Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Papeles encontrados

Encuentro este recorte amarillento de periódico, posiblemente de “El Mundo” del cuatro o cinco de noviembre de 1958; se me dificulta adivinar cómo llegó a mis manos. En un lado aparece un programa de carreras de caballos, en lo que supongo que era, para aquel entonces, el recién inaugurado Hipódromo El Comandante, en la Avenida 65 de Infantería. No recuerdo ninguno de los caballos, aunque me llame la atención el que uno de éstos fuera, por su victorioso nombre, profético de nuestros tiempos, tan contaminados por viejos que usan tenis. El caballo se llamaba “Nike”. Otro nombre que me llama la atención es el de la yegua “Sabrina”. A algún dueño de establo lo cautivó la película de 1954, dirigida por Billy Wilder, con las insuperables actuaciones de Audrey Hepburn, Humphrey Bogart y William Holden. El programa hípico no incluye el establo; la identidad del aficionado al cine permanece un misterio. Los nombres de los jinetes sí evocan mi propia adolescencia hípica; nombres como P.G. Dávila y R. Maldonado, el notorio “Rata” Maldonado, lo mismo que el Chegüi Landrau, todavía estaban vivos en el hipismo de comienzos y mediados de los años sesenta; son mis “petites madeleines”, con ellos recupero mis caminatas 65 arriba hasta llegar al Hipódromo.

Al lado del programa de carreras hípicas, noto ese “box score” de un juego de pelota celebrado el 3 de noviembre de 1958, a las ocho de la noche, en el Parque Isidoro “Cholo” García de Mayagüez. Fue un buen juego que terminó cinco carreras por cuatro. Completadas las nueve entradas estaba empate a tres carreras. Se decidió en la segunda mitad de la décima entrada cuando Mayagüez empató nuevamente y ganó con su quinta carrera. Fue un final dramático. El juego duró tres horas con veinte minutos, terminando hacia la medianoche y con asistencia de mil doscientos cincuenta y cuatro fanáticos, asistencia dominguera para ser un lunes.

Aquí y allá identifico, en el listado del “box score”, peloteros de aquella “pelota romántica”: el santomeño Elmo Plaskett jugaba la tercera base por Ponce, Güito Conde, hijo de Cefo Conde, jugaba segunda base por los Leones. Canena Márquez, que ya estaba en los años próximos al retiro, bateó de cuatro uno por Ponce y anotó dos carreras. Como guardabosque derecho jugaba por Ponce un Alomar, ¿Pedro?, que también vi jugar en Caguas. El campo corto de Mayagüez era “Foca” Valentín y, dato curioso, en ese juego un tal Coímbre bateó de emergente por el lanzador de Ponce, disparando un incogible, posiblemente “línea templada”. ¿Pancho Coímbre, su hijo o sobrino? Coímbre se retiró del béisbol invernal en 1951. De Mayagüez puedo reconocer en el róster a otro santomeño, Joe Christopher, y a un lanzador a quien apodaban “Marota” Salgado. Todavía hoy no sé muy bien la diferencia entre marota, funche o marifinga. Es una pregunta que nadie sabe contestarme.

Fue mi padre quien recortó el periódico. En el reverso posiblemente esté la razón para que recortara este anuncio, que dice así: “Una marquesina de concreto armado, incluyendo techo, piso, entrada, desde $550.00, a plazos mensuales de $17.57, 36 meses a pagar con Plan F.H.A., título 1”. Eran los años de la modernización, el progreso y el comienzo de la delincuencia suburbana; sigue el anuncio: “Ahora es fácil modernizar su casa: añádale otra habitación, embellézcala con una nueva fachada, protéjala con rejas, construya un cómodo garaje o verja, remodele su casa a gusto…”. Nos resulta extraño, hoy día, que la Flamingo Improvement Corp., radicada en la calle Bolívar de Santurce, parada veinticuatro, con teléfono 3-0157, usara un “cupón” para que los posibles clientes se comunicaran con la compañía, de manera que ésta enviara un vendedor para la cotización del trabajo. Mi padre no usó el cupón; quizás llamó por teléfono. Luego, pasados los años, y a manera de “memento”, tiene que haber insertado el recorte en aquel “libro dorado” de Puerto Rico, documento triunfalista de la década anterior, los años cuarenta que vieron los inicios de la industrialización. Mi padre venía de la pobreza y era un beato creyente en el progreso.

Recuerdo que recién mudados, en el verano de 1957, a la urbanización El Alamein de la 65 de Infantería, mi padre quiso modernizar aquella casa que representaba para él un especial sentido de logro. Por los once años anteriores había vivido en el caserón de mi abuela en Aguas Buenas. Era un hombre orgulloso, “todo un profesional”. No solamente quería remodelar su casa, sino que también pretendía acceder al progreso personal de aquellos años. Posiblemente fue la Flamingo Improvement quien le añadió una habitación para el laundry a la casa recién comprada y con una hipoteca de 18,000 dólares. La casa ya tenía marquesina. Se construyó también una verja de cemento para delimitar el solar lleno de arbustos de gandules y arbolitos de acerolas. Se le colocaron losetas al piso de la marquesina, ideales para bailar más adelante el twist de Chubby Checker.

Tanto la autobiografía como la historiografía dependen de estos fragmentos, a veces elocuentes, otras veces mudos; se trata de una arqueología en que la memoria recompone según los fragmentos de las vidas que quedaron, los recortes a tijeras, las cartas y tarjetas postales que se conservaron.

El dibujo que acompaña la oferta de remodelación resulta penosamente torpe y esquemático; es un anuncio que aún no pretende ser publicidad. La casa remodelada muestra una sola puerta, más lujosa y residencial que el resto. El detalle elocuente es esa figura femenina que nos muestra la casa remodelada. La esposa aún era “ama de casa”; el marido trabajaba para remodelar y modernizar. En esa época pocas parejas viajaban; en los años cincuenta mis padres solo viajaron a la Feria de la Paz en Santo Domingo, la del dictador Trujillo, y que dejó en mi memoria un merengue de Xavier Cugat y un regalo comprado en tienda de aeropuerto.

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