Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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Otra vez el diablo

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Tanto recurre el Diablo en la historia de la humanidad que el dramaturgo español Alejandro Casona titula “Otra vez el diablo” una de sus obras. Tanto recurre que el paladín del mal vive en olor de eternidad, según las supersticiones más reputadas. Una eternidad que comparte con el paladín del bien.

Dicha eternidad la fabrican las religiones, en primer lugar. Luego añaden lo suyo las artes, siempre a favor de liberar la imaginación. Luego mete la cuchara la persona común y corriente.

Las religiones son poco creativas a la hora de figurar a Dios. Incluso se niegan a otorgarle aspecto alguno, dado que lo estiman inconcebible. Por misterioso, por divino, por sublime.

Las artes tampoco se arriesgan a figurar la complejidad de Dios. En cambio, la del Diablo no cesa de tentarlas, en especial las artes que materializa la palabra.

El inglés George Bernard Shaw dota al Diablo de prosa irónica en su obra teatral “Hombre y superhombre”. Y en “La protesta de Satán” del puertorriqueño Félix Matos Bernier, que la Editorial Tiempo Nuevo acaba de reeditar con una juiciosa y pertinente introducción de Miguel Ángel Náter, se describe su fatal belleza: -“Hombre bello, tan bello y tan radiante como el Romeo invicto de Verona”.

Malandrín engañoso. Caballero pulcro. Seductor a quien le llueven los encantos. Burócrata de modales correctos. Cuando merman las probabilidades de replantear la apariencia del Diablo los artistas retoman su primitiva figuración animal: cuernos, rabo, garras.

Tanto recurre el Diablo en la historia de la humanidad que la persona común y corriente ensaya a derrotarlo con remedios caseros. Amuletos, exorcismos y protectorios por el estilo de flores blancas y velas amarillas. Brebajes de hoja de tártago. Procesiones al son del eslogan “Satanás, no te vistas que no vas”.

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El universal repudio le crea al Rey del Mal una onomástica múltiple. Belcebú, Demonio, Diablo, Satanás lo nombra la Biblia, también Satán y el Ángel Caído. Y el Corán le adjudica “un odio implacable hacia el hombre”.

En cambio, los diccionarios mitológicos lo bautizan con aguas luminosas. Luzbel. Luz Bella. Lucifer. El Más Bello y Brillante de los Ángeles Rebeldes. Paradójicamente, el cristianismo sin golpes de pecho de mi abuela Cristina insistía en mantenerlo a raya con la colaboración de sobrenombres tajantes. El Enemigo. El Maligno. El Dañador.

En concordancia con la vigencia permanente que se le endilga al Diablo auguro lo siguiente. Ya mismito sobrenombraremos al Diablo con el apodo Mister Trump. Ya mismito otros lo sobrenombrarán con el apodo Chapo Guzmán.

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El título de la obra teatral de Alejandro Casona, “Otra vez el diablo”, acierta por partida doble. Advierte al espectador sobre la vejez del asunto y se cura en salud sobre el tema de la originalidad. Una originalidad que nada distrajo a dos tipos geniales como el Cervantes y el Shakespeare.

¿Vale la pena gastar el tiempo en examinar una invención tan sobada como el Diablo? Sí. A dicho fulano jamás puede despachárselo como inconsecuente. No hace mucho un hombre culpó al Diablo de mandarlo a asesinar a su madre. Días antes el descuartizador de una mujer también lo culpó de metérsele dentro y asignarle la espantosa tarea. Por cierto, ambos parecían cuerdos.

Lo que tampoco es novedad. Hay locos que pasan desapercibidos porque simulan la cordura a perfección. Y hay cuerdos tentados por la locura.

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¿No es cosa de locos achacar la sequía de agua que padecemos a un castigo divino y el descalabro financiero en que estamos sumidos a un escarmiento infernal? ¿No es cosa de locos inventarle parentescos luciferinos a la oficial de reestructuración económica, Lisa Donahue e imputarle agendas demoniacas a la economista Anne Krueger?

No, no es cosa de locos porque hemos transformado al Diablo en coartada. El Diablo nos sirve para justificar el padecimiento de pasiones malsanas. El Diablo nos sirve para imputarle a los otros las culpas propias. El Diablo nos sirve para acusar a Dios de sordo y ciego e injertarle a su perfección una falta, un defecto, una mácula.

Perdón. Donde escribí falta iba a escribir faltita. Donde escribí defecto iba a escribir defectito. Donde escribí mácula iba a escribir maculita. Juro que soy un descreído que respeta a Dios.

Pero, el Enemigo, el Maligno, el Dañador me trastornó los dedos, gobernó las manos y forzó a escribir lo que nunca pensé. Otra vez el Diablo metió los cuernos, el rabo y las garras en un rincón de mi alma. Otra vez el Diablo me hizo fallar.

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