Ana Teresa Toro

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Por Ana Teresa Toro
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No volvamos a ser gente

La referencia hace mucho es un lugar común. Pero huracán tras huracán, volvemos a repetirnos lo mismo. Insistimos en que en medio del apagón, lejos del confort de la vida moderna, es como único es posible que “volvamos a ser gente”. Entonces debemos estar agradecidos porque podemos ver las estrellas, porque hemos vuelto a jugar juegos de mesa y a dialogar con los vecinos y porque la falta de contacto virtual con el mundo exterior nos obliga a la reflexión y al contacto humano.

En principio la referencia al cuento de José Luis González, “La noche que volvimos a ser gente”, que tiene como escenario el gran apagón que ocurrió en la ciudad de Nueva York el 13 de julio de 1977, podría sonar optimista, amable y hasta inspiradora. Esa idea, “ser gente”, se nos presenta como una alternativa ante las incomodidades del presente. “Vamos a mirar el lado positivo”, decimos como queriéndonos convencer.

Pero después de más de 50 días sin electricidad y agua potable tras el paso del huracán María, y más de 60 para algunos desde el huracán Irma, es tiempo de que cuanto menos, echemos a un lado la conformidad y el esfuerzo que hacemos en procurar racionalizar un estado de situación que no tiene nada de razonable.

La colonia no está en Washington D.C., ni en el rostro de nuestra clase política, está en el interior de nuestras mentes y nuestros espíritus golpeados y menguados por más de cien años de habitar la infancia de nuestro ser político.

Hablo con colegas de Argentina, México, Brasil, Francia, España y Colombia y todos coinciden en que si algo así pasara en sus países la gente llevaría semanas en la calle, sin dar tregua al gobierno. Y aquí decimos “Ay, bendito, hacen lo que pueden” y nos consolamos con la idea de que “hemos vuelto a ser gente”. Sería más conveniente que no quisiéramos volver únicamente a ser gente y reclamáramos con mayor presión el mínimo de dignidad que puede tener un país en el siglo XXI: agua y luz. Gente ya somos, seamos ciudadanos.

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