Mirelsa Modestti González

Tribuna Invitada

Por Mirelsa Modestti González
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Nuevo lamento borincano

Su mirada era tan falta de expresión como la enorme pulidora que empujaba, monótonamente, de un lado a otro, por el inmenso piso frente a la entrada del TSA. El empleado de mantenimiento parecía inmune a las terribles despedidas que se daban a su alrededor.

Mi hijo (¿sería posible que hubiera aumentado de estatura en estos últimos días?) me echaba el brazo de manera protectora y me besaba la frente. ¡Cuán difícil había sido en estos años de su adolescencia conseguir abrazos en público! Sin embargo, esa noche que sabía que se me iba un pedazo de alma en aquel vuelo, las caricias llovían ininterrumpidas. Quién hubiera dicho que aquel bebé hermoso que nació antes de tiempo y que, a solo siete semanas de nacido, nos hizo pasar el susto más grande de nuestras vidas, sería en esta coyuntura dolorosa, mi fuente de fortaleza. Un diagnóstico de tosferina, a solo días de que le tocara la vacuna, había causado nuestra primera separación. Aquel cuerpito diminuto, acurrucado en el interior de una tienda de oxígeno sobre una enorme camilla, respiraba con dificultad entre accesos de tos y yo caminaba, a toda prisa, escoltando a mi pequeño hasta la Unidad de Intensivo Pediátrico. Al llegar, la camilla pasó por la puerta doble y dos enfermeras me impidieron el paso. Me informaron sobre las horas de visita y me mandaron a casa, a descansar. "¿Horas de visita? Tiene siete semanas, solo se alimenta de mi pecho y nunca nos hemos separado" dije, entre sollozos, segura que eran las palabras mágicas que me permitirían acompañarlo. "Tranquila, Mamá. Te extraes leche y tocas este timbre y nosotros salimos a recogerla. Ve a casa, descansa y vienes mañana.”. Aquella puerta doble se cerró frente a mi cara y sentí que con ella se me cerraba la vida.

"Mam, no te preocupes por mí, ¿ok?... Mam, voy a estar bien...", me decía ahora aquel bebito, con casi seis pies de estatura. ¿Tan frágil me veía que mi hijo, ese que estaba por dejar atrás su hogar, su familia y su vida segura para lanzarse, prematuramente, a la adultez en tierra extranjera, sentía la necesidad de consolarme? Quizás era que, como yo, sentía todavía en carne viva la despedida de su hermana el día anterior.

Habíamos escuchado del pandemonio en el aeropuerto durante los primeros días después del huracán, por lo que llegamos tres horas antes del vuelo. Sin embargo, la impecable organización de la línea aérea logró que el trámite previo al abordaje se llevara a cabo en solo minutos y nos ofreció un par de horas de disfrutar la presencia de nuestra pequeña, que ya tampoco lo era tanto. Inocentes nosotros, nos sentimos felices de que faltara tanto para ella abordar su vuelo.

Miré a mi esposo y el dolor en su mirada me hizo voltearme y dirigir la vista hacia lo que le había golpeado tan fuerte. Frente al inicio de la fila, un padre abrazaba a su hija preadolescente y sollozaba, dejándola ir, solita, hacia algún avión que esperaba para despegar. Comprendí, en ese momento, que las lágrimas del aeropuerto son todas nuestras. Lloramos por las familias que se separan y por la Patria que se nos dispersa. 

Ofrecí que desayunáramos. Por diferentes razones y también por la misma, en esta tropa nadie había probado bocado esa mañana. Cruzamos todos entre el mar de rostros llorosos, perritos vestidos, coches de bebé y ancianos en silla de ruedas, tratando de no reparar demasiado en las desgarradoras despedidas, quizás porque sabíamos que la nuestra estaba en fila. 

Contra todos los pronósticos, logramos una mesa y comimos lo que pudimos, la mayor parte del tiempo en silencio. Un monitor en la pared transmitía un noticiario mañanero que nadie escuchaba, con imágenes de los destrozos del huracán María en nuestro amado suelo borincano. Los presentes, miraban las imágenes por varios segundos y apartaban luego la vista, regresando al desayuno y sus conversaciones, apartando por un rato, el doloroso recordatorio de nuestra nueva realidad.

