Mariam Ludim Rosa Vélez

Tribuna Invitada

Por Mariam Ludim Rosa Vélez
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Optimismo realista para reconstruir a Puerto Rico

"Puerto Rico se acostó porque el huracán le llevó muchas cosas y ya mismo se va a levantar". Esta esperanzadora reflexión de un chiquitín de cuatro años de edad encierra, dentro de la inocencia infantil, una gran profundidad.  Cuando sufrimos grandes adversidades, del tamaño de María, nos podemos sentir exhaustos a nivel del letargo. 

Las pérdidas individuales y colectivas son tan grandes que puede, tal como lo visualizó Alexander, que nos sintamos acostados, cansados. No es para menos, tras el ventarrón, son más de tres millones de historias y cada una es importante desde la gran desdicha de aquel que perdió un familiar, el que se quedó sin techo, hasta el que sufre el trastoque de su cotidianidad. El anhelo, como lo profetizaba el pequeñín, es que ya mismo nos levantamos. ¿Qué se requiere? Sin duda, una palabra que hemos escuchado muchísimo desde el 20 de septiembre de 2017. ¡Resiliencia!

Este hermoso vocablo, de gran sonoridad, es bastante nuevo en el Diccionario de la Real Academia Española, ya que debutó hace unos tres años y deriva del inglés resilience,, que significa "saltar hacia atrás, rebotar". Los psicólogos lo definen como la fortaleza mental que tiene una persona para manejar una fuerte adversidad o una situación de gran tensión y desde allí, renacer (o rebotar) de esa experiencia difícil. Podríamos decir que se trata de una reserva de fortaleza que está impregnada en nuestro ADN y nos ofrece la capacidad de enfrentar, sobrellevar y superar momentos duros, tal como lo que experimentamos como pueblo, luego de que el viento intentara acostarnos.  Sin embargo, la resiliencia no nos exime de experimentar el dolor emocional que nos provocan los desafíos. Hemos de pasar por los cambios y las tristezas que ellos conllevan. La resiliencia no significa suprimir emociones más bien nos ofrece herramientas para administrarlas de una manera más positiva.

En el libro Resilience: The Science of Mastering Life’s Greatest Challenges, los autores Steven Southwick y Dennis S. Charney, ambos médicos psiquiatras y profesores universitarios, expresan que en lugar de ser un solo atributo que algunos tienen y otros no, la resiliencia es el resultado de un conjunto de habilidades que cada uno puede aprender, practicar y reforzar.  Entre estas, destacan el optimismo como "el combustible que enciende la resiliencia y provee la energía para alumbrar otros factores necesarios para activarla". Me encanta esta definición que aplica perfectamente a nuestro contexto carente de electricidad, pero en el que ha brillado la solidaridad de muchos y la fortaleza resiliente de otros. Agregan que la resiliencia "facilita un acercamiento activo y creativo para enfrentarse a situaciones retantes".  Según enfatizan no se trata de un optimismo a ciegas sino de un optimismo realista que no ignora los problemas, mas no se mantiene enfocado en lo negativo. Precisamente, investigaciones realizadas por Southwick y Charney, muestran que el optimismo y las expectativas positivas promueven la acción, mientras el pesimismo y negativismo provocan un sentido de impotencia, autocompasión y negación.

En momentos extraordinarios, como los que vivimos en la isla, nos corresponde cultivar una resiliencia extraordinaria. Debemos ser como Alexander quien, con inmensa sabiduría sazonada del gran don de la sinceridad infantil, pronunció palabras proféticas. Sí, el huracán nos acostó, pero ya mismo, ya mismo, con resiliencia, optimismo e inteligencia emocional, nos levantaremos.

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lunes, 2 de octubre de 2017

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