Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
💬 0

Oración por una oreja

Lee las “Cartas a Theo” de Van Gogh y encontrarás a Dios.” Así me dijo el padre franciscano Ángel Darío Carrero una tarde. Entonces no sabía que apenas le quedaban algunos meses de vida. Hablábamos de una xilografía de mi padre que salía en su edición de “Canto a la locura” de Matos Paoli cuando le pregunté -majadero yo- qué pensaba del fanatismo religioso que se manifestaba por aquellos días frente al Capitolio. Después de un silencio o un sorbo de café, dos cosas que a veces son lo mismo, el padre Carrero me asestó un buen golpe de pincel: “Nadie está a salvo de cualquier fanatismo -me dijo- no importa de dónde venga, pero uno de las formas que uso para combatirlo es leyendo a Van Gogh.” Y no se equivocó.

Antes de dedicarse a la pintura, Vincent Van Gogh quiso ser ministro metodista, como su padre. En 1878 viajó a Etten como ayudante de pastor con la idea de hallar un empleo de misionero en un barrio de tejedores y carboneros, y así acumular experiencia para proseguir estudios teológicos en Bruselas. Sin dinero para viajar y cubrir sus estudios, Van Gogh quedó atrapado en aquel pueblo sin poder dirigirse a los trabajadores porque el pastor al que ayudaba no se lo permitía. Detrás de los papeles garabateados con sermones que nunca llegó a leer en público, Van Gogh comenzó a realizar bocetos con lápiz de carpintero que le enviaba periódicamente a su hermano Theo a cambio de algunas monedas. Así se convenció de que, “quien guarda la pobreza para sí y la ama, tiene consigo un enorme tesoro.”

Para conocerlos mejor, Van Gogh les pedía a los trabajadores que posaran a cambio del poco pan que podía comprar. Las viejas parábolas bíblicas del grano de mostaza y la higuera estéril se volvieron dibujos: zapatos gastados encima de una silla, carretillas, hachas, azadas, mineros con el rostro demacrado, un bosque talado, el terreno recién arado. Muchas veces prefirió quedarse con hambre con tal de obtener la mejor postura de los cuerpos: mostrar el cansancio, la enfermedad, la explotación. “Mi propósito es que ciertos dibujos golpeen a cierta gente”, le escribió a su hermano. Pero a quien golpeaba era a él mismo: “Lo que me ha desilusionado es tanta miseria y yo sin poder hacer nada”, le escribe a Theo.

Un sentido de culpa y un genuino fervor religioso lo llevó a pasar seis horas en la mina más vieja y peligrosa de Marcasse en 1879. Aquella experiencia lo paralizó. Se sentía inútil frente a la miseria, el dolor y la enfermedad. “Un pájaro en una jaula que niega la primavera por el conformismo de la jaula”, escribió. Entonces solicitó un trabajo de misionero entre los mineros de carbón en Inglaterra y otra vez fue rechazado porque no cumplía ni con la edad ni con el dinero para pagar sus estudios teológicos. Alguien que conocía sus bocetos le solicitó algunos trabajos y se mudó a La Haya. El dibujo lo salvó momentáneamente de una crisis espiritual: “de cualquier modo -le escribe a Theo- seguiré, cogeré nuevamente el lápiz que dejé a un lado en mi decaimiento y volveré al dibujo.”

Una tarde a su puerta tocó una mujer embarazada que había perdido su casa porque ya no podía prostituirse y le pidió al artista ser su modelo, pero no por monedas, sino por pan. Van Gogh consiguió una porción de patatas y de habas. Con ella llegó el color, y cambió el lápiz por el pincel. Convivieron por algún tiempo y ayudó a criar al hijo de ella: pintar era lo mismo que sembrar, le decía a Theo en una carta. Con la ruptura llegó París, los libros, la política, las noches estrelladas, los girasoles, el postimpresionismo, la traición a su vocación de misionero, Gauguin, las discusiones y la oreja cortada. Nadie sabe a ciencia cierta cómo Van Gogh perdió aquella oreja. Algunos dicen que fue en medio de una pelea con su amigo Gauguin, otros dicen que el sentido de culpa por la reyerta lo llevó a cortarse una oreja y enviársela a Gauguin en un sobrecito como una forma de pedir perdón.

He vuelto a las cartas de Van Gogh en estos días en que los legisladores buscan aprobar una ley de franco discrimen religioso por encima del veto del gobernador. Sé que el padre Carrero me regañaría, pero me he visto tentado a enviarle a los legisladores de fe un sobrecito con una oreja de plástico - de esas de juguete - a ver si escuchan o al menos dejan de usar a Dios, el partidismo y la ley para excluir. ¿Qué parte de las bienaventuranzas no entendieron? ¿No escucharon que a Jesús lo mató la ley? Pero como no sé dónde conseguir tantas orejitas de plástico -y para no darles la excusa de inventarse una ley antiorejas- lo único que se me ocurre es hacer una oración por la oreja de Van Gogh. ¡Oremos!

Otras columnas de Cezanne Cardona Morales

lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

💬Ver 0 comentarios