Arturo Massol Deyá

Tribuna invitada

Por Arturo Massol Deyá
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Números que no cuadran, agenda energética resbaladiza

Tras el huracán María, las lecciones sobre la importancia de nuestro sistema energético siguen llegando pero, lamentablemente, por su obsolescencia.  

Por un lado, nos han vendido que el fracaso del andamiaje eléctrico radica en la naturaleza pública del sistema y los desmadres de su mal manejo por intervención partidista. Pero, tras María, tanto los servicios públicos como las comunicaciones en manos privadas le fallaron al país. A una la enjuician mientras a la otra “la comprenden” aunque su servicio sea pésimo meses después.  

Pero tras María, la escala del problema energético aún no me cuadra. Dicen los gobiernos que 80% del sistema colapsó y que eso, en cablería, representa una vuelta al mundo. Es comprensible entender los daños a la infraestructura energética pero no en la magnitud de mantener a un país sufriendo durante más de 4 meses de esta manera. Escuchar la letanía radial por la mañana y en la tarde de lugares sin servicio es agobiante.

¿A qué me refiero entonces? Al principio, y aún hoy, el número de postes derribados se utilizó como un indicador simplificado de la magnitud de daños. ¿Cuántos postes faltan? ¿Cuántos llegan? ¿Cuántos se despachan para aquí o para allá? A ojo se estimaron 62,000 postes necesarios para restaurar el sistema aunque, tras visitas de campo del Cuerpo de Ingenieros, la cifra se redujo 20%; o sea a 48,000.

Con este panorama y la contabilidad de transformadores, crucetas y tensores, los gobiernos estatal y federal concluyeron que 80% de nuestro sistema energético tendría que ser restituido. Así lo vociferan continuamente para que les tengamos pena. Esto a pesar de que ninguna de las generatrices sufrió daños mayores directos por el huracán y de que Puerto Rico tiene más de 550,000 postes instalados y alambrados. Seguramente esa cantidad de postes podridos y destruidos con María es una cantidad sustancial pero no representa ni el 10% de la totalidad. Aún así, el modelo privatizado de las brigadas de reparación no ha cumplido con la encomienda.  

El otro día, el secretario de Estado de Puerto Rico  afirmaba en radio que ya teníamos en suelo nacional cerca de 6,000 brigadas de apoyo que nos salen hasta 10 veces más caras que las brigadas públicas. Si fuera cierto el número de brigadistas -algo muy difícil de ver y creer- y presumiendo que cada brigada pudiera reponer un poste diario, entonces solo serían necesarios 8 días para levantar 48,000 postes. Claro, ni es tan sencillo, ni los postes están ni son las brigadas que dicen y las reparaciones avanzan muy lentamente a pesar de  los sueldos inflados.

Al gobierno local se le pasa la factura del fracaso mientras, en la práctica, el ejercicio de reconstruir ha sido un modelo semiprivado bajo el comando del gobierno de afuera.

El problema mayor es la ausencia de una visión para Puerto Rico que persiga autosuficiencia energética. Ni la AEE evolucionó para acoger nuevas tecnología limpias y renovables condenándose a sí misma a la extinción, ni la Junta de Control Fiscal ni sectores importantes privados quieren moverse de los combustibles fósiles. Todos, de una manera u otra, buscan perpetuar el carbón, moverse del petróleo al gas natural, que es otro combustible fósil, quemar basura y relegar las fuentes renovables a un mero discurso imaginario “verde” con pequeñas iniciativas renovables por eso de estar ‘actualizados’.

Por esto no podemos bajar la guardia ni depender del gobierno o de quienes, como buitres, se posicionan para tragarse a la AEE dejando pública, claro está, su deuda de más de $9,000 millones. Como dato importante, los clientes de la AEE pagaron a empresas privadas alrededor de $20,000 millones en los primeros 9 años de este siglo XXI para gas, carbón y petróleo.

Los que vivimos con el sol, fuente de energía abundante en nuestro país, no pagamos nada por concepto de combustible. Venga el atropello a la gente y a los sectores productivos de la gestión pública o del sector privado, nos tocará con más fuerza insistir en una agenda energética de verdadera autosuficiencia para todos y todas. No solo para unos pocos. 

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