Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Nuestro merecido

La lección más importante que aprendí de mi padre fue a valerme por mi propio esfuerzo y a no esperar nada de nadie para tener lo necesario para vivir o para cumplir con mis deberes y mis responsabilidades. Mi padre trabajó por 54 años como camionero, seis días a la semana, sin vacaciones, primero como empleado y luego como su propio jefe, hasta ya entrado en los 70 y tantos años. 

Nunca lo vi quejarse del trabajo. Jamás lo vi pidiendo, ni esperando ayuda, incluso en los momentos complicados, que, como en la vida de todo trabajador, nunca faltan. Esas son lecciones que me han acompañado y he tratado de aplicar toda la vida. 

Creo, además, que la autosuficiencia es una filosofía que Puerto Rico debería haber asumido de manera colectiva, en vez de estar dependiendo de otros. Y esto aplica a cualquier idea de status, incluso al anexionismo, porque, contrario a lo que mayormente creen los estadistas, los territorios no se hacen estado para depender, sino para aportar a la unión.

Llega entonces el huracán María. Llega destruyendo a Puerto Rico. Llega dejando a miles a la intemperie, incomunicados, hambrientos, enfermos y sedientos. Llega derribando casas, inundando comunidades, tumbando postes y puentes. Llega arrasando con nuestras tierras, siembras, campos. Llega golpeando a Puerto Rico en el corazón, llenándonos de estupor, dolor y  furia. 

Llega obligándonos a depender para poder seguir adelante. Toca, pues, en este momento, una lección de humildad a los que no nos gusta depender. 

Los desastres naturales abruman a los pueblos. No hay uno que pueda afrontar solo una catástrofe así. 

Japón, que tiene la tercera economía más potente del mundo, recibió asistencia de 91 países y del Banco Mundial,   entre muchas otras organizaciones, tras el terremoto del 2011. La ayuda incluyó decenas de equipos de búsqueda y rescate de Estados Unidos, del Reino Unido y de Corea del Sur y equipos técnicos de Alemania.

Estados Unidos recibió ofertas de cerca de $854 millones en ayuda extranjera tras el paso del huracán Katrina por Louisiana en el 2005. Solo aceptó $40 millones, bombas de agua de Alemania y expertos en diques de Holanda. 

Y esto por no hablar de países pobres, como Haití, México, Bangladesh, Indonesia, muchos otros, a los que la comunidad internacional siempre ha respondido. Los puertorriqueños, dicho sea de paso, somos expertos poniendo nuestros modestos recursos a disposición de otros, sobre todo de nuestros hermanos del Caribe.

Hoy habríamos estado con Dominica, bendito, destrozada por María, sino fuera porque a nosotros nos dio igual de duro. 

Ahora que nos toca recibir, hemos recibido primero que nada un balde de agua fría. 

Hoy se cumplen doce días del paso de María, pero el país sigue en modo de crisis. Continúa casi la totalidad del país a oscuras, la mayoría no tiene acceso a agua potable, los servicios telefónicos están todavía lejos de funcionar a niveles óptimos y escasean, por problemas de distribución,  la gasolina, el hielo y los víveres. Se ha avanzado en el suministro de diésel a los hospitales, pero todavía persisten grandes dificultades en ese sector. 

 Estados Unidos está aquí participando de la respuesta al desastre desde el primer día, pero todo el mundo sabe, incluso los que han optado por la diplomacia, que la respuesta ha sido lenta, inadecuada e insuficiente.

 Eso ha sido reconocido, entre muchos otros, por directivos de FEMA y del Pentágono.

El gobernador Ricardo Rosselló está entre los que ha optado por la diplomacia, pero el miércoles, a una semana del desastre, dijo al diario estadounidense The New York Times que aunque está complacido con la “consideración” que el presidente Donald Trump ha dado a Puerto Rico, “todavía necesitamos más y el presidente entiende eso y su equipo entiende eso”. Si ese “más” llegó, en la calle, donde el panorama no ha cambiado gran cosa desde el 21 de septiembre y lo que ha cambiado ha sido por el esfuerzo de los propios puertorriqueños, no se ve. 

Con Estados Unidos, hay algo que a nadie se le puede olvidar: su asistencia no es una labor humanitaria.  Es su obligación. Puerto Rico es colonia de Estados Unidos desde que lo tomó militarmente en 1898. Esto no tiene que ver siquiera con que los boricuas seamos ciudadanos estadounidenses. 

Aunque no lo fuéramos, Puerto Rico es un territorio ocupado por Estados Unidos, sujeto a los poderes plenarios del Congreso, no facultado para relacionarse con ninguna otra nación si entendiera que en esa otra hay la posibilidad de una mejor respuesta a esta catástrofe. 

Estados Unidos no nos está regalando nada en esto. Está cumpliendo su obligación y desde la luna se ve que su respuesta, por razones que no sabemos, pero podemos imaginar, fue fría, lenta y distante, como si las personas a cargo desconocieran que responder aquí era su obligación tanto como en Texas o Florida.

Todo Puerto Rico, a la vez que lucha con el horror, está tratando de volver a levantar al país. Organizaciones no gubernamentales, humanitarias, artistas, deportistas, todo el mundo está metiendo mano. Los gobiernos estatal y municipales, con aciertos y desaciertos que en su momento serán examinados, que no es momento ahora para eso, están día y noche en la calle desde antes del huracán.

 Quien único merece reproche en estos momentos es Estados Unidos.

No merecíamos los comentarios de Donald Trump, quien aprovechó tan desgraciado momento para recordarnos nuestra pesada piedra de la deuda y cuestionó cuánto costará la reconstrucción, diciendo que los boricuas “quieren que se haga todo por ellos”. 

Lo que nos merecemos es que Estados Unidos cumpla con su responsabilidad ya sin más excusas. 

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