Mayra Montero

Tribuna Invitada

Por Mayra Montero
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Once mil vírgenes

Con la Iglesia, queramos o no, vamos a tener que toparnos. Mírese como se mire, es noticia, y tiene una decidida influencia en el ámbito socioeconómico del país, por no mencionar el elemento político, que es consustancial, como dicen los cursis. En estos días, la Arquidiócesis de San Juan ha saltado a la primera plana de los periódicos por sus finanzas, con incidencias más o menos graves de las que hay que ocuparse.

A menudo uno piensa que los tesoros de la Iglesia católica, a nivel mundial, constituyen un pote común del que se saca para ayudar a todos. Desde hace algún tiempo, sin embargo, sabemos que la Iglesia como institución no es la gran matriz romana, responsable por sus sucursales, sino que tiene parcelada su identidad a través de arquidiócesis y nunciaturas, por cuyos problemas no necesariamente responde.

Por otro lado, debo decir que al igual que se cierran escuelas cuando hay crisis económica y reducción de la población escolar, no veo por qué la Iglesia católica no puede salir de unas cuantas propiedades, no a cuentagotas, sino con la misma diligencia con que lo hacen otras entidades cuando se enfrentan a un problema extremo de liquidez.

Uno no pensaría que la Iglesia católica, que se las bandea con las donaciones, limosnas, subsidios, y lo que le dejan sus colegios, se va a ir a la quiebra como si se tratara de una tienda de sombreros. Al declararse en bancarrota, el miércoles pasado, se supone que la Arquidiócesis emprenda de lleno en una etapa de transparencia absoluta, donde nada se le oculte a nadie.

Eso sería coherente con la filosofía del Papa Francisco, quien desde que asumió su cargo, hace cinco años, no ha dejado de abogar por la apertura financiera y la diafanidad de las finanzas. Los viejos escándalos del Banco Ambrosiano, y posteriormente del propio Banco del Vaticano, que tanto han afectado la imagen de la institución, llevaron al actual Pontífice a imponer severas reglas, y expulsar de los negocios a ciertos ejecutivos con sotana. De la misma manera, Francisco ha ubicado en el Banco a cardenales de toda su confianza, para que no le quiten ojo a los sospechosos. Una especie de comité de vigilancia, a fin de que el asunto no vuelva a torcerse. O mejor dicho, a fin de que no se tuerza más.

Este tema no ha tenido la repercusión de otros, pero ha sido muy grave. Desde los tiempos de Benedicto XVI, al que dicen que le pasaron gato por liebre en más de una ocasión, y hasta lo acosaron cuando empezó a querer denunciar las trastadas financieras que se fraguaban en el Vaticano, existe una profunda lucha de poder que provocó que un grupo de teólogos y cardenales afectados por las nuevas reglas, tratasen de desbancar a Francisco acusándolo de hereje.

El caso de Puerto Rico y la Arquidiócesis de San Juan es bien distinto. Pero la esencia de lo que hay que hacer, ese carácter diáfano que exige el Santo Padre, tiene que ser el mismo. Aquí no tienen un banco, ni hay inversiones opacasde por medio. Sin embargo, deben entrar por el aro de la transparencia, aunque solo sea en deferencia al simple y humildísimo gesto de pasar la cesta para recoger dinero. Cuando se hace eso, hay un deber, si no moral, al menos “espiritual” de rendir cuentas.

Los administradores de la Iglesia deben explicar al pueblo católico ciertos asuntos. No solo a la feligresía, sino a los curas y monjas de primera línea; a los ancianos sacerdotes que hoy viven de un retiro exiguo, después de consagrar su vida a la enseñanza, o al duro trabajo en las parroquias pobres, y que una vez que se jubilan, tienen que enfrentar todo tipo de privaciones, más la irreparable soledad.

Un somero vistazo al documento de bancarrota, que es público y fue presentado ante el tribunal, ya en sí mismo levanta legítimos cuestionamientos. Aparte de las deudas contraídas con un banco local, que suman muchos millones, y el monto de la demanda pendiente por el lío de las pensiones, la Arquidiócesis les debe a otras firmas y entidades que tienen vínculos con ella misma. Por ejemplo, ¿por qué la Nunciatura Apostólica aparece como acreedora de la Arquidiócesis con más de $700,000? ¿Por qué a Cáritas de Puerto Rico se le adeudan $180,000? Hasta donde se sabe, Cáritas es una entidad de la Iglesia, y su presidente es el propio Arzobispo.

¿Qué es la Comisaría de Tierra Santa, y por qué habría que pagarle $44,000?

Diferentes bufetes de abogados están en fila con distintas sumas, sin contar lo que se estará facturando en este instante. A la AEE, la Arquidiócesis le debe más de $10,000 (favor de apagar la luz cuando salgan), y a los que hacen el “landscaping”, aparte de los atrasos con el pago de vehículos y hasta los teléfonos. Todo el mundo, en mayor o menor medida, debe algo, pero la Iglesia católica viene más obligada que nadie a explicar por qué se le acumularon tantas deudas.

Si esta decisión de acogerse a la ley de quiebras, de la que sin duda fue informado el Vaticano —no el Papa en persona, pero sí los superiores de la orden— ha sido simplemente un modo de rehuir el notorio problema legal del pago a los maestros jubilados, lo que viene no será un camino de rosas. Ya la quiebra, en sí misma, supone una situación incómoda. Y eso que nunca han salido a la superficie los tejemanejes de hace cuarenta o cincuenta años. Lo que se esfumó, en términos de imágenes y obras de arte, y que terminó rodando por el mundo.

Qué no habrán escuchado estos oídos míos… Las once mil vírgenes, que se tapen los suyos.

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