Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Operación Des-Olvido

Me gustó tanto que fui a verlo dos veces. Por eso, no me sorprendió que el documental “1950: la Insurrección Nacionalista”, escrito, dirigido y producido por José Manuel Dávila Marichal, llevara casi dos meses exhibiéndose en una concurrida sala de cine de San Juan. Aunque, a decir verdad, me picaron la curiosidad las razones detrás de ese resonante éxito taquillero.

Aquí ha venido medio mundo, dijo un empleado que me atreví a entrevistar. Y procedió a clasificar a los espectadores por edades y motivaciones: los ya “entraditos en años”, deseosos de rememorar aquella época turbulenta de la primera mitad del siglo veinte; los “del medio”, que sólo la conocieron a través de las referencias negativas de sus padres y abuelos; y los de la “generación del milenio”, que ni siquiera la habrían oído mencionar. Como quiera - concluyó mi entrevistado – la mayoría sale con los ojos aguados.

Con los ojos aguados salí yo también. Imposible no sentirse conmovido por los testimonios de los sobrevivientes de aquel brumoso 30 de octubre. Imposible no indignarse ante el encubrimiento sistematizado que logró erradicarlo de nuestra conciencia. Contrafuego boricua al opresivo régimen colonial americano y denuncia ardiente del estadolibrismo en ciernes, el suceso fue desterrado de los libros escolares y relegado al mutismo de las carpetas federales. La orquestación de un discurso de progreso y democracia facilitó la indolora lobotomía colectiva que nos dejó desmemoriados.

Enmarcada en la era de la diplomacia del “Big Stick” imperialista y de las reivindicaciones descolonizadoras que estallaban alrededor del mundo, la película es a la vez crónica de guerra y colección de relatos personales. Para recrear el contexto de violencia oficial que dio pie al combate defensivo de los nacionalistas, el director se sirve de una amplia variedad de recursos: fotos, vídeos, audiograbaciones, periódicos, dibujos animados… El ritmo enérgico de la narración sostiene el interés en todo momento.

Lo más impactante, sin lugar a dudas, son las intervenciones directas de los participantes en la Insurrección: José Miguel Alicea, Ricardo Díaz, Carlos Padilla y Edmidio y Heriberto Marín. Sus anécdotas biográficas y sus observaciones filosóficas, dichas con una mezcla de humor, tristeza y rebeldía, emocionan y mueven a la reflexión.

Tan entrañables como los protagonistas son los personajes ausentes evocados por ellos. El relato de los amores de Candita y Heriberto, el del gesto bravío de doña Leonides Díaz y el de la desgarradora tragedia familiar de Goyito Hernández son dignos de una serie de televisión al estilo de la española “Cuéntame cómo pasó”.

De hecho, la trayectoria entera del nacionalismo revolucionario es una mina de historias apasionantes. Pero, excepto por un puñado de cuentos y alguna que otra pieza teatral, nuestra literatura no la ha aprovechado a cabalidad. Lo mismo vale para el cine.Por suerte, el documental ha comenzado a despuntar como vehículo eficaz para explorar esa prometedora fuente de inspiración.

Se sabe que, aparte de las preferencias individuales, la censura y los prejuicios juegan un papel inconsciente en las decisiones artísticas. Abordar tramas políticamente espinosas en un país sin consenso épico no es cosa fácil. ¿Desmotivará a nuestros creadores el factor controversia? Y más si el proyecto requiere el financiamiento y el respaldo de alguna agencia pública. Quizás la explicación de esa curiosa inapetencia sea menos complicada: la subestimación de los temas considerados demasiado “locales” para ser exportados al mercado internacional.

Difiero respetuosamente. La realidad y la ficción se nutren y se abrazan en la página y en la pantalla. Las luchas por la autodeterminación de los pueblos también tienen sus héroes y sus villanos, sus dramas y sus comedias, sus secretos y sus revelaciones, sus victorias y sus fracasos. La narrativa silenciada de nuestro principal movimiento insurgente posee, además de un evidente valor documental, una enorme dimensión universal. ¿Qué puede ser más filmable que la extraordinaria y accidentada vida de un mártir de la libertad llamado Pedro Albizu Campos? ¿Qué puede ser más novelable que el descenso del poeta Francisco Matos Paoli al infierno carcelario en plena gloria literaria?

El desfile de figuras excepcionales ofrece un material de primera para la elaboración creativa. No se trata de idealizarlas ni tampoco de demonizarlas. El verdadero reto es presentarlas en su franca complejidad. Lolita Lebrón, la costurera lareña que dirigió un ataque al Congreso de los Estados Unidos. Blanca Canales, la aguerrida jefa de las Hijas de la Libertad proclamando la independencia en Jayuya. El comandante Tomás López de Victoria encabezando la marcha pacífica que desembocó en la Masacre de Ponce. La maestra Isolina Rondón, testigo estrella del ataque a tiros contra cuatro nacionalistas en Río Piedras…

Espero que “1950” continúe figurando en cartelera por bastante tiempo. Y que se convierta pronto en devedé para beneficio de quienes se la hayan perdido. Mientras tanto, a lo mejor vuelvo a verla. Para recuperar el poder del recuerdo, hay que ayudarse a des-olvidar.

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