Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Optimismo responsable

Si ponemos en práctica el optimismo responsable, no tengo la menor duda de que Puerto Rico se levantará después del azote del huracán María que descargó su maravillosa fuerza ciclónica sobre la isla desde la madrugada del miércoles 20 de septiembre hasta entrada la noche del mismo día. Solo bastó eso, pocas horas, para que nuestro país fuera arrancado del calendario presente y transportado a los tiempos de San Ciriaco, San Felipe y San Ciprián, los tres legendarios huracanes de los que tanto hablaban nuestros padres y abuelos. De esos tres nos recuperamos, ¡y nos recuperaremos ahora!

San Ciriaco atravesó la isla el 8 de agosto de 1899 y causó la muerte de 3,369 personas, miles de heridos, y daños irreparables a las cosechas y a la infraestructura. San Felipe, en 1928, y San Ciprián, en 1932, acentuaron la miseria que ya el país vivía en los años de la Gran Depresión. Y nos levantamos.

Pero hay que entender las circunstancias sociales en que estos fenómenos atmosféricos se manifestaron para aquilatar las opciones de recuperación que ocurrieron antes, y las que tenemos ahora. Si no entendemos ese contexto histórico, podemos decir las frases más bonitas de motivación, pero el desastre del otro huracán, el que nos ha estado golpeando política, social y económicamente, por las últimas décadas y que ha dejado a la isla en la quiebra, también necesita reconstrucción urgente. Lo uno no se puede dar sin estar consciente de lo otro.

¿María es mala? ¿O simplemente le voló el toldo a una isla que ha pretendido esconder que somos el país más desigual de América y quinto del mundo? Debajo de ese toldo hay un país donde más del 46% de la población está bajo los niveles de pobreza, una isla que importa el 85% de lo que consume y lo tiene que hacer obligado por las Leyes de Cabotaje. María, además, nos mostró crudamente la mala planificación y la fragilidad de un sistema de electricidad cuya riqueza ha sido saqueada. Aunque los vientos de María azotaron a todos por el igual, a ricos y pobres, ya es evidente que la mayor carga de muerte, dolor, limitaciones y destrucción la van a llevar los pobres.

Sin embargo, veo cosas que alimentan la esperanza de que nuestro pueblo dirá: borrón y cuenta nueva, y se levantará, con más fuerza que nunca antes, consciente de que los errores del pasado no pueden volver a cometerse. Hice un recorrido por las pocas carreteras que a duras penas tienen algún espacio transitable y me llamó la atención la cantidad de árboles enormes arrancados de la tierra y los que quedaban de pie, absolutamente sin una hoja. En ese recorrido inicial no vi pájaros, y hasta el canto del coquí parecía haber enmudecido. Dos días después, los pájaros comenzaron a volar buscando nuevas ramas en las cuales posarse, los coquíes comenzaron a cantar con mayor sonoridad, y no tengo la menor duda que a esos árboles los veremos florecidos en poco tiempo.

La Naturaleza nos traza la ruta a seguir: hay que renacer, pero es ¡ahora! y lo veo ya. Está en el sentido de urgencia de llevarle comida, ropa y medicamentos a los que lo han perdido todo, en los que agarraron machetes, hachas o sierras eléctricas y comenzaron a abrir caminos, en los que tenían plantas eléctricas y le tiraron una conexión al vecino. Se palpa en la generosidad que ha tomado papel protagónico desde las barriadas más pobres hasta las urbanizaciones más lujosas, en la solidaridad inmediata que ha mostrado la otra parte del país que vive en los Estados Unidos, en el interés de los jóvenes por salvar la agricultura, en las expresiones culturales que siguen siendo la columna vertebral de nuestra identidad, en los jóvenes que se ofrecen para reconstruir la Universidad, y, por qué no, en los políticos, como Ricardo Rosselló, que al entender de muchos, se ha alzado a la altura que requiere el momento histórico.

Con optimismo responsable nos vamos a levantar, este es el momento, no hay de otra.

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