Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Nuestros vecindarios

A la memoria de María Luisa Amaral, mi vecina

La vecindad —la proximidad de las casas (o apartamentos) donde vivimos— establece lazos particulares. Ni tan estrechos como los de la sangre, ni tan libres como los de la amistad, los lazos de vecindad dependen de un espacio compartido por azar. Vivir cerca de alguien durante años —o décadas— propicia una familiaridad cuya cotidianeidad no compartimos con parientes o amigos. Con los vecinos nos encontramos a diario, contemplamos el mismo panorama y experimentamos idénticas ventajas colectivas, sufriendo -además- los mismos problemas. Tal proximidad genera, a menudo, el afecto.

Después de la familia, el vecindario es la unidad social fundamental. De sus condiciones -más o menos estables, agradables, o seguras- puede depender nuestra propia estabilidad, seguridad y satisfacción cotidianas. El vecindario provee compañía, solidaridad, socorro en las necesidades (lo vivimos tras el paso de María). También, desde luego, podría proyectar rechazo, incomodidad o envidia. Por su misma naturaleza fomenta, en todo caso, la acción común: el cuidado por el entorno y la seguridad. Cualquier amenaza a un vecino pone de relieve nuestra propia vulnerabilidad. La defensa de uno implica la defensa de todos. Es un terreno de ensayo de las costumbres colaborativas.

Enclavados los actuales en espacios concretos, los vecindarios del pasado lo están en la memoria. Nuestro asomo a la vida, los primeros recuerdos de nuestra infancia están asociados a la familia que nos nutrió, la casa que habitamos y el vecindario donde aprendimos inicialmente las formas de la sociabilidad. Aquel vecindario originario se convirtió, quizás inconscientemente, en el modelo de convivencia urbana que interiorizamos. Allí nos asomamos por vez primera al mundo “exterior”; hicimos los primeros amigos con los que tuvimos, seguramente, las primeras desavenencias. Aprendimos asimismo lo que era (o no) socialmente aceptable a la comunidad que nos rodeaba, moldeando así nuestras iniciales aspiraciones de futuro. En el mejor de los casos, aprendimos también cuán fuertes resultan los lazos de solidaridad que genera la proximidad.

La condición de vecino siempre fue importante en Puerto Rico; aún lo es en muchos lugares. No pocos vecindarios celebran juntos las fiestas y lloran juntos las penas. Cada vez más, sin embargo, vivimos puertas adentro en aras de las necesidades de ocio y comodidad que hemos creado. Los niños y jóvenes, en especial, han dejado de jugar afuera, sin planes ni citas expresas. No saben lo que es hacer amigos sin necesidad de presentaciones, ni aprenden las destrezas que marcan los hitos de la infancia: correr patines, correr bicicleta según el método más antiguo, caerse y levantarse. Habitantes ahora de un mundo virtual que gana en comunicación a distancia lo que pierde en comunicaciones presenciales, se trata de la primera generación puertorriqueña que se cría aislada, en mundos alejados de la realidad social como la hemos conocido.

Los vecindarios cambian: se renuevan o decaen. El nuestro no es el mismo al que llegamos con tres niños pequeños un lejano día de los años setenta; tampoco es aquel de donde - años después- salieron a vivir sus vidas cinco jóvenes anhelantes de futuro. Por eso me aflijo cada mañana al abrir mis ventanas y pensar en el vacío que dejó, en la casa del frente, la muerte de una mujer ejemplar que cuidó con esmero no solo de esa casa sino del vecindario entero. Pero me alegro cuando veo crecer a niños ajenos que he visto nacer y acojo a los nuevos vecinos que se afincan a nuestro lado. La vida sigue; con ella seguirá el vecindario -el nuestro y muchos otros- ofreciendo espacios de solidaridad a un país al que tanta falta le hacen.

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