles mucho.

Está montada ya otra estructura para seguir negociando lo que es fundamental. Si el gobernador se va, se queda, se pone a jugar con ejércitos en miniatura, o tira avioncitos de papel hacia el convento de las monjas que está al lado de La Fortaleza, en Washington ni les va ni les viene.

El tribunal de quiebras es imbatible, y mientras el gobernador se aferra y obsesiona, la Junta de Control Fiscal no se distrae. Sus miembros actuales, o los que nombren más tarde durante este año, saben que tendrán que asumir nuevas responsabilidades en cuanto al cuido y buen manejo de las enormes transferencias de fondos que llegarán desde Washington. De eso se trata la reconstrucción de Puerto Rico. No de que el gobernador —que ya no es nada, no es nadie, no es quien—, tarde unos días más, unos días menos en entrar en razón, sino en el reacomodo administrativo; la fundación de un sistema distinto, de controles estrictos, inéditos, que le arrebatan —sí, le arrebatan— toda decisión sobre los gastos importantes a los funcionarios electos. Esa es la realidad.

En cuanto al gobernador, si quiere quedarse, que se quede. Apenas molesta ahí encerrado; no debe comer mucho, no gasta agua en afeitarse, y no hará fiestas memorables porque, ¿quién va a ir a La Fortaleza a celebrar el qué? No puede hacer fundraisers, ni maquinar contratos, y mucho menos recibir amigos. Solo Llerandi permanece al pie del cañón. Con los ojos aguados, eso sí. Me parte el alma este Llerandi.

Yo termino aquí con Rosselló. Que no renuncie. Y que me corten la mano si vuelvo a escribir una palabra sobre el desvarío del atrincherado.

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