Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Otras terapias de conversión

La convicción de que lo que yo creo es la única verdad, sea en lo político o en lo religioso, y por lo tanto estoy en todo mi derecho de imponérselo a otros, con violencia, con leyes o con manipulaciones, le ha traído demasiados dolores a la humanidad. Las cruzadas, los ataques a las torres gemelas aquel fatídico 11 de septiembre, el holocausto y la santa inquisición, entre otros ejemplos, han dejado su horrible huella en los caminos de la historia. Actos cotidianos, tragicómicos algunos, tan vez desapercibidos, pero que arrancan de la misma creencia, como el caso del alcalde que alega que Dios le dijo que debiera dejar a su hijo, no el de Dios, sino el del alcalde, en la dirección del municipio; o el de unos maestros que llevaron a unos estudiantes a un acto religioso donde se supone que firmaran un compromiso de abstinencia sexual.

Los que pensaron con profundidad el asunto de cómo conducir con balance y sabiduría la administración de los pueblos, llegaron a la conclusión que mezclar la religión y la política, como por demasiados años se hizo en siglos pasados, no trae buenos resultados y establecieron la doctrina de separación de iglesia y estado, por más que cierto reverendo pregone lo contrario semanalmente en un programa radial. Como el fanatismo no responde a la razón, algunos recurren a metodologías medievales, absurdas, irracionales, para torturar o exorcizar a aquellos que no responden a su verdad, mejor dicho, a sus prejuicios. Este es el caso de las mal llamadas terapias de conversión que intentan revertir la atracción que pueda sentir un hombre por otro hombre o una mujer por otra mujer, o cualquier otro atractivo entre personas que el fanatismo religioso condene. Nuestros legisladores de la mayoría en la Cámara de Representantes, comandados por el hombre que pregonó un ayuno en la pasada cuaresma, al cruzarse de brazos ante el proyecto que la senadora Zoe Laboy había sometido para prohibir estas prácticas, permitieron que las mismas siguieran su curso. Estos actos crueles y/o criminales no fueron detenidos gracias a un subterfugio que utilizaron estos legisladores -que responden al fanatismo religioso para ganar votos- quienes alegaron que no había evidencia o estadísticas de que las llamadas terapias de conversión existieran en el país. Y lo alegaron sin siquiera sonrojarse, como si fueran tan fieles a las estadísticas a la hora de legislar, sobre todo, en un gobierno sin estados financieros auditados y en el que se ha buscado sin tregua la eliminación de la agencia que maneja las estadísticas del país.

Creo que hay promover otro tipo de terapias de conversión, más actuales, más necesarias, sobre todo para aquellos que le hacen daño al pueblo con sus perversiones, para ver si los convertimos en ciudadanos y servidores públicos que le sirvan bien a nuestro pueblo. Con esas sí estoy de acuerdo. Terapias de conversión para los perversos que reparten millones y millones de esta colonia quebrada a amigos y familiares, con sueldos y contratos que hieren la retina. Terapias de conversión para los que avalan un acuerdo de pago de la deuda, la misma deuda que se niegan a auditar, que nos pone una camisa de fuerza por los próximos cuarenta años. Terapias de conversión para los que sistemáticamente socaban los cimientos de nuestras instituciones culturales y educativas, con la perversa intención de que dejemos de ser nosotros mismos, pues creen que si dejamos de ser quienes somos entonces seremos lo que no somos. Terapias de conversión para los que por el afán de impresionar políticamente inauguran obras sin los debidos permisos y posteriormente dejan sin servicio a los siempre maltratados culebrenses y viequenses. Terapias de conversión a los que el fanatismo político les ciega, sean de derecha, de centro o de izquierda, y excluyen, condenan, canibalizan, depredan y atacan con odio a aquellos que difieren poco o mucho de ellos.

Esas terapias de conversión urgen, y aquí sí hay estadísticas suficientes que demuestran que los actos de perversión que las provocan ocurren a diario.

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