En nuestra mesa, intentábamos cumplir el mandato de la matriarca ausente de encontrar siempre de qué reírnos aún, y sobre todo, cuando el momento es difícil. No puedo pensar en una ocasión en que esa tarea haya sido más ardua. Recordando una frase de mi abuelita, "al mal paso, darle prisa...", dije que era hora de comenzar a caminar hacia la salida. El piso, impecablemente pulido, temblaba a nuestro paso recordándonos que, en estos días en mi amada isla, nadie camina sobre tierra firme.

Llegó el momento de los abrazos frente a la salida y toda la fortaleza que habíamos construido se convirtió en un castillo de arena que quedó borrado con una sola ola de despedida. Traté de echarle la bendición al oído a mi niña, pero mi voz no salió. Quise decir otras cosas, pero fue inútil. Gracias a Dios que las había dicho muchas veces antes y ella, de sobra que las sabía, porque la voz me abandonó durante todo el resto de la despedida. La acompañamos con la mirada y con sonrisas falsas durante toda la fila y el proceso de seguridad. "Es una niña, no le hagan tantas preguntas", quería decirles a los oficiales que la atendían. Justo antes de doblar la esquina hacia la salida de su avión, se viró para agitar su mano y mirarnos una última vez y vi que lloraba. Además de la estocada en el centro del alma, sentí la mano de mi hijo apretar mi hombro y vi a mi esposo envejecer diez años en un segundo. El camino hacia el estacionamiento, que se antojaba interminable, fue interrumpido por la voz del novio de la nena, que nos alertó: "¡Miren, ahí va!", gritó con una mezcla de emoción y desesperación. Nos volvimos todos para ver el avión tomar la curva en el aire y luego enderezar el vuelo hacia la ausencia. Le tiré un beso con mi mano y le eché la bendición al avión que se llevaba una parte de mi vida. 

La segunda despedida no fue más fácil. Por la hora del vuelo, había menos gente, pero la dinámica era la misma. Las miradas de los extraños se hacían cálidas al encontrarse sus ojos con los nuestros. Nos hermanaba el dolor de la separación. ¡Ese maldito huracán nos está reescribiendo la historia, carajo!

Faltaba todavía una hora para comenzar el abordaje del vuelo. Mi hijo quiso entrar. Una parte mía quería robarle cada segundo posible a la ausencia, pero otra parte le agradecía que quisiera acortar la espera de lo inevitable. Abracé su cuerpo esbelto (flaco, demasiado flaco, decimos las madres boricuas) y le di muchos besos. Igual que el día anterior, cuando quise hablarle al oído, la voz me abandonó. Afortunadamente, su padre tuvo voz y temple para decirle cosas hermosas mientras lo abrazaba.

Seguimos con la mirada a mi "enano largo" andar todo el laberinto acordonado de la fila. Lo vimos poner sus cosas en la bandeja, entrar al detector y subir los brazos, como le ordenaban los oficiales. "Es mi hijo, ¿saben? Y es un ser de paz, generoso y sensible..." quería gritarles desde acá. También quería correr y abrazarlo de nuevo. Pero sabía que, igual que cuando era bebé, las puertas y las reglas de otros me lo impedirían. A diferencia de su hermana, mi hijo no miró hacia atrás. Prefirió llevarse la otra imagen de sus padres; la de antes del huracán, de la familia dispersa y las ilusiones quebradas. 

Otros diez años más viejos, regresamos mi esposo y yo al estacionamiento. Mi mirada se cruzó con la de otra madre, nos ofrecimos una sonrisa solidaria, de esas que van acompañadas de cejas arqueadas y que dicen sin decir.

Mañana será diferente. Levaremos anclas hacia la esperanza y mi hermosa Patria volverá a ser la Perla del Caribe. María volverá a ser un nombre hermoso de mujer. Pero hoy que el aeropuerto nos lleva los sueños hacia otros horizontes, murmuramos el lamento del jibarito aquel: "¡Qué será de Borinquen, mi Dios querido... qué será de mis hijos y de mi hogar...!"

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