Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Odiosas preguntas

Tengo un amigo que dice que sus relaciones románticas terminan, al menos en su mente, cuando la persona que en ese momento es su pareja, un día sábado o domingo, se le para al frente y le pregunta: “¿Qué vamos a hacer?”. Esto equivale a algo así como “¿Salimos?”, o “¿Vemos una película?”, pero al no plantearlo de esa manera, descarga en el otro la responsabilidad de inventar algo.

Lo cierto es que casi todo el mundo tiene una pregunta que jamás quisiera tener que oír. ¿Hay algo más espeluznante, más devastador, que que lo llamen a uno por teléfono y le pregunten “¿Dónde estás?”. Ahí también mentalmente concluyen muchas relaciones.

Una de mis odiadas preguntas favoritas es: “¿Qué te vas a poner?”.

Esta siempre la hacen las amigas. Ningún hombre me ha preguntado nunca que qué me voy a poner para ir a ninguna parte, porque eso bastaría para no ir con el sujeto ni a la maldita esquina. Creo que le tiraría el teléfono y pronunciaría una palabrota a la que soy muy dada. Pero a las amigas hay que contestarles, y soporto estoicamente el “qué te piensas poner” o “cómo vas a ir vestida”. Disimulo la rabia y digo que todavía no lo sé, porque lo cierto es que no lo voy a saber hasta que abra el closet, quince minutos antes de la hora prevista.

En las últimas semanas, he tenido que escuchar una de las preguntas más abominables a la que puede enfrentarse un escritor: “¿Quién te va a presentar la nueva novela?”. Empecé por contestar que era una sorpresa, pero ya estoy diciendo la verdad: la voy a presentar yo, ¿qué pasa?

Hay que romper urgentemente con la tradición de las presentaciones de los libros, donde el autor se sienta como un alma en pena y escucha la perorata que lleva preparada el presentador, que por lo general es un amigo que lo hace con la mejor intención del mundo. Ya he dejado que otros presenten muchos libros propios y he acudido a las presentaciones de los libros de mis amigos. He tenido mi cuota, he cumplido con el ritual. He dicho basta.

Las presentaciones, en su mayoría, se convierten en eventos soporíferos, porque como el presentador es generalmente un intelectual que nos está haciendo el favor, uno no se atreve a pedirle que no hable más de diez minutos. Es incómodo, embarazoso pedirle eso. Así que uno no dice nada y el presentador lleva una tesis. ¿Cuántas veces hemos estado en la presentación de un libro en que alguien lee hoja tras hoja, y uno no puede dejar de mirar el montoncito de las que le quedan por leer, con la impresión de que nunca baja?

Otra dificultad que supone la presencia de un presentador es que a menudo cuenta la novela. He acudido a presentaciones en las que, al final, me han dado ganas de meterme la mano en el bolsillo, sacar veinte pesos, dárselos al presentador y salir como alma que lleva el diablo sin comprar el libro.

Pero si hay algo peor, intrínsecamente peor en estos actos, es que el presentador analice la novela. O sea, que después de contarla,la desmenuce, posmodernamente hablando. Se dispara entonces la ansiedad del autor, porque el público empieza a bostezar, hay alguien que se duerme directamente, y los más desesperados se levantan.

No. Renuncio al drama del presentador de libros. Decidido para siempre. Y si no bastara con las razones que he dado antes, sépase que, una vez terminada la presentación, hay que llevar a cenar al presentador. Al presentador, al cónyuge, a los amigos que trajo. Y no es por el factor económico de darle de comer y de beber a toda esa tropa. Nada de eso, un día es un día. Es porque, después del nerviosismo que provoca presentar un libro, el autor tiene que enfrentarse al dilema de escoger el lugar donde se va a cenar. Siempre hay alguien que dice “al Camarón”, o alguien que dice “al Hipopótamo”. Justo al lado de la librería hay un lugar, en el que incluso a veces dan dos platos por el precio de uno, pero no. La gente se empeña en salir. Coger el carro. Ir a otro lugar, mientras más lejos mejor. Horas de tapón, cuando todo lo que el autor desea es regresar a casa, soltar los tacones y contarle las cuitas al pitbull.

La presentación de “La Mitad de la Noche” será el próximo sábado 2 de noviembre, a las cuatro de la tarde, en la librería Norberto González, de Plaza las Américas. Un centro animado, donde uno puede encontrarse con casi cualquier cosa: una batucada, un desfile de trajes de baño, una actividad para viejitos donde les toman la presión. No me negarán que es el lugar idóneo para poder huir si nos embarga el sopor. Aunque no habrá presentador. Lo juro por la mitad de mis muertos.

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