Marcia Rivera

Tribuna Invitada

Por Marcia Rivera
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Para Puerto Rico, el tiempo apremia

Los huracanes no fueron los únicos culpables de la catástrofe desatada en Puerto Rico tras el paso de los feroces huracanes de septiembre pasado. Más bien contribuyeron a su extensión y profundidad, pero encontraron una base propicia para dejar al país en una situación realmente desastrosa.

Antes de los huracanes se verificaban años de desidia, indiferencia, negligencia y abuso. Las políticas económicas y sociales, la extrema politización de la gestión pública, las prácticas de consumo individual, la inercia e incapacidad de actuar colectivamente ante situaciones y problemas de larga data, y la naturalización de la pobreza, la desigualdad y del neoliberalismo, sentaron un terreno fértil para la debacle. Reconocer esa realidad es el primer paso para comenzar a salir de la hecatombe.

Han pasado ya cuatro meses de penuria generalizada desde los huracanes. Casi la mitad de la población permanece sin acceso a servicios básicos. Los gobernantes de Puerto Rico siguen enfocados en conseguir apoyo de Washington y lo hacen desde cómodos vuelos de avión y hoteles cinco estrellas en la capital estadounidense. El gasto en viajes, asesores, consultores, estrategas y cabilderos no se condice con nuestra realidad económica y con las necesidades que hay a lo largo y ancho de Puerto Rico.

Sostenemos también una junta federal que parece sucursal de la realeza internacional. Ambos Junta y gobierno gastan sin inmutarse; no asumen como suyas la responsabilidad por el dinero público. Ninguno parece internalizar las decenas de mensajes que Washington envía. Puerto Rico no importa, ni es prioridad, para el poder estadounidense. Somos una pinche colonia, que no merece trato justo. Washington ni siquiera valora que, por su decisión, tenemos la ciudadanía estadounidense.

Cuando la crisis financiera de 2008, el presidente Bush y el secretario del Tesoro impulsaron una ley de rescate financiero que los autorizó gastar 700 mil millones de dólares de dinero público para comprar activos basura, especialmente títulos respaldados por hipotecas, a fin de salvar a los bancos nacionales de la quiebra. Pagaron a quienes realmente no lo necesitaban. Pero para salvar a un pueblo de su desaparición no aparecen recursos. ¿Se merece esto Puerto Rico?

El poder federal ha hablado claro, desde todos los ámbitos posibles; no hay dinero para Puerto Rico. Aún así los gobernantes de la colonia resisten ese mensaje, que ahora es firme, generalizado y decidido. Esperan que con sus costosos cabilderos puedan cambiarlo. Pero lo que habría que cambiar es la estrategia. El gobierno de Puerto Rico tendría que estar preparando ya la demanda internacional de pedido de reparación por más de cien años de colonialismo. Y tendría que tener lista también la la solicitud a la ONU para poner en marcha el proceso de descolonización y libre determinación, dado que los Estados Unidos ha violado sistemáticamente el acuerdo suscrito en 1952, mediante el cual se le eximía de rendir informes sobre Puerto Rico. Debe reclamarse también ayuda internacional desde la ONU, como hacen todos los países del mundo cuando enfrentan una emergencia. ¿Por qué no lo han hecho?

Mientras, el tiempo avanza inexorablemente y Puerto Rico sigue con su altísima vulnerabilidad generalizada. La nueva temporada de huracanes está a la vuelta de la esquina y ante la ausencia de políticas de apoyo, la población sigue emigrando. Es urgente reducir de inmediato la vulnerabilidad general. Pero ni quiera tenemos un documento que identifique los mayores peligros y las prioridades a atender. Eso es lo menos que deberíamos esperar de un gobierno mínimamente eficaz. Teníamos 47% de población bajo nivel de pobreza y ahora estamos llegando al 60%, lo que hará cada vez más difícil el proceso de recuperación. ¿Qué está esperando este gobierno? ¿Que se vacíe la isla? ¿A la merced de quiénes estamos?

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