Jon Borschow

Punto de vista

Por Jon Borschow
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Nuestra esencia mágica

En el 1951, yo nací en el Hospital Monteflores, ubicado en el barrio epónimo en Santurce. La instalación contaba con una sala de partos con aire, donde, según la teoría de mi papá ingeniero, el frío suprimía las moscas y las bacterias. Don Sidney había sido enviado a Puerto Rico en el 1948 para instalar y mantener los equipos radiográficos que se necesitaban para combatir la tuberculosis endémica que arropaba la isla – el jibarito del Lamento Borincano solía morir a una edad promedio de 46 años.

Mis padres, que se enamoraron de la isla y nunca la dejaron, alquilaban un pequeño apartamento en la calle Loíza justo frente a donde se estaba construyendo el enorme residencial Luis Lloréns Torres. Buscando un lugar menos alborotoso, nos mudamos a un pequeño redondel de casitas en Floral Park, a unas cuadras de donde la calle José Martí se convertía en callejón de arena y atravesaba un barrio humilde - una de las entradas al arrabal extendido que se ramificaba hacia el Caño de Martín Peña.

Entre las primeras memorias de mi niñez, recuerdo el “nursery” de Doña Sefe, en la Calle Padre Rufo, donde bailé con una niñita al son de “A la Canasta del Chile Verde”. El patio trasero de nuestra casita era un paraíso mágico apto para aventuras y exploración. Pasaba horas tirado entre los yerbajos para observar de cerca las hormigas y los saltamontes, el abrupto cierre del moriviví provocado por mi dedito y el rítmico despliegue de la gaita anaranjada del lagartijo macho, enamorando a una hembra adyacente. Un poco antes de mi quinto cumpleaños, el huracán Santa Clara llegó con sus espantosos vientos, y quedó grabado en mi memoria.

Ese patio alimentaba mi imaginación y mi barriga – vivía mi vida trepado en el palo de mangó. Había limones, chinas, toronjas, papayas, ajíes, almendras, acerolas y guayabas. Por debajo de una verja de alambre de púas yacía el inmenso patio de una gran casa donde crecían tentaciones exóticas como caimitos, tamarindos, mameyes y las mejores chinas mandarinas en el universo. Trepado en ese mandarino un día los perros de la mansión me rodearon hasta que el guardián me rescató, después de una advertencia.

Mi papá trabajaba con las máquinas de rayos-x en un garaje residencial, en la calle Matienzo Cintrón. En un segundo garaje, Doña Mayo vendía dulces a dos por chavo y tenía una gran maravilla tecnológica, una máquina de “flipper”, a vellón cada jugada. Al lado, en el patio de Tommy Muñiz, había un algarrobo cuyas vainas contenían unas pepitas con las que hacíamos “gallitos” de pelea.

Vivíamos todos juntos. Los que tenían chavos y los que no, los intelectuales con los que no tenían educación formal. Jugaba pelota en el barrio humilde y como no tenía guante me lo prestaban. En bicicleta llegábamos hasta la Calle Mayagüez a otra mansión rodeada por una jungla que nos imaginábamos poblada de serpientes y arena movediza.

En la guagua escolar, despuésde siete vueltas por las urbanizaciones de Hato Rey, llegaba en mi uniforme de dos tonos de azul al Liceo Puertorriqueño. Allí la distinguida educadora, Doña María del Pilar Acosta viuda de Legrand, nos inculcaba disciplina, pero más que nada, nos educaba con su ejemplo de rectitud y respeto. Aprendí a tocar las danzas de Rafael Alers y Juan Morell Campos, así como la música de Rafael Hernández, y tuve mis primeras e inocentes experiencias románticas en las noches perfumadas.

Hoy, el hospital donde nací es un solar baldío. La gran mansión vecina es un edificio de oficinas. Mi jungla imaginaria es sede del Centro Judicial y mi escuela el estacionamiento de un condominio. Las jovencitas de mis primeros romances se han transformado en abuelitas. Pero la esencia de aquel Puerto Rico, la cultura, ese perfume de gardenia que absorbían mis poros vive aún en mí y en todos nosotros los puertorriqueños. Nuestra esencia evoluciona con las generaciones. Sin embargo, no se pierde. Se actualiza, pero permanece mágica y auténtica. Esa esencia es la que el mundo está llegando a conocer.

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