Gazir Sued

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Por Gazir Sued
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Palestina

La neutralidad, la indiferencia y el silencio ante la violencia letal de las fuerzas armadas israelíes contra civiles palestinos son posiciones alineadas a favor de quienes la razón sensible les es inconsecuente y la vida humana les resulta irrelevante si contraría sus propios intereses.

Por encima de las complejidades inherentes a las relaciones políticas entre ambas naciones, y más allá de los antagonismos irreconciliables que entorpecen las negociaciones de paz, existe una realidad objetiva que no puede ocultarse: cientos de palestinos civiles han sido heridos y decenas han muerto a consecuencia del uso desmedido de las fuerzas armadas de Israel.

La cobertura mediática internacional y las redes globales de comunicación han mostrado imágenes crudas que evidencian el carácter irracional, desproporcionado y mortífero de la armada israelí.

Durante setenta años los palestinos han protestado su destierro forzado; exigen el libre retorno a su tierra natal y el respeto en equidad de sus derechos inalienables como seres humanos.

Por su parte, el gobierno de Israel justifica las matanzas aduciendo responsabilidad de “defender” la frontera de Gaza; aun cuando no existe amenaza real a la ciudadanía israelí o a sus propiedades. Las imágenes hablan por sí solas: las manifestaciones de protesta de la sociedad civil palestina, armada de fuerza moral y movida por anhelos de justicia y libertad, fueron embestidas brutalmente.

La comunidad internacional, incluyendo al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, han recriminado el uso de violencia letal contra manifestantes civiles. Solo el alto mando del gobierno estadounidense se hizo eco incondicional de la injusticia.

La posibilidad de lograr acuerdos de coexistencia entre ambas naciones depende de negociaciones diplomáticas de buena fe, que solo serían viables entre gente buena y honrada; entre humanistas inmunes a prejuicios nacionalistas y pretensiones de supremacía racial o religiosa.

El respeto de los derechos humanos debe regir las actuaciones de todas las partes, en todo momento. Ninguna frontera puede valer más que la vida de un ser humano. Quien mate por ella merece condena internacional por crimen de lesa humanidad.

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