Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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País chiquito

En la escuela primaria, allá por la remotísima década del 50, se nos machacaba a saciedad lo reducido de nuestro territorio insular y lo insuficiente de nuestros recursos. En vez del equivalente en kilómetros cuadrados (que sonaba menos humillante), cien millas de largo por 35 de ancho componían la fórmula minimalista que memorizábamos en clase y repetíamos en las pruebas de Estudios Sociales.

Para colmo de complejos, se insistía en constrastar a Puerto Rico con las grandullonas de las Antillas Mayores y se concluía (sin mucha precisión matemática) que este mico de isla cabía trece veces en Cuba y nueve en República Dominicana. Haití, por alguna sospechosa razón, no entraba en el cuadro comparativo. Tampoco Jamaica, cuyas dimensiones, en honor a la verdad, exceden por muy poco las de acá. Y, desde luego, quedaban descartadas las microscópicas Antillas Menores, que hubieran podido salvarnos la autoestima topométrica.

A modo de consolación por la extrema humildad territorial, las maestras de español nos recitaban aquellos versos aleccionadores de Manuel Fernández Juncos: “No te apenes jamás de haber nacido/ en una isla de extensión escasa/ que no se juzga al hombre por su casa/ ni a las aves cantoras por su nido”. O aquellos otros, reivindicativos, de José Gautier Benítez: “Ya no eres, patria, un átomo perdido/ que al ver su propia pequeñez se aterra/ ni un jardín escondido/ en un pliegue del manto de la tierra”.

Lo curioso del caso es, que en esa misma época de mediados del siglo 20, el cartógrafo Héctor Marrero hizo un hallazgo digno del Boricuazo. Tras haber estudiado todos los mapas oficiales disponibles, descubrió que Puerto Rico no medía 100 X 35 sino 115 X 41, para un total de 4,715 millas cuadradas en lugar de las 3,500 que se le habían calculado. Marrero planteó, además, la necesidad de incluir a las islas, los islotes y los cayos del archipiélago borincano en el estimado. Hubiera sido genial aplicar su metodología de mensuración a los montes, lomas y cordilleras que conforman una parte considerable del relieve, con lo que sin duda le hubiéramos dado el jaque mate definitivo a Jamaica, nuestra competidora en la categoría “petite”.

La educación de aquellos tiempos complementaba la cantaleta del tamaño con la del exceso poblacional de nuestro minúsculo hábitat. Lejos de ser vista como ventaja, la sobrepoblación se consideraba entonces un problema gravísimo, un caduco atavismo que obstaculizaba el progreso. La familia numerosa re presentaba la ignorancia, el atraso y la miseria, tres viejos males que había que superar para lograr acceso a las bienandanzas de la modernidad. Esa mentalidad sirvió para justificar la emigración masiva, los experimentos con la píldora anticonceptiva y las esterilizaciones forzosas infligidas a las puertorriqueñas.

Ironías de la historia. Hoy que los niños faltan, los ancianos abundan y los jóvenes se mudan por montones al norte de sus ilusiones, el bajón estadístico de habitantes augura un futuro económica y socialmente sombrío. Hoy que el calentamiento global amenaza la fauna, encoge las costas y desfigura el paisaje, la angustia ecológica se suma al estrés demográfico. El paraíso tropical celebrado por generaciones de compositores y poetas se va desvaneciendo a simple vista como las huellas de un sueño.

Si suena deprimente es porque lo es. No hay utopía personal ni colectiva que sobreviva a la desaparición física de un país y un pueblo. Pero una cosa es la conciencia amarga de la pérdida y otra el poder creador de la imaginación. De hecho, toda reinvención de la realidad nace en la mente. Y, bueno, la nostalgia también ayuda.

Recuerdo que, siendo estudiante en Francia, cuando los compañeros me preguntaban de dónde era, yo rompía a cantar las alabanzas de Puerto Rico: su música, sus bailes, su comida, sus playas, su gente. La intensidad de mi entusiasmo contagiaba al corillo. Todos querían viajar al destino idílico que avivaba su fantasía. En una ocasión, uno de mis compañeros sacó de la mochila un diccionario Larousse de bolsillo. Buscó, encontró, leyó y, por fin, explicó con una sonrisa entre divertida y compasiva: -Es que, como hablabas con tanta pasión, creía que tu islita era un continente.

Ser de un país chiquito y anónimo es un gran incentivo para dedicarle premios, medallas y trofeos en competencias globales deportivas y concursos de belleza. Los triunfadores son recibidos con caravanas y festejos apoteósicos que avergonzarían al Imperio romano. Eso le permite a los gobernadores coloniales de turno cosechar aplausos y vítores con declaraciones rimbombantes tipo: “Seremos pobres en ingresos pero somos billonarios en talento”.

Tranquilos, no voy a cerrar con un solo de “Verde luz”. Prefiero obsequiarles uno de esos pensamientos positivos que reclaman mis dilectos lectores. Aquí va: lo chiquito no quita lo famoso. Para bien o para mal, el huracán, la deuda y el reguetón nos han internacionalizado.

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