Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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¡Nos salvamos!

A mí que me regalen Navidad. Necesito la Navidad. No solo la fiesta y la algarabía que es lo que viene por añadidura y también las necesito. Lo que necesito es el renacimiento de la luz.

Lo que se supone celebremos en esta época no es otra cosa que el solsticio de invierno. Ese momento en que el sol se coloca a mayor distancia de la tierra para los que vivimos en el Hemisferio Norte. Ese microsegundo en el que el sol se detiene lo más lejos posible para comenzar a acercarse nuevamente. Entonces, lo que se celebra es que lo hace. Que regresa. Para ponerlo en términos poéticos, es el momento en que el sol triunfa sobre las tinieblas.

Lo del nacimiento de Jesús, la llegada de un viejo en trineo y esas otras cosas vinieron después. En principio lo que celebramos es el regreso de la luz. Celebramos la mejor metáfora de la esperanza. Porque sí, lo que nos hace humanos es precisamente esta capacidad para ser poetas.

Los que primero se percataron del regalo astrológico comenzaron a celebrarlo de la mejor manera: reuniéndose al calor del hogar —léase literalmente fogata— para conmemorar juntos que la noche más larga terminaba.

En la oscuridad anímica que nos arropa a todos es bien difícil disponernos a celebrar la luz. No la vemos. No la creemos. Para colmo, seguimos dándonos palos a ciegas entre nosotros mismos.

En los pasados días he visto cómo muchos se rinden a su manera: anuncian que se alejan de las redes sociales porque no pueden más con el cinismo, la burla y el escarnio que se han convertido en deporte en el intercambio en ese medio que es el más grande en esta era. La competencia de intolerancia que llegó a su cenit con la campaña eleccionaria amenaza con hacerse permanente.

Los Grinch, por supuesto, están de plácemes. Se frotan las manos y se relamen cada vez que escavan en el hoyo negro.

¿Entonces? Entonces hay que sacar la poeta a pasear. Hay que permitir la entrada al espíritu que hemos llamado navideño y que no es otra cosa que el ánimo de reconocernos como grupo que puede seguir adelante. O sea, que nos invada el principio generador de la solidaridad.

Eso es lo que hacemos cuando nos reunimos a abrazarnos en lugar de empujarnos. Cuando optamos por buscar la familia y los amigos para juntarnos en lugar de encerrarnos solos a llorar.

No hay que tener mucho. Recuerdo hoy el cuento que me hizo Yoryie Paz, Siempre sobre la solidaridad en tiempos de crisis según Nydia Caro:

“Llegará el momento en que le toco a mi vecina y le digo: -Yo tengo tres papas, ¿qué tú tienes? –Y la vecina me dice que tiene un par de yautías, que llamemos al otro vecino. –Tenemos papas y yautía, ¿que tú tienes? –Y si el vecino tiene bacalao nos salvamos.”

Yoryie —que por cierto es el director del Instituto de Cultura Puertorriqueña—, acababa de conocer a Nydia y quedó impresionado con la sencillez de esa lección.

“La precariedad como una razón para que nos conozcamos mejor, como una vía a la solidaridad”.

Propongo versión navideña de esa lección.

“Llamo a mi amiga y le digo: -Tengo para el arroz con gandules. ¿Qué tu tienes? –Y la amiga me dice que tiene unas yuntas de pasteles que le regalaron. Que llamemos otra amiga a ver qué tiene. –Tengo un pernilito en el congelador y el mejor adobo lo hace el vecino. Y el vecino en ese momento estaba haciendo coquito. ¡Nos salvamos!”.

Creo que mejor no se puede resumir. Si optamos por abrirle la puerta a la Navidad, ¡nos salvamos!

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