Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Palabras en Austin

La semana pasada viajé a la Universidad de Texas en Austin para participar de una serie de actividades. En la Biblioteca Benson inauguré una exposición de mi fotografía y el 17 de octubre, junto a un grupo de profesores de esta Universidad, formé parte de un “ Foro Urgente por Puerto Rico”. A continuación traduzco al español mi intervención de ese día.

“El actor y comediante Bill Murray interpretó en la televisión canciones de West Side Story en un gesto de apoyo al pueblo de Puerto Rico luego del huracán María. Incluso llegó a decir que los puertorriqueños son estadounidenses en un acto de incuestionable generosidad y solidaridad.

Sin embargo, esto no es cierto: los puertorriqueños no son estadounidenses, aun si los primeros son ciudadanos norteamericanos, por virtud de la imposición de esta ciudadanía al servicio de los intereses de Estados Unidos, hace exactamente un siglo.

En realidad, los puertorriqueños somos subalternos coloniales de Estados Unidos y esto contribuyó a crear nuestra lóbrega situación antes del arribo de los huracanes Irma y María hace un mes y medio. Previo a estos fenómenos atmosféricos, se dio el extenso y no reconocido huracán del colonialismo estadounidense en Puerto Rico. Lo que confrontamos ahora es el resultado de más de un siglo de una relación asimétrica entre nuestros países.

La bufonada de Donald Trump de visita en la isla no es nueva, si bien en esta ocasión fue particularmente dura y degradante. La predilección del presidente por una subpolítica mediatizada, forma parte desgraciadamente de una tradición. Estados Unidos ha utilizado nuestro abatimiento, sea este causado por huracanes o factores sociales, como una justificación para la explotación económica y el control político.

Puerto Rico es tierra conquistada de igual manera que las tierras de los indígenas norteamericanos y estos territorios se conforman como guetos de ciudadanía estadounidense. En ellos la atribución de la ciudadanía sirve para una normalización, es decir, para una invisibilización de la conquista y el colonialismo realizada por sucesivos gobiernos del pueblo estadounidense.

Lo que Donald Trump hizo en San Juan es más real que la generosa interpretación musical de Bill Murray de las canciones degradantes y racistas de West Side Story. Agradecemos el gesto del artista, pero sabemos también que las buenas intenciones se convierten en ficciones mediáticas. Trump lanzando rollos de papel toalla a un selecto grupo de “ciudadanos estadounidenses residentes en Puerto Rico” da una imagen más certera en lo concerniente a la historia de nuestros países. Las tardías e ineficaces intervenciones de FEMA y las Fuerzas Armadas son el más reciente capítulo del colonialismo estadounidense en nuestro país.

La historia geopolítica nos impuso la ciudadanía estadounidense pero no somos estadounidenses. Somos puertorriqueños. Trump lo sabe y actuó en consonancia. Él, como sus predecesores, escogió mancillar nuestra dignidad nacional para beneficio de sus intereses y para comprar tiempo de buena consciencia a su país.

María no es simplemente un desastre natural. El huracán constituye también una catástrofe política. Una serie de imágenes desgraciadas de los efectos del colonialismo estadounidense en el siglo XXI, que muestran la falta de valor de una ciudadanía cuando se asienta en una minusvalía de poder y cuando las responsabilidades contraídas por la metrópolis se ejercen a regañadientes. Nuestra reconstrucción no se dará por los buenos oficios de FEMA o el Cuerpo de Ingenieros, sino por que al fin Washington y San Juan confronten la devastación causada por más de un siglo de mentiras y manipulaciones.

Ignominiosamente, Donald Trump ha sido su presidente más honesto. Con descaro arrojó rollos de papel y dijo lo que pensaba. Mostró estar convencido de que el colonialismo le permitía actuar sin consecuencias. Con perversidad hizo lo que se suponía que hiciera y por ello encarnó sin medias tintas el legado imperialista de su país.

En cuatro días regresaré a San Juan y confrontaré una situación familiar: Estados Unidos y sus instituciones no son capaces de reconocer sus responsabilidades. En los 119 años desde la invasión, la naturaleza del dolor y la minusvalía de los puertorriqueños ha sido silenciada. El gobierno estadounidense nos ha dejado poco espacio. Por eso quizá, en este contexto, nos hemos concebido como víctimas: bajas de la historia del colonialismo y de los usos oportunistas de la ciudadanía estadounidense, o mejor sería decir, de sus ficciones y opresiones. Apenas hemos tenido espacio para más.

No tengo conmigo nuestra bandera, pero puedo decir que no es la suya. Aun así la izaré ahora en Austin. El pueblo puertorriqueño de la diáspora y de la isla sabe que está solo. Esta es la lección dolorosa de esta temporada de huracanes. La mejor manera en que Estados Unidos puede ayudarnos es confrontando su historia, nuestra historia. No somos subalternos, no somos “ciudadanos estadounidenses residentes en Puerto Rico”. No somos simplemente un caso extremo de un capitalismo depredador. Somos puertorriqueños que debemos lidiar con la necesidad de comer y beber comida y agua aceptables, pero que también deseamos estar fuera de la camisa de fuerza de las Leyes de Cabotaje y las trabas comerciales y administrativas del gobierno federal. Somos puertorriqueños: seres humanos golpeados por los huracanes y la historia en el siglo norteamericano.

Una verdadera reconstrucción sólo se efectuará si tanto Estados Unidos como Puerto Rico crean una relación diferente: un enlace que no sea colonial ni territorial. Si esto no ocurriera, estaremos en la misma situación abyecta a la espera del próximo huracán. La reconstrucción que imperiosamente necesitamos no es únicamente de carreteras y sistemas eléctricos, sino que también urge una de política y ciudadanía. FEMA y las Fuerzas Armadas no nos defienden de los huracanes de la historia que nose forman en las costas de África sino en Washington y Wall Street.

Luego de María, Puerto Rico y Estados Unidos necesitan conversar como miembros en paridad de la sociedad de naciones. Ambos necesitan transformarse. Ésta es, más allá de la comida y el agua, de las comunicaciones y la electricidad, nuestra más urgente esperanza”.

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