Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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No somos Macondo

Hace más de cuatro años, Puerto Rico tuvo uno de esos eventos, ahora cada vez más frecuentes, en que la “dignidad” agobiada y agujereada de algunos provocó uno de esos chubascos de retóricas embadurnadas en “indignación.” El entonces Secretario de Justicia mostró su furia contenida y el Juez Presidente del Tribunal Supremo convocó una reunión de emergencia. La razón para el sulfuro fueron críticas del director del Negociado Federal de Investigaciones (FBI) en San Juan al sistema judicial de la isla.

Este sistema impuso una condena de medio siglo a uno convicto por violación, pero cinco años bastaron para su regreso a la libre comunidad. Nada inusual: un simple borrón del cero a un 50. El agraciado entonces asesinó a un policía. La misma judicatura sentenció a 12 años al responsable por una de esas masacres en un lugar que llevaba la mala suerte en el nombre: La Tómbola. Nada inusual: 12 meses por cada muerto. Cumplió seis años.

Como nota de amargura y de mucha verdad, el agente contrastó lo anterior con la sentencia del victimario de la yegua “Milagritos”, quien fuera condenado a 12 años de cárcel. Fue entonces que concluyó con aquello de que Puerto Rico parecía Macondo. El Secretario de Justicia negó enfáticamente que lo fuéramos.

Cuatro años mas tarde, el Congreso federal prohíbe las peleas de gallos y de inmediato el nacionalismo marrano de las figuras coloniales inunda todo resquicio por donde pululan noticias. Tales figuras aúllan a los cuatro vientos e imaginan el apocalipsis galopando en gallos espectrales si los vivos son lanzados al clandestinaje. El gobernador sale en estampida hacia Washington y hasta habla de alguna reunión especial para defender la cultura gallística. La oyente en el Congreso asegura que la anexión es la respuesta. El desconcierto va más allá del gobernador y la oyente oficial del territorio colonial. Un torrente de distinguidas voces critican la acción congresional, vista como un insulto de tal magnitud que quizás requiere una “confrontación” pacífica, por supuesto, y en nada parecida al destajo de los gallos reales.

No hace un mes que el país vio otra protesta, sobre algo que es previo y arraiga a todo orden político. Me expreso de manera inadecuada: es el fundamento de lo que define no solo a un ordenamiento político sino a lo humano mismo: el respeto a la vida. Me sigo expresando mal: hablo de la vida de las mujeres cuya humanidad ha sido tema escabroso y principio extraño dentro de la misoginia, seña negada y afirmada en la cultura occidental.

Esta vez no hubo estampida ni siquiera para atender a las manifestantes y mucho menos a buscar ayuda federal. No se podía, corrijo, no se debía, según el gobernador, declarar una emergencia nacional, la única demanda de las mujeres que unieron voces valientes y desgarradas contra el feminicidio que, desde hace décadas, cunde en campos, barriadas, ciudades, entre ricos y pobres.

No somos Macondo.

Una yegua tiene más valor que una vida humana, declaró el agente federal en el 2014. Las galleras valen, las mujeres… la lectora o lector puede suplir las equivalencias… o sus carencias, ¿o la mujer con menos valor que la gallera?"

A esa brújula moral tan trastocada se traba la humillación de un país con una elite política que no ha tenido un solo plan propio desde mediados de los años 1940 y que, desde finales de los años 1970s, ha sido un espejismo de gobierno, un aguaje, un jugar a la administración “autonómica.” Desde ese entonces, la bicefalia ha sido un mero distribuidor de fondos federales y una agencia para emitir deuda, para después, con dinero ajeno, hablar de “obra de gobierno.” Hasta que tal “obra” y su gobierno fueron llamadas a capítulo por el Congreso quien les envió a Carrión y a una dama con un apellido empapado en evocaciones medievales: Matosanto.

No somos Macondo.

Ahora, cuando el gobierno local es una subdivisión de la Agencia Federal de Manejo de Emergencia (FEMA) y hay 82,000 millones de fondos post-María a la vista, la elite se dispone a extender el espejismo hasta que, varias convicciones federales después, los fondos se esfumen y regresemos al status quo ante, a la rueda en su fango.

Necesitamos un nuevo pueblo. No somos Macondo.

Postdata: La prohibición de las peleas de gallos, con el objetivo de detener la crueldad contra animales, es signo inequívoco de que el Congreso pronto también eliminará el fútbol, esta vez para evitar el maltrato de seres humanos. Después de todo, en Estados Unidos el esfuerzo para proteger animales ocurrió mucho antes que las organizaciones para proteger a la niñez.

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