Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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Nuestro temperamento

Arturo Sandoval es el trompetista que más yo admiro. Desde que llegó a los Estados Unidos procedente de Cuba a principios de los noventa, plantó bandera con su instrumento, y en muy poco tiempo se convirtió en uno de los primerísimos trompetistas del jazz. Se batió en duelos espectaculares con trompetistas de la talla de Wynton Marsalis, Randy Brecker, James Morrison, Jon Faddis, entre muchos otros, y siempre salió airoso de la prueba, porque supo imponer su técnica depurada, su fuerza interpretativa y su versatilidad.

Una noche acudió con su trompeta a un club nocturno de Nueva York, donde Tito Puente tocaba con su “Big Band”. En el momento cumbre de la fiesta, el “Rey del timbal” le pidió a Sandoval que subiera a la tarima. Allí lo esperaba David “Piro” Rodríguez, de Toa Baja, Puerto Rico, y primera trompeta de la orquesta. Arturo Sandoval se le rio en la cara, como si con la burla quisiera decir: “Así que el duelo de esta noche es con este muchachito”. Porque en honor a la verdad, para ese tiempo, “Piro” era un flaco de bigotito y espejuelos que más parecía un estudiante de “high school” que un músico hecho y derecho. La orquesta arrancó con “castellano, que bueno baila usted”, y por ahí empezó a inspirar “Piro” Rodríguez, tranquilito y sin mucho alarde. El cubano comenzó a agitarlo: “¡Echa, echa pa’ lante!, ¿qué pasa?, no me digas que eso es to’ lo que tú tienes.” El toabajeño se picó y aceptó el reto.

Lo que vino luego es algo que no se puede describir con palabras. Nunca en mi vida he visto al gran Arturo Sandoval pasar el Niágara en bicicleta frente a ningún otro trompetista. La primera trompeta de Irakere se vio con el agua al cuello, y tuvo que echar el resto para conformarse con un controvertible empate en este desafío improvisado. Al final de la contienda, “Piro” le despeinó la cabeza al trompetista sofocado en un gesto de amistad. Como para tranquilizar al cubano. Como para disculparse con él, por el mal rato que le había hecho pasar.

De esa noche excepcional nadie se acuerda. Esa noche de excelencia musical ha quedado en el olvido. La magia de aquel momento se desvaneció. Después de ese mano a mano, Sandoval se convirtió en el SANDOVAL que todos conocemos y admiramos. En cambio, David “Piro” Rodríguez continuó siendo David “Piro” Rodríguez.

Son muchos los que me han dicho que Eddie López es el mejor cuatrista de Puerto Rico. Mejor que “Prodigio”, Edwin Colón Zayas y Christian Nieves. Lo vi por primera vez hace años en un fiestón el Día de Reyes en el barrio Cedro Abajo de Naranjito. Lo recuerdo bajito y gordito, de sonrisa amable. Tenía un bigote ralo, casi transparente, y el pelo abundante le cubría parte de la frente. Me llamó la atención la rapidez y la limpieza de su ejecución. A veces conversaba con el que tenía al lado mientras tocaba, y lo hacía ¡sin fallar una nota! Cuando se cansaba del cuatro, agarraba la guitarra, y la tocaba con similar destreza.

Edgardo Rivera, cuatrista y maestro boricua, me contó que Eddie López viajó a México con el grupo folklórico Areito para hacer varias presentaciones en ese país. Al mariachi que alternaba con los nuestros le faltaba el músico que tocaba el guitarrón mexicano, un instrumento que cumple la misma función del contrabajo. Aunque tiene seis cuerdas, su afinación es distinta a la guitarra. Se toca pisando dos cuerdas a la vez, para dar más fuerza y volumen al sonido. De este modo resulta tener una sola octava. La afinación común es La Re Sol Do Mi La.

Eddie nunca había tenido un guitarrón mexicano en sus manos. Pidió el instrumento, lo examinó, hizo unas cuantas preguntas a los músicos aztecas, ensayó varios acordes, y tocó el guitarrón con soltura y aplomo durante toda la presentación del mariachi.

¿Qué sabemos de este talentoso artista? Muy poco o nada. Me dicen que sigue tocando en jolgorios familiares, en bares, en lechoneras, y en una que otra actividad cultural dedicada a la trova campesina.

Cuando Juan Luis Guerra comenzó a sonar en la radio puertorriqueña con “Ojalá que llueva café”, muchos lo confundieron con El Topo. Y es que ambos cantantes tienen un timbre de voz muy parecido, y un “lloraíto” que agrada al oído. Como compositor, el nuestro no tiene nada que envidiarle al merenguero dominicano. Sin embargo, el autor de “Verde luz” es prácticamente un desconocido fuera de nuestras playas, mientras que Guerra goza de una inmensa fama internacional.

“El talento es cosa de suerte. Yo creo que lo más importante en la vida es tener babilla”, ha dicho Woody Allen. Pienso que esas palabras podrían explicar lo que ha ocurrido con las carreras artísticas de las tres figuras que acabo de mencionar. También describen nuestro temperamento.

Creo que no nos sentimos capaces de conseguir grandes cosas, porque tenemos una autoestima baja. Nos conformamos con poco. Nos asustan los retos y los cambios. Prometemos algo y no lo cumplimos. Comenzamos algo y no lo concluimos. Somos irresponsables con el dinero. Por eso dependemos de las ayudas que nos quieran brindar nuestros amos del Norte. Si la ayuda no llega o no es suficiente, brincamos el charco.

Esa terrible posibilidad nos amenaza a todos. Nadie sabe cuándo le tocará abandonar la isla. Una vez estemos allá, nos disolveremos en la turbulenta palangana americana. Es lo que ha pasado con los inmigrantes italianos, rusos, franceses, alemanes, chinos, libaneses, australianos, griegos, irlandeses… Seremos parte de la diáspora.

Diáspora quiere decir: dispersión. Algo muy triste, por no decir trágico, pues todo lo que se dispersa, todo lo que se esparce, culmina “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

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