Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Vivimos en un mundo cada vez mas caótico. Tan cerca como en Venezuela, desde que la oposición al gobierno de Nicolás Maduro se alzó con el control del Congreso en enero del año pasado, las tensiones entre los poderes constitucionales han recrudecido al punto de que el Tribunal Supremo llegó a asumir las competencias legislativas, aunque por poco tiempo, la semana pasada.

Desde hace unas horas, el presidente Donald Trump decidió unilateralmente bombardear una base militar Siria desde donde se sospecha se coordinó un ataque de gas contra la población civil. Menos de 24 horas después un camión se abalanzaba matando a varias personas en una calle en Estocolmo, Suecia.

En el Senado federal se cambiaban las reglas internas para dar paso a la aprobación del nominado por el presidente Trump para el Tribunal Supremo de Estados Unidos, Neil Gorsuch.

Trump adelantaba una agenda que revierte por décadas los avances logrados en la protección del ambiente y la adaptación y mitigación a los cambios climáticos.

En Puerto Rico, el Recinto de Río Piedras perdió ya temporalmente el acceso a las becas Pell debido a la huelga estudiantil.

Sin pretender ser simplistas en temas de múltiples complejidades, hay gérmenes comunes en las escenas descritas: intolerancia, populismo, intransigencia, retóricas impositivas, peyorativas y violentas, que descartan al que difiere, que menosprecia los derechos y el valor mismo de los otros.

Puerto Rico no es un paraíso aislado de esa vorágine. Cierto que tenemos la fortuna de que no se llega a tales extremos aún. Nuestro escenario no es inmune a ello. Y la ciudadanía tiene que mantenerse alerta.

Ni Trump ni Putin ni Maduro ni Assad ganaron poder solos. Han contado con ciudadanos de todas las estratas sociales y económicas cautivados por discursos divisionistas y excluyentes que dan primacía al que simpatiza sobre el que disiente. Y muchos discursos aquí, particularmente en el reordenamiento relacionado a la crisis fiscal y económica, están plagados de tales cargas.

Hay un concepto conocido como la anti fragilidad que habla de cómo los individuos, sociedades, organizaciones y países salen más fuertes de las crisis por las cuales atravesamos.

Ante un mundo cada vez más desordenado e impredecible, la anti fragilidad habla de cómo construir “opcionalidades” ante escenarios que parecen improbables, pero que se materializan de repente.

Estas opciones deben ejercerse no desde el bien individual, sino desde el bien colectivo.

Pero hay líderes que siembran el caos, como parece ser el estilo del presidente Trump. Otros se aprovechan del mismo, como Putin. Y otros lo refuerzan, como lo hace Maduro. Todos son ejemplo de las economías de destrucción, de la “egonomía” y no la “economía” de la que nos habla Otto Scharmer en la Teoría de la U. En la “egonomía” predomina el yo, pero en economía de los ecosistemas, predomina el nosotros.

No por casualidad dice el dicho que “en río revuelto, ganancia de pescadores”. Y no son pocos quienes se benefician del caos, caldo de cultivo de ciudadanos que, temerosos, son capaces de venderle el alma a quien ofrezca remedio inmediato a cargas individuales. Es preciso, hoy más que nunca, valerse del pensamiento crítico para poder discernir entre tanto ruido; para identificar de inmediato a quien fomenta el caos y el antagonismo por conveniencia.

Tenemos un antídoto a mano, disponible, y se hace urgente aplicarlo. Está en el encuentro para el diálogo, para la búsqueda de acuerdos y acciones que partan de la sinergia, del reconocer la aportación de cada parte y dejar que de ellas surja un resultado mejor.

Ese encuentro tiene que cimentarse en los valores democráticos más profundos, que suman, que respetan y que anteponen el bien colectivo al sectario, para fortalecerlo. Las claves para evitar sucumbir en la tormenta están justo en lo opuesto a esos discursos y acciones que atropellan sin escuchar razones.

Corresponde a todos abrir espacios para esos encuentros, organizar y convocar para escuchar, para entender y para aprender. Acérquese a sus vecinos, júntese con sus compañeros de trabajo, converse en su iglesia o en su grupo comunitario para celebrar lo que nos une y para encaminar proyectos que nutran esa unidad.

Las culturas originarias saben que la Naturaleza es una gran maestra. En tiempos tempestuosos son los árboles flexibles, pero bien arraigados, los que siguen en pie pasada la ventolera. Aseguremos que nuestra cultura solidaria y resiliente esté bien arraigada. Siempre volverá la calma y qué mejor legado podemos dejar que un país unido y fortalecido que superó el embate del desprecio, del rencor y del tribalismo.

Y que por ello, salió más fortalecido.

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