Mari Mari Narvaéz

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Por Mari Mari Narvaéz
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Oscar nuestro

Cuántas veces repetimos aquel estribillo (“Es tiempo de traerlo a casa”) como si diciéndolo decenas de miles de veces, estirándolo día tras mes tras año, pudiéramos acercarlo a esta “casa” nuestra. Al fin llegó el día. Oscar López está de camino a casa y hay algo que no se me escapa, que no deja ni dejará de emocionarme, de enternecerme, cada vez que piense en esta, nuestra gran victoria de Oscar: Y es que nadie podrá contra la felicidad de no haber dejado a uno de los nuestros, una sola persona, atrás.

Mucha gente que además lucha por diversas causas en este país dispuso de enormes recursos, concentró gran parte de su tiempo, de sus energías y trabajo, en la liberación de una sola persona. Todo ese esfuerzo se hizo por no dejar a uno de los nuestros atrás en la cárcel, atrás en la injusticia, atrás en la soledad, en un lugar físico pero también histórico y emocional donde no pertenecía ni pertenecería nunca. Creo que eso expresa algo muy grande y tal vez subestimado; una generosidad y solidaridad que no se manifiestan en todos los ámbitos de nuestra vida política pero son ilustrativas de algo que existe entre nosotros; y que florece y trasciende en lugares y momentos definitorios, especiales.

No sé si Oscar sepa a cabalidad lo que su regreso significa para miles de personas en Puerto Rico: la victoria, la reivindicación, la sensación de que hemos rescatado un pedazo de justicia aunque sea muy tardía.

Ya hemos escrito muchísimas columnas. Solo me resta decir que, cuando una persona es de la patria es de la patria. Eso lo aprendí de mi viejo, Juan Mari Brás, quien se lo increpó a la propia viuda de don Pedro Albizu Campos cuando se pretendía velarlo “en un acto privado”, como si no se tratara de un hombre de todo Puerto Rico.

Los patriotas no son de sus familias, no son de sus amistades; ni siquiera son de sí mismos. La prioridad de los grandes patriotas ha sido siempre, en todo momento, la patria. Dejaron de ser de ellos para ser de algo mucho mayor. Eso es lo que los diferencia del resto de la gente que también lucha pero no necesariamente arriesgando vida, libertad y hacienda, como decían los nacionalistas. Aquí hay un país destruido, amenazado, saqueado, quebrado. Pero me atrevo a decir que aquí hay un País para Oscar. Aquí estamos quienes recojeremos los pedazos y reconstruiremos.

Bienvenido, por fin a casa, Oscar nuestro. 

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