Javier E. Rodríguez Horta

Punto de Vista

Por Javier E. Rodríguez Horta
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OCD: de trastorno a defensa pandémica

El 11 de marzo pasado, la Organización Mundial de la Salud (WHO) declaró que el brote de coronavirus se estaba extendiendo como una pandemia, reconociendo que el virus probablemente se propagaría a todos los países. Así fue, con pocas excepciones. 

Luego del anuncio de la WHO, el mundo entró en pánico. Los gobiernos empezaron a tomar con seriedad un tema que desde enero se comentaba y no habían actuado en su fase inicial. 

En un abrir y cerrar de ojos, todo cambió. Entramos en un estilo de vida atípico e incómodo. Pero para los que tenemos Trastorno Obsesivo Compulsivo (OCD), es totalmente normal. 

La condición del OCD afecta a hasta 12 de cada 1,000 personas (1.2% de la población) globalmente, desde niños hasta adultos, independientemente de su género, antecedentes sociales o culturales. En otras palabras, es un club aún más exclusivo que el de los pelirrojos que representan casi un 2% de la población. 

Desde niño fui diagnosticado con OCD, un trastorno de ansiedad en el que las personas tienen pensamientos, ideas o sensaciones (obsesiones) recurrentes y no deseados que los hacen sentir impulsados a hacer algo de forma repetitiva (compulsiones). Esta discapacidad a menudo se centra en temas como el miedo a los gérmenes y la necesidad de organizar objetos de manera específica o establecer rutinas. Como todo en la vida, el OCD tiene virtudes y defectos. 

Lamentablemente, como pasa con la población autista, en vez de aceptación y comprensión, somos rechazados y etiquetados como “defectuosos”. Personalmente, he escuchado de todo, desde ridículo, loco, a “tú tienes problemas psicosomáticos”. Si por cada insulto o desprecio a lo largo de mis 35 años de parte de extraños, conocidos y familiares, acumulara tan solo un dólar, abría un puertorriqueño en la lista de los 100 más ricos del mundo.

A pesar del bullying intenso y muchas decepciones a raíz del OCD y sus repercusiones, no he cambiado. Soy de los que se lava las manos constantemente, de los que se quita los zapatos tan pronto entra a la casa y los deja a la entrada, de los que verifica los cubiertos cuando va a restaurantes y, si no están limpios, le reclama al mesero o mesera que los cambie. Soy de los que verifica si cerré la puerta o apagué la estufa dos o tres veces y reverifico si me quedé con la duda y, sí, soy de los que se tarda, como diría mi papá, “una eternidad bañándote”. Quién ha visto la película “As Good As It Gets”, así somos.

El “aplanar la curva” es algo que personas con OCD hemos hecho toda la vida. Como dijo Howie Mandel, “ustedes le llaman una pandemia, yo le llamo ‘se los dije”. Para nosotros, en cierto sentido, esta pandemia ha sido una reivindicación. Lo que antes personas catalogaban como imaginación o ideas absurdas mentales, se volvió realidad. De repente empecé a recibir llamadas y mensajes de texto con preguntas sobre higiene y limpieza. Los comentarios han sido desde “es verdad lo que tu decías de las bacterias y los zapatos”, a “vi que el Dr. Sanjay Gupta salió en CNN desinfectando la compra como tú”.

Toda crisis es una bendición, como decía Albert Einstein al enfrentar estos fenómenos. Aunque triste la pérdida humana, espero que esta crisis sirva para el aprendizaje y cambio de costumbres que tanto necesitábamos. El distanciamiento social no es un mecanismo para ser duradero. La mejor defensa contra el COVID-19 y futuros virus es, y siempre ha sido, según validó el Dr. Anthony Fauci, la higiene.

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