Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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Oda al rifle

La edad mínima para portar armas en Estados Unidos es cero años. Cuando Bubba Ludwig nació, en septiembre de 2007, su abuelo le regaló un revólver. En mayo de 2008, cuando tenía ocho meses, su padre, Howard, le sacó la licencia de portar armas.

Vas a la tienda: “Dame una libra de pan, un ‘six pack’ de Coca Cola, un litro de leche, un rollo de ‘Bounty’, una cajita de chicles, y un rifle AR 15”. No es relajo. Así es la cosa. En Estados Unidos es sumamente fácil adquirir un arma de fuego. Es el país con más armas de fuego en el mundo, tanto en términos absolutos como en relación al número de habitantes.

En 2016, cuatro de cada diez estadounidenses afirmaba tener al menos un arma de fuego en sus casas, aunque esta proporción podría ser mayor, ya que los datos solo recogen a aquellas personas que están dispuestas a revelar de manera voluntaria, si poseen o no un arma de fuego.

También en 2016, el 76% de los estadounidenses se opuso a la derogación de la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, la cual garantiza el derecho que tienen los ciudadanos a estar armados. El estadounidense promedio, el americano blanco, entiende que debe armarse para defender a su familia. Es un de¬ber. Una obligación.

Tras la reciente masacre perpetrada en el aula de Parkland, donde murie¬ron 17 estudiantes, los ingresos de la Asociación Nacional del Rifle (NRA por sus siglas en inglés) lejos de disminuir, como se hubiera esperado, se dispararon. En las dos semanas posteriores a la tragedia, el lobby recibió 70,870 dólares en donaciones, frente a los 27,100 que había obtenido en las dos semanas anteriores a la masacre.

Las protestas masivas llevadas a cabo por miles de jóvenes a través de toda la nación, exigiendo la creación de leyes que impongan controles rigurosos a la ad-quisición de armas de fuego, y reclamando la acción inmediata del gobierno para po¬ner freno a estas matanzas que se vienen repitiendo desde 1999 (masacre en la es¬cuela secundaria de Columbine, donde murieron 12 estudiantes y un profesor), no parecen hacer mella en el grueso de la población estadounidense, que se empecina en armarse hasta los dientes.

Estados Unidos es una nación dominada por el miedo.

Con su rifle por delante, los peregrinos huyeron de Inglaterra en el Mayflower, y des¬embarcaron en un territorio lleno de pavos y pieles rojas. A los pavos se los comieron en “Thanksgiving”, y a los indios los exterminaron porque sí. De Norte a Sur, de Este a Oeste, prácticamente borraron del mapa a cuanta tribu indígena se les atravesó en el camino: Cherokee, Cheyenne, Sioux, Alabama, Apa-che, Na¬vajos, Yaquis, Apalaches, Comanches, Mohicanos, Hurones…

Pasó el tiempo, y los americanos sacaron del suelo patrio a los ingleses. A tiro limpio los sacaron. Años más tarde, el norte y el sur trataron de resolver el asunto de la esclavitud. A tiro limpio trataron de resolverlo. El norte ganó, y al otro día el Ku Klux Klan estaba linchando negros. Pero el problema entre los blancos americanos y los africanos liberados estaba lejos de resolverse. Así que los nuevos dueños del país prefirieron desviar el cañón de su fusil hacia el extranjero. En cualquier lugar del mundo se podría estar cocinando una conspiración contra la democracia americana.

En 1953, Estados Unidos derroca al primer ministro Mossadeq de Irán, e impone al Sha como dictador. En 1963, el Pentágono apoya el asesinato del presi¬dente survietnamita Diem. Desde 1963 a 1975, en el sudeste asiático, tropas esta¬dounidenses matan a cuatro millones de personas. En 1973, Estados Unidos promueve un golpe de estado en Chile. Asesinan al presidente Salvador Allende, elegido democráticamente. Otorgan el poder al dictador Augusto Pinochet. Supuso la muerte de cinco mil chilenos. En los ochenta, Estados Unidos entrena a Osama bin Laden y a sus hombres para luchar contra la Unión Soviética. La CIA les da tres millones de dólares. En 1981, Ronald Reagan adiestra y financia a los “contras”. Mueren treinta mil per¬sonas en Nicaragua. En 1982, Estados Unidos destina miles de millones de dólares en armas a Saddam Hussein para que mate a iraníes. En 1989, Manuel Noriega, agente de la CIA (y Presidente de Panamá) desobedece a Washington. Estados Uni¬dos invade Panamá y derroca a Noriega. Se producen tres mil bajas de civiles pana¬meños. En 1990 Irak invade Kuwait con armas procedentes de Estados Unidos. En 1991 los norteamericanos entran en Irak. Bush reinstaura al dictador de Kuwait. En 2001, Osama bin Laden, quien previamente fue parte de la CIA, asesina a tres mil personas mediante el ataque a las Torres Gemelas. En 2003 Colin Powell asegura que Irak tiene armas de destrucción masiva. Estados Unidos parte de esta premisa para inva¬dir Irak. Todos sabemos que las alegaciones de Powell eran falsas. Murieron alrede¬dor de 600,000 personas durante los nueve años que Irak estuvo ocupado por los estadounidenses.

A le cae encima a B, porque le da la gana. A siempre vivirá con el temor de que B le devuelva el golpe en cualquier momento. De ahí viene la política para-noica y aislacionista de Donald Trump. “Make America great again” quiere decir: sacar a Estados Unidos de cuanto tratado existe, construir murallas que lleguen al cielo, y aprobar leyes migratorias absurdas. Los malos hábitos de los americanos traen consigo consecuencias catastrófi¬cas. “Quien siembra vientos cosecha tempestades”.

Si tomásemos como base el escenario que acabo de describir, no sería un disparate suponer que de aquí a unos cuantos años, un hijo o un nieto nuestro, bien pudiera estar empuñando un rifle para matar a musulmanes en tierras lejanas, o peor que eso, bien pudiera estar empuñando un rifle para masacrar a sus propios compañeros de escuela.

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