Luce López Baralt

Tribuna Invitada

Por Luce López Baralt
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Nuestro “Verano Puertorriqueño”

Puerto Rico todavía está en proceso de digerir el significado de las protestas masivas que culminaron con la renuncia del hoy exgobernador Ricardo Rosselló. Las imágenes aún nos imantan: en el Viejo San Juan se dieron cita adultos, niños, envejecientes en silla de ruedas o en andadores despaciosos que marchaban hombro con hombro con milénials y miembros de la Generación Z. Allí se amalgamaron independentistas, estadistas, estado-libristas y a-políticos --en una palabra: puertorriqueños-- que se sentían unidos por una causa más alta, la de liberar al país del yugo de una corrupción que nos arropa hace ya demasiado tiempo. Un río de banderas bailaba al sol o desafiaba la lluvia. Todas, sin excepción, eran la insignia nacional, ya la tricolor vibrante o ya la enlutada por la tristeza del momento histórico.

Marchamos como antillanos creativos que somos: luciendo disfraces imaginativos al son de consignas coreadas; sirviéndonos de malabaristas y aun de bailarines de ballet; oyendo la Borinqueña en sus dos versiones; animando el son de protesta con cacerolas improvisadas que incluso marcaban irónicamente el compás de los pasos apresurados de la guardia de choque: nuestra inveterada tendencia al relajo desacralizador, gran válvula de escape de los oprimidos. Nuestros artistas más consagrados, desde Benicio del Toro hasta Bad Bunny, internacionalizaron la protesta. El rap fue omnipresente en las marchas, pese a que no todos fueran sus fanáticos --“¡Ricky, vas a hacer que me guste el rap!”-- leía un meme de amplia circulación.

Repetimos el milagro de sacar la marina de Vieques “a lo puertorriqueño”: sin derramar sangre. Canalizamos nuestra indignación con una mesura digna de un gran país, sin un solo muerto ni un solo herido sobre nuestras conciencias. Dimos a conocer al mundo las dimensiones más nobles de nuestra identidad nacional: la indignación combativa fue fraterna y pacífica, por lo que más de un extranjero observó admirado que éramos “el país más bueno del mundo”. También, el más sabio, porque manifestaciones de esta magnitud culminan en tragedia en otros rincones de América. De Norte y Sur América, por cierto.

Gandi se hubiera sentido orgulloso de nosotros.

Dije del río de banderas. Curiosamente, nuestra enseña nacional va adquiriendo nuevos significados. Comenzó a izarse tímidamente tras la debacle del huracán María, no para afirmar la patria sino para proclamar al mundo que estábamos solos. Alumbramos barriadas y calles por nuestra cuenta, porque el gobierno y FEMA no supieron decir presente. Descubrimos que solamente podíamos contar con nosotros mismos. El gobernador lucía su impericia mientras el presidente Trump nos vejaba arrojándonos cínicamente papel toalla, símbolo de su torpe ayuda para nuestra devastación. A partir de esta soledad ominosa comenzamos a descubrir el “self-reliance” de un pueblo que comienza a serlo de veras.

Por avatares históricos en los que no ha tenido control, Puerto Ricosiempre ha sido un país dependiente. Primero de España y del Situado que nos llegaba de México; al presente de los cofres federales de Washington. Un país dependiente es un país infantilizado que aún no ha logrado crecer. Pero hemos comenzado a ser in-dependientes en el sentido más noble del término. Es que para crecer es preciso sentirse solos.

Con aquel río gozoso de banderas ondeando en San Juan volvimos a indicar al mundo, aun otra vez, que sólo podíamos contar con nosotros mismos. Caímos en cuenta que para el gobernador y sus allegados corruptos Puerto Rico no había sido nunca una prioridad, mientras Trump se jactaba con un estridente “I told you so”. (Humillante tener que dar la razón a un mandatario como éste...)

Lo cierto es que, al sabernos abandonados tanto por el gobierno insular como por la metrópolis, maduramos súbitamente y comenzamos a sacar provecho a nuestros largos cien años de soledad histórica. Lo probamos en las marchas cuando rechazamos enérgicamente a los líderes políticos que quisieron unirse y usar la situación para su propia ventaja. Ese nuevo espacio era del pueblo puertorriqueño, que se convocó a sí mismo, sin líderes posibles, en el momento de su bautizo de fuego como país. Al desampararnos, el gobernador Rosselló nos dejó un legado inesperado: el golpe decisivo a la estadidad y la fragua de un país distinto.

Pero esta nueva manera de sentir el país que estamos experimentando todavía necesita reflexión. Nuestras protestas, por más que lograran un triunfo rotundo, se dan en el contexto de un país subyugado por otro. A la metrópoli le conviene debilitar cualquier reclamo de anexión. Cumple pues andar con pies de plomo para que nadie usurpe nuestra valiente gesta colectiva, y para que no nos impongan más síndicos coloniales con la excusa de nuestra “ingobernabilidad”.

Cabe desear, por último, que la alta lección civil de nuestro Verano Puertorriqueño no sea efímera, porque vamos a necesitar que nos sostenga en medio de las nuevas locuras históricas que se van abatiendo sobre nosotros.

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