José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Nuestros corsarios modernos

Acudes a un taller de mecánica para reparar algún enser eléctrico. Llegas vadeando el camino y, a duras penas lo encuentras, pues está casi escondido y sin rotular. Pero has ido pues te lo han recomendado como que allí brindan buen servicio y sobre todo muy barato. En efecto, al recogerlo más tarde notas que han hecho un buen trabajo. Sin embargo, te indican que sólo aceptan pagos en efectivo y no dan recibo.

Al salir, ya de vuelta, te percatas que has penetrado el terreno de nuestra economía informal. En la bruma de la tarde, te acecha el recuerdo de nuestra historia de siglos pasados. Entonces otra economía informal, a base de trueque, también sin papeles, regía nuestro comercio. Viene a la memoria, aquellos informes de visitadores, como el Mariscal Alexandro O’Reilly, detallando en largos folios artículos contrabandeados por todos los sectores de la sociedad, desde gobernadores hasta campesinos. Hasta aquel famoso corsario, Miguel Enríquez, quien perseguía a piratas, también cayó en las garras del contrabando.

Fue el producto de una errada política imperial, que con el nombre de “exclusivismo mercantil”, prohibía la entrada de todo cargamento que no proviniese en barcos de matrícula española. Algo no muy distinto a nuestras actuales leyes de cabotaje, promulgadas justamente tras el cambio de soberanía. Pero antes, a diferencia de hoy, todo cambió cuando la metrópoli española, asediada por las luchas en América, nos abrió las puertas al comercio libre y flexibilizó los impuestos con aquella Cédula de Gracias.

Buscas, al llegar a la casa, estadística confiable que indique cuál es el cuadro de esa economía informal hoy día. Adviertes que muchos de los datos publicados son estimados no muy recientes. Por ejemplo, un informe preparado por Estudios Técnicos para al Departamento del Trabajo y Recursos Humanos, hace casi una década, cifra entre 581 a 710 millones el monto de esa actividad; más de una cuarta parte del Producto Bruto. Otros estudios ponen la cifra en 14 billones.

Estudios más recientes, como el de la profesora María Enchautegui, “Por debajo de la mesa: Una mirada a los trabajadores informales de Puerto Rico”, abunda sobre el perfil del sector. Además de la estadística, analiza las causas que han dado pie a esa economía. Sobresale aquí el “entramado de leyes, reglamentos y procesos que tienen que seguir y acatar los empresarios” que los hacen decidir operar al margen de la ley. Nadie duda que para un establecimiento permisos como el de bomberos sean necesarios, pero por qué no hacerlos más expeditos. Cualquier comerciante puede dar fe de ese viacrucis en el cual se convierte la “permisología”. Como muestra, basta el caso reciente de los “food trucks” de Carolina. Esos pequeños negocios quizá fueron alternativa de emprendimiento para quienes no poseían grandes capitales. No obstante, al aumentar su clientela comenzó a mermar la de los grandes restaurantes. Y como siempre, la soga partió por la más fino.El municipio les tiró encima ese “entramado” de reglamentos. Podemos imaginar seguirá aumentado así nuestra economía informal.

Si bien la economía de siglos atrás era muy distinta a la moderna, vemos como mejoró entonces al flexibilizar las políticas fiscales. Como concluye la profesora Enchautegui en su estudio: “una política alterna efectiva puede ser atraer a esos trabajadores a la formalidad recalcando los beneficios que la formalidad puede traer a largo plazo”.

Quizá entonces aquel mecánico a quien antes acudíamos, ahora nos dará un recibo y haya dejado de ser ya otro corsario moderno.

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