Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Nueva víspera

El mismo año que se publicó “La víspera del hombre”, de René Marqués, mi abuelo le hinchó un ojo a mi abuela. No se había despedido aún el púrpura debajo de su ojo, cuando mi abuelo fue asesinado entre seis sujetos por líos de botellas y de hombres.

No le hizo falta un corifeo a la tragedia, ese año, pues la gravedad se encargó de conducir las lágrimas de mi abuela por púrpuras todavía acumulados en la epidermis. A merced de tres hijos, la soledad, el sentimiento de culpa y las vísperas de otros hombres, abuela se defendió a hilo, aguja, fábrica y chancleta.

Cuando leí “La víspera del hombre”, en séptimo grado, quise que Pirulo fuera mi abuela Pancha. La primera oración de la novela fue la excusa: “Cuando Pirulo vio el mar por primera vez fue tan grande su asombro que casi se quedó sin respiración.” Pero a diferencia de Pirulo, mi abuela creció cerca del mar, y para ella aquel doble desamparo de azul siempre fue un edredón duro de lavar.

Regresé a la novela por segunda vez, ya en la universidad, y lo confirmé: el mar de René Marqués no era la mar de Manuel Ramos Otero, ni el tú de Julia de Burgos. ¿Y si la novela de René Marqués hubiera tenido como protagonista a una mujer, la leeríamos igual? ¿Y si en vez de Pirulo se llamara Pancha: le hubiera causado la misma impresión al jurado que le otorgó el premio del Ateneo Puertorriqueño ese año?

Antes de cerrar su pequeño ataúd, este año, le pusimos flores púrpuras alrededor del cuerpo. Abuela parecía flotar: ya estaba lista para su mar. Así fue como, por tercera vez, le pedí prestada a René Marqués aquella primera oración: “Cuando Pancha vio el mar por primera vez fue tan grande su asombro que casi se quedó sin respiración.” Entonces lo supe: la muerte siempre es un comienzo de novela.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

